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¿Dónde está Buffalo Bill?

Buffalo Bill, Toro Sentado, Calamity Jane y demás fauna vinieron después. Antes, su mundo se separaba entre el este (sinónimo de civilización, progreso y cultura) y el oeste: lo que había más allá de la frontera. Terreno inhóspito, lejano y salvaje. Era la Norteamérica del siglo XIX, donde y cuando se forjó la leyenda de los Estados Unidos. Donde y cuando, a fuerza de sangre y fuego, el lejano oeste fue quedando cada más cerca, y lo salvaje se civilizó.

En Europa, el sur ha sido siempre nuestro particular far west. Norte y Sur. Progreso y subdesarrollo. Dos velocidades y un distanciamiento progresivo. Pura física. La propia UE ha tratado de corregir esta situación a golpe de talonario: Fondos que viajan de los bolsillos de los más ricos a los de los más pobres y de los que se ha beneficiado, por ejemplo, Andalucía durante un montón de años.

Sin embargo, como en una muñeca rusa, dentro de la región pobre hay otra región pobre, y dentro de esta, otra más. A veces siento que en Huelva estamos dentro de la pequeñita del todo. Ahora, aunque las diferencias entre norte y sur continúan, se está abriendo una nueva brecha entre el este y el oeste. Entre una muñequita rusa y la que le sigue. Así, el salvaje oeste se va haciendo aún más salvaje cuanto más se civiliza el este. Y lo mismo en el norte y el sur. Lo chungo de verdad es que nosotros, queridos onubenses, estamos al sur y al oeste.

Si echas más harina en el lado que más pesa de la balanza, el desequilibrio crece. Esto también es pura física. Así que no termino de entender cómo Huelva ha quedado tan absolutamente aislada en el reparto de la tarta europea del transporte. Los corredores Mediterráneo y Central, la red básica de transporte que determinará el futuro a medio plazo de las regiones europeas, terminan en Sevilla. Como el AVE. Como casi todo.

Ochenta y pico kilómetros, cuatro duros, hacen de Huelva una provincia cada vez más periférica, cada día más amputada, más abandonada en cada plan de inversiones. Más fronteriza. Somos el viejo oeste de Europa, de España y de Andalucía. La última muñeca. La última mierda. En los diez últimos años, en todos y en cada uno de ellos, Huelva fue la provincia andaluza en la que se invirtió menos en obra pública. Así que no me vengan con cuentos sobre el equilibrio interregional y la discriminación positiva entre territorios. Diez años de inversiones son un mundo, y las administraciones (de todos los colores) se han encargado de separarnos cada vez más del resto. Envidio los acalorados debates de otras provincias andaluzas: que si metros, que si tranvías, que si circunvalaciones… La mayor disputa en Huelva es sobre una estación de tren fantasma (sí, como en el Oeste) a la que no llegará nada porque nadie nos quiere traer nada. Un paripé en toda regla.

En alguna ocasión os he dicho que no podemos estar permanentemente llorando nuestra pena, dándonos cabezazos contra el muro de las lamentaciones del agravio, sin hacer nada más que eso. No podemos estar así siempre, pero cuando ves que a tu alrededor todo es alegría por el puñetero Corredor Mediterráneo mientras tu provincia se muere del asco, del aburrimiento y la frustración. Cuando ves eso, digo, te entran ganas de subirte al Santuario de la Cinta a rezar para que, algún día, podamos votar a un político decente, comprometido y luchador que defienda su tierra. Y no a la panda de calientasillones, pelotas y catetos que van a Madrid todas la semanas (desde Sevilla, claro) con la única intención de codearse con la jet de la política española y comer montaditos en el Museo del Jamón, hasta que engordan tanto que el partido los trae de vuelta, a vivir la vida. Porque Huelva, para ellos, no existe más que en la estadística que los colocará o los quitará de allí cada cuatro años. Toca rezar, decía, para que algún día venga nuestro Buffalo Bill a conquistarnos y civilizarnos. Como en el viejo oeste. Como en el siglo XIX. Así estamos…


El arte de morir

La muerte tiene su parte buena. La de mi padre, por ejemplo, me enseñó un par de cosas sobre la vida: La primera fue tajante: para morirse no hay Dios ni Justicia (divina, se entiende, que de la humana ya nos ocuparemos otro día). La muerte te pillará de forma irremediable sin tener en cuenta lo mucho o lo bien que lo hagas en vida. No tiene piedad, y si puede (o debe, desconozco cómo lo decide) matarte con sufrimiento, lo hará, independientemente de que seas un santo o un cabronazo.

