El arte de morir

La muerte tiene su parte buena. La de mi padre, por ejemplo, me enseñó un par de cosas sobre la vida: La primera fue tajante: para morirse no hay Dios ni Justicia (divina, se entiende, que de la humana ya nos ocuparemos otro día). La muerte te pillará de forma irremediable sin tener en cuenta lo mucho o lo bien que lo hagas en vida. No tiene piedad, y si puede (o debe, desconozco cómo lo decide) matarte con sufrimiento, lo hará, independientemente de que seas un santo o un cabronazo.

La segunda lección es bastante menos desesperanzadora. Morir, morimos todos. Pero hay maneras de hacerlo. Uno puede morirse y quedar relegado, como la mayoría, a una esquela, una familia y unos amigos que te llorarán más o menos, o puedes palmarla con arte, trascender la norma y alcanzar con el agujero de tu ausencia a gente que no te conoce ni has conocido.

El fallecimiento de Steve Jobs ayer (hoy para mí) me ha devuelto el recuerdo de esa doble enseñanza. No importa lo que le haya dado al mundo, porque murió sin que Quiensea lo tuviera en cuenta, de una enfermedad dolorosa y cruel. Sin embargo, su muerte ha llegado al corazón de millones de personas que jamás ha tenido más contacto con él que un par de vídeos de Youtube.

Hay una razón para eso: Jobs hacía feliz a la gente. Con mi primer sueldo, allá por el 97, compré un Apple Performa 475 de segunda mano. Claro que poco después llegó el tito Jobs con su flamante iMac y no pude abstraerme a tal invento: un ordenador todo en uno, con forma de huevo, de colorines, con una extraña conexión Usb y sin disquetera. Un ordenador prácticamente inútil, me decían. Como siempre he sido muy rarito para estas cosas (tuve un MSX cuando todos jugaban con sus Spectrum) fui capaz de superar la presión y compré mi