La segunda lección es bastante menos desesperanzadora. Morir, morimos todos. Pero hay maneras de hacerlo. Uno puede morirse y quedar relegado, como la mayoría, a una esquela, una familia y unos amigos que te llorarán más o menos, o puedes palmarla con arte, trascender la norma y alcanzar con el agujero de tu ausencia a gente que no te conoce ni has conocido.

El fallecimiento de Steve Jobs ayer (hoy para mí) me ha devuelto el recuerdo de esa doble enseñanza. No importa lo que le haya dado al mundo, porque murió sin que Quiensea lo tuviera en cuenta, de una enfermedad dolorosa y cruel. Sin embargo, su muerte ha llegado al corazón de millones de personas que jamás ha tenido más contacto con él que un par de vídeos de Youtube.

Hay una razón para eso: Jobs hacía feliz a la gente. Con mi primer sueldo, allá por el 97, compré un Apple Performa 475 de segunda mano. Claro que poco después llegó el tito Jobs con su flamante iMac y no pude abstraerme a tal invento: un ordenador todo en uno, con forma de huevo, de colorines, con una extraña conexión Usb y sin disquetera. Un ordenador prácticamente inútil, me decían. Como siempre he sido muy rarito para estas cosas (tuve un MSX cuando todos jugaban con sus Spectrum) fui capaz de superar la presión y compré mi iMac después de firmar 36 letras con una sonrisa en los labios.

Como no tenía disquetera, la mejor opción para manejar mis documentos era enviármelos por correo electrónico, de modo que gracias a aquel ordenador tuve mi primera conexión a Internet y mi primera cuenta de e-mail. Decidme ahora si Steve Jobs no ha influido en mi vida…

A lo largo de los años he utilizado multitud de dispositivos ideados por Jobs. Todos, algunos más que otros, me han aportado algo. Este blog lo estrené, y lo escribo, con mi Macbook Pro. Los iconos de Cuéntalo los hice con mi iPad y uno de mis dedos (supongo que el índice, no lo recuerdo). Como yo, millones de personas, el mundo entero, se ha visto influenciado de una forma y otra por este gurú de la tecnología y el marketing.

En estos días se ha contado ya casi todo sobre su vida. Habéis visto vídeos y leído decenas de frases célebres que pronunciara en un discurso o una Keynote. Habéis conocido sus éxitos y sus fracasos, su ideario, su forma de hacer las cosas. Pero todo eso es lo de menos cuando te enfrentas a lo que sus mayores competidores, sus supuestos enemigos, han dicho de él, y te preguntas cómo puede una persona dejar tan buen recuerdo incluso en quienes tuvo enfrente gran parte de su vida.

La respuesta me la enseñó mi padre hace algo más de cinco años: Siembra y recogerás. Haz cosas buenas, conviértete en alguien importante para los demás, influye de alguna manera en sus vidas. Aporta algo al mundo. No hace falta ser ambicioso: desde tu casa, en tu barrio o en el trabajo.

Sé buena gente sin importarte cómo afectará a tu vida. El arte de morir no está en morirse sin sufrimiento, sino en haber vivido sin hacer sufrir a los demás. Porque es la muerte, y no la vida, la que ajusta cuentas al final.


El’andalú y suh muerto

A vuertah con loh’andaluce… Parece que loh catalanihta (loh catalanihtah que mandan, no loh’otro)  s’an empeñao en atacá Andalucía cada ve que leh da por defenderse de argo. Por mu leho que leh piyemo (mir kilómetro na meno), siguen erre que erre, y si ante éramo unoh ciudadano subencioao y luego resurta que no pagamo impuehto, ahora no sabemo hablá, o no se no’hentiende, car fin y’ar cabo sihnifica lo mihmo: ihnorancia y dehprecio asoluto a una curltura milenaria y a un habla (o mejó, varia’habla) que no e sino er resurtao de la’volución lóhica der castellano que loh repobladore noh traheron trah la reconquista mehclao con lah cientoh de cultura can pasao por ehtah tierra. Una evolución, disho sea de paso, con la que todoh ganamo una lengua ehpañola mah rica, mah’abierta, creativa e innovadora, ca sío ademá capá de cruzá l’Ahtlántico pa’nriquecerse aún má. Pero claro, a uhtede, señoreh de CiU, de ERC, o de lo que sea, leh’import’una mierda. Eso sí, pa rahá de que no se nohentiende van uhtede mu rápido y sin cahco, sin pensá en que hay catalane, compadre, a loh que tampoco se le’hentiende na, con la mardita papa en la boca, pero, oye, uno hace l’ehfuerzo y consigue’nterarse. Incluso a vece lo suhtitulan a uhtede, fíhense, com’anohotro.

Una pará, anteh de que se me’sh’encima mah de uno: dihcúrpenme loh’andaluce, y simpatizante, si no’ntienden argo o creen que elloh lo’hcribirían d’otra manera: El’abla’ndaluza no se ehcribe, se habla. Ademá, en cada sitio donde se habla se hace d’una manera. La mía eh la de Huerva capitá. Para’vitá malentendío: aquí no se sesea, aunq’ai quien lo hace. Sí cecean arguno, pero no’h mi caso. Vamo, que hay de tó: incluso, como’n cada habla dentro de l’habla’ndaluza, en la de Huerva hay palabrah que no conocen, por ehemplo, en Seviya, y así mushísimah peculiaridade que hacen de l’andalú, sin duda, er dialehto, que no lengua, mah rico d’Ehpaña.

Disho queda. Ahora sigamo con la polémica der día:  Sinceramente, no arcanzo a’ntendé por qué ehtoh señore de CiU, o anteh loh de ERC, s’empeñan en atacá a lo’handaluce a la mínima ocasión. Ehta osesión, que roza lo paranoico, ehtá arcanzando nivele de ‘hartible’, que aquí eh como decí que’htán empezando a tocá loh cohone, y aunque la primera rehpuehta ca uno se l’ocurre eh decí: “#tuputamadrearturmas” (#tuputamadrearturmah sería er hahtah n’andalú), porque no tiene ni puta gracia la supuehta buhla der presidén, ar finá eh bahtante mah prahtico rebatí con argumentoh mah serio, der tipo: “si no mentiende, te hoe”; o “deha de mové la lengua pablá, que no mentero”, o er socorrío “tuh muerto por si acaso”, que tan bien aplicaba mi padre en Barcelona cuando se le plantaba, con toa la mala leshe, argún camarero cantando la carta en catalán. Porque una cosa eh la defensa de la propia curtura, y por tanto d’una lengua vieha y hermosa como la catalana, y otra mu dihtinta pretendé que l’ablemo y la’ntendamo por huevo.

Por supuehto, no tienen la curpa loh catalane de que suh dirihente dihfruten ofendiendo, ar menoh’una vé al’año, a loh’andaluce. Imahino que incluso la mayoría se sentirá tamié ofendío, no’htante suh padre, suh’abuelo, y elloh mihmo son andaluce de cuna en mushoh caso. Una pena que con suh voto den cobiho a tanta incurtura y tanta cerrazón.

Lo que oh debe quedá claro, lehtoreh querido, eh que si’r señor Mah no’hentiende, solo oh podrá decí: “ahcorti, no t’entiendo”. Pero si uhtede no entendéi ar señor Mah, siempre tenéi lo de “tuh muerto por si acaso”. Tal eh la riqueza lésica de l’habla andaluza: tenemo salía pa to.


De carroñeros y otros hombres

La especie humana es carroñera. Lo ha sido siempre, o al menos hasta hace unos miles de años (tampoco tantos), así que será por eso por lo que nos dura el instinto: hurgar en la herida, saborear el mal del prójimo, es una especialidad muy humana. Eso sí, como en todo, hay grados. No es lo mismo una mosca verde que un buitre.

En política, por ejemplo, se carroñea al más alto nivel. El sabor de la carne abierta del oponente les puede, casi lo desean, y si no, que le pregunten a Juan José Cortés, que viene sufriendo desde hace años el más cruento canibalismo político por parte de quienes recibieron como respuesta, cuando lo pretendieron, un portazo en las narices. Pasó de héroe a villano solo por cambiar de bando. Así se las gastan en política. Carroñera. Inhumana. Como casi todo lo humano, que todo hay que decirlo.

Lo sobrellevan porque están acostumbrados. A diario, cada político se desayuna a otro. Son gajes del oficio.

El problema es que Juan José Cortés no es un político. Se trata de un hombre, un padre, al que un asesino y un sistema judicial kafkiano robaron una hija, la pequeña, y que desde entonces, desde que supo que el asesino de su hija no debería haber estado en la calle aquel día, ha removido cielo y tierra con un solo objetivo: que no vuelva a pasar algo así. Al juez de marras le costó 1.000 euros. El empleo, a la funcionaria implicada. A Juan José, el error acabó con la vida de su hija. Sin embargo, los otros culpables de que ocurriera aquella tragedia siguen sentados en sus sillones de parlamentarios, diputados, senadores, ministros o consejeros. Esos políticos que desprecian la realidad que transcurre más allá de las puertas de sus despachos, los problemas de la gente que los ha puesto ahí.

Juan José decidió que el problema había que atajarlo desde arriba y se acercó a la política, el único camino que le quedaba después de descubrir que centenares de folios con miles de firmas solo sirven para alimentar las chimeneas de los despachos presidenciales. Desde entonces, el ‘ciudadano Cortés’ ha sido insultado, lo han despreciado, han dudado de sus intenciones y, por último, le han tangao la presunción de inocencia, esa por la que tanto abogan cuando son ellos los implicados. Somos así: en esta España envidiosa y cainita nos hubiera gustado más ver a un hombre destrozado que a un luchador.

Ignoro, y no me importa, lo que ocurrió la madrugada del miércoles en El Torrejón. Tampoco conozco a Juan José Cortés. No lo he visto en mi vida, a pesar de vivir en la misma (y pequeña) ciudad. No tengo, por tanto, opinión formada sobre su persona más allá de lo que he visto y oído estos años en los medios de comunicación. Pero tengo dos dedos de frente, y sé que si estuviera en su lugar, si hubieran matado a mi hija en las circunstancias en que mataron a Mari Luz, entregaría toda mi vida para que los culpables, todos, lo pagaran. Juan José ha sido bastante más generoso y ha preferido, mejor que seguir tirando de la cuerda, tomar el camino de cambiar las cosas para que a nadie le pase lo que a su familia.

Hemos visto en estos días a líderes socialistas frotándose las manos (mientras los otros se las lavaban) tras la detención de Cortés. Hemos leído declaraciones ridículas y afirmaciones estúpidas. Lo último, y es un ejemplo, el acoso y derribo de algunos periodistas porque no ha querido preguntas tras su rueda de prensa. Acusan a un tipo que ha tenido que salir a defender su inocencia sentado junto a una mesita, no en una sede de partido o una sala de prensa, sino en medio de una de las plazas de su barrio. Critican a Juan José, que no ocupa ningún cargo político ni institucional y que a buen seguro no tiene a su disposición, como otros, a una legión de asesores (no tendrá ninguno), por ofrecer una rueda de prensa sin preguntas. Le ha tocado por ser árbol caído del que, como buenos carroñeros que somos, hay que hacer leña.

No conozco, insisto, a Juan José Cortés. No sé, aunque lo dudo, si es capaz de coger una escopeta y liarla a tiros por no sé qué disputa familiar. Ignoro lo que pasó esa noche, pero, de ser político, me pensaría mucho soltar lo que algunos han soltado por esa boquita cuando en mis propias filas tengo cargos públicos imputados por robar a los ciudadanos que los han votado.

Es la flexible vara de medir de los carroñeros. Se tuerce cuando quieren. Y cuando quieren, la enderezan para atizar con fuerza. Unos y otros, no se engañen, pretenden utilizar a Juan José, como nos utilizan, de una forma u otra, a todos nosotros.

Por eso no me gusta esta política. Porque atonta, deshumaniza y envilece. Porque no mira a los ojos  a las personas.


El lugar más hermoso del mundo

No era el lugar más hermoso del mundo, pero Quinceme fue un pueblo próspero.

Antes era solo casas: ladrillos, apelotonados unos encima de otros. Cemento sin alma. Sin embargo, un día, el joven alcalde despertó con la idea de que podría bastar un golpe de efecto, una señal, para que todo cambiara y Quinceme se convirtiera en el lugar en el que todos sus habitantes soñaban. Así, mandó llamar al viejo pregonero:

– Estéfano: quiero que hagas algo por mí. Has de saber que puede resultarte extraño o poco usual, pero necesito que te comprometas a llevarlo a cabo sin discusión.

– De acuerdo, alcalde -asintió, curioso, el pregonero-. ¿Qué es lo que tengo que hacer?

– Recorrerás cada rincón de la ciudad para anunciar que, a partir hoy, nuestro pueblo se llamará Quinceme de la Esperanza.

– ¿’De la Esperanza’, señor alcalde?

– Sí, Estéfano. A nuestro pueblo le falta eso mismo: la esperanza de que entre todos podemos hacer algo mejor.

Así se hizo, y al poco, aquel sobrenombre obró el milagro. Bastaron unos meses para que Quinceme de la Esperanza se convirtiera en un pueblo nuevo, en aquello que todos sus habitantes querían que fuera cuando llegaron a aquella tierra fértil y hermosa hacía un siglo. Florecieron los negocios y creció la riqueza. Cada día, centenares de visitantes de los pueblos cercanos entraban en sus tiendas y comercios. Cada quincemero sabía que su aportación, por pequeña que fuera, era importante, porque era precisamente así, gracias a la esperanza común, como habían logrado cambiar las cosas.

Quinceme fue un lugar próspero durante mucho tiempo. Un día, los más altos de la ciudad, cansados de andar agachados en el bar o de sentarse en cada ocasión en las últimas filas del cine, decidieron reunirse en asamblea, debatir sus comunes problemas y determinar que lo mejor sería abrir nuevos negocios exclusivos para altos. Así, hubo cine para altos, con una gran pantalla elevada y grandes butacas; supermercados para altos, con enormes estanterías; incluso se construyeron gasolineras para altos, con cómodos surtidores colgantes situados a un metro sobre el suelo.

El éxito de los nuevos establecimientos fue incontestable. Tanto, que los habitantes más bajos de Quinceme, aburridos de usar taburetes y alzadores, decidieron reunirse en asamblea y, mediante consenso, acordaron poner en marcha un fondo de inversión para desarrollar proyectos de negocios exclusivos para bajos. Muy pronto se extendieron los cines para bajos, dotados de enormes graderíos, o las peluquerías para bajos, en las que, para verse en los espejos, no había que subir en brazos a los clientes. Hubo parques recreativos para bajos, en los que no había que ponerse de puntillas para echar una moneda, o tiendas de modo para bajos, en las que los artículos se colocaban, al fin, a ras de suelo.

Los establecimientos para bajos atrajeron a los bajos de toda la comarca, de forma que el fondo de inversión nacido en aquella asamblea fue creciendo cada vez más, propiciando la (sana) envidia de los miopes de Quinceme. Siguiendo el mismo camino que sus conciudadanos altos y bajos, iniciaron la apertura de locales exclusivos: el cine para miopes, con pantallas gigantes en cada asiento; restaurantes para miopes, en los que una carta gigante describía, con letras gigantes, el menú de la semana; o periódicos para miopes (aunque, por su gigante tamaño, nunca lo sacaban de casa).

Muy pronto, cada grupo de afectados por tal o cual defecto o afecto creó su propio establecimiento especializado. Había tiendas para quincemeros con bigotes, estancos para sordos, salones de juegos para calvos… La fiebre empresarial en Quinceme les llevó a desarrollar negocios para bajos con barbas, altos calvos, ciegos rubios e incluso hubo quien abrió una juguetería para miopes con barbas, en la que nunca entró nadie. Hubo tantos locales y tan excluyentes que, poco a poco, la mayoría de los quincemeros se encontraron sin tener un sitio a donde ir.

La vida en Quinceme fue haciéndose poco a poco más aburrida y absurda. Cada nuevo establecimiento abría una nueva brecha entre los que, años antes, habían construido juntos aquella gran ciudad, que volvió a ser solo casas y locales, cemento gris, ladrillos, cristales y aceras sin alma. Aquello que una sola palabra, ‘Esperanza’, había logrado arrancar en la ciudadanía de Quinceme, tornose en decepción y tristeza merced a la atomización y la sinrazón a las que la ciudad había sucumbido.

Así fue como Quinceme volvió a ser Quinceme a secas. No era el lugar más hermoso del mundo, pero pudo llegar a ser un pueblo próspero.


El odio y los imbéciles

Fue un atardecer rojo en Somiedo. La localidad, situada en el extraño y montañoso límite que separa León y Asturias, acogía un pequeño puesto sanitario del bando nacional. Terminaba el mes de octubre de 1936, y aunque habían bastado unos días para que las fuerzas del general Franco tomaran el control de la provincia de León, la frontera entre las bandos se desdibujaba a golpe de refriega. La Guerra prácticamente acababa de comenzar. Pilar, Olga y Octavia se habían ofrecido voluntarias para trabajar como enfermeras. Astorganas las tres, se formaron en la congregación de las Hermanas de María y fueron enviadas a Somiedo para atender a enfermos y heridos en el frente. Aquel día, un 27 de octubre, las milicias locales de la UGT, dirigidas por Genaro Arias El Pata, inician una pequeña ofensiva en los puestos franquistas más avanzados, entre ellos el ‘hospital’ de Somiedo. Fue un ataque rápido y eficaz. Una veintena de soldados nacionales se batieron en retirada, pero ni las tres enfermeras ni el médico del puesto quisieron dejar solos a sus 14 pacientes. Ni ellos ni el doctor permanecieron vivos durante mucho tiempo. Tampoco Pilar, Olga y Octavia, pero, antes de morir, ellas fueron apresadas, violadas, vejadas y finalmente ejecutadas a manos de unas voluntariosas milicianas. Cuentan que los fuertes chirridos del eje de un carro de labranza sirvieron para tapar los gritos de dolor y desesperación de las tres mujeres.

El monasterio de Valdediós cumplía las veces de hospital psiquiátrico, a cargo de los voluntarios del Socorro Rojo. Situado cerca de Villaviciosa, en Asturias, la Guerra transcurría sin prestarle demasiada atención, hasta que un 22 de octubre el IV Batallón de Montaña Arapiles nº 7, entonces perteneciente a la VI Brigada de Navarra, bando franquista, decide alojarse allí. Cinco días después, en la noche del 26 al 27 de octubre, justo un año después del asesinato de Pilar, Olga y Octavia unos pocos kilómetros al sur, los soldados franquistas decidieron organizar una fiesta con baile en el monasterio, a la que obligaron a asistir a todas las enfermeras. Ellas mismas prepararon la comida. También cavaron la fosa en la que terminaron después de una larga noche de abusos sexuales y golpes. Se dice que, a merced del alcohol, los soldados ni siquiera supieron enterrarlas dignamente, y se dejaron brazos y piernas asomados entre la tierra.

El Tajo, el Guadalquivir o el Duero cruzan España, prácticamente, de este a oeste. Pero el odio la ha atravesado de norte a sur a lo largo de toda su Historia. El odio, la envidia y la incultura, peligroso cocktail, propiciaron la sangría de la Guerra Civil después de que el país se partiera en dos. Los casos de Somiedo y Valdediós son solo los ejemplos de hasta qué punto el ser humano, el español en concreto, es capaz de hacer daño a sus compatriotas por defender una o dos ideas diferentes. Ningún bando fue el de los buenos. Nadie fue mejor que nadie porque todos asesinaron, y violaron, acosaron, despreciaron y ultrajaron a los del otro lado. La única diferencia es que unos ganaron y otros perdieron.

Han pasado tres cuartos de siglo desde entonces, pero España ha cambiado muy poco. Las imágenes de ayer en Madrid, el agrio enfrentamiento entre laicos y católicos, son un fiel reflejo de un país que sigue odiándose: los gritos, las miradas airadas, los insultos… El odio sigue formando parte de nuestras vidas: de izquierdas o de derechas, del PP o del PSOE, del Madrid o del Barça, ateos o cristianos. Es fácil etiquetar como amigo o enemigo a quienes no conocemos, y actuar en consecuencia. Es un mecanismo simple para mentes simples, y en este país, que lo quieran o no está lleno de gilipollas, es, obviamente, la técnica más utilizada  No hay más que darse una vuelta por Twitter en un día señalado (un 18 de julio, un 14 de abril, un 17 de agosto…) para entender de qué pasta está hecha España: La de un país que sigue, por gusto, anclado en un pasado terrible, pero acabado. La de un país cercenado por el odio desde que alguien desgarrara la piel de toro y la pusiera bajo los Pirineos.

Nos queda el consuelo de saber que se trata solo de unos cuantos miles de imbéciles. Sin embargo, como en el 36, se mueven demasiado y hacen demasiado ruido. Así que no les deis un fusil, porque su odio hará el resto.


La rebelión de los colchones

La Bastilla se tomó a sangre y fuego, pero aquello fue una revolución de verdad. Es cierto que yo mismo, y muchos como yo, hemos tratado de ‘revolución’ lo ocurrido el 15M y la semana posterior (lo que vino después tuvo mucho de esperpento, aun con grandes momentos de lucidez). No ha sido una revolución, simplemente porque no era necesaria. El 15M es una rebelión, la reacción instintiva y visceral de una ciudadanía cansada de que le metan mano al bolsillo y a la dignidad. Un puñetazo en la mesa, un yaestábien, un seacabó. El giro inesperado de quien se siente pisoteado. Del mismo que, ahora que ha visto el miedo en los ojos de quien sostiene el yugo, no quiere parar.

No se quedará aquí, no. A pesar de la ceguera de los políticos, de su impresionante sordera social, de su clamoroso silencio, la rebelión de los indignados sigue adelante. Asambleas ciudadanas recorren cada día los barrios de capitales grandes y pequeñas. En las redes sociales siguen circulando, a la par, información e indignación, mientras se convocan nuevas movilizaciones que recuperen el espíritu de aquel domingo de mayo. Aunque sigo pensando que el movimiento (qué mal suena) continúa separando más que uniendo, y que todo se está diluyendo como un terrón de azúcar en un café hirviendo (ya veis en qué quedó la última movilización organizada en Madrid), también mantengo la esperanza de que en algún momento tome un nuevo impulso, que se revitalice y recupere su esencia: la rebelión ante lo que sin duda es injusto.

Es posible que, como hasta ahora, quienes deben representarnos sigan mirando para otro lado: sus déficits, sus imputados, sus pactos electorales, sus primarias sin candidatos. Hasta es posible que no se conformen con eso y vuelvan a poner la Ley en nuestra contra, a decir que no actuamos como buenos ciudadanos, como pretendieron hacer en los días previos al 22M. Pero los rebeldes sabemos que lo que es legal no tiene por qué ser justo. En Sant Andreu, un barrio de Barcelona, los vecinos evitaron ayer que a una anciana de 72 años la echaran de su casa. La historia la desconozco, aunque puedo imaginarla. Un alquiler de renta vieja, una casa susceptible de convertirse en un suculento solar, una constructora interesada, un banco que ha prestado el dinero, o que quiere recuperlo… Posiblemente, echarla es lo más legal del mundo, pero resulta a todas luces injusto, y por eso la respuesta de este vecindario es también la de unos ciudadanos indignados que enfrentan la injusticia con su mejor arma: la solidaridad. Como en Fuenteovejuna, en Sant Andreu todos mataron ayer al comendador. Y a ver quién es el guapo que detiene a todo el barrio.

Quizás sea ese el camino. Quizás sea hora de dejarnos de debates estériles y tomarnos la Justicia por nuestra mano, darles donde más les duele y abrirles los ojos y los oídos a golpe de acción: no nos escucháis, pero nos vais a oír. Quizás podamos usar nuestras pobres pero potentes armas, la rebeldía y la solidaridad, empezando por esos bancos que perdonan préstamos millonarios a los partidos políticos, esos que sobre tasaron tu casa para alimentar el negocio de la deuda, esos que ahora quieren echarte. Puede que así les obliguemos a cambiar las cosas. Puede que haya llegado el tiempo de que, entre todos, hagamos lo que creamos justo, y no lo que esperan de nosotros.

Te llamo a la rebelión. A volver a guardar tu dinero bajo el colchón. A que tu bloque, tu calle, tu barrio se movilice cuando quieran dejar a tu vecino en la calle. A que denuncies las comisiones abusivas. A que pases a la acción. A que te saltes las reglas. Te invito, una vez más, a que tomes la calle el día 19. A que no digan que te acobardaste. A que no piensen que vuelves a estar sus pies. A que no tengas miedo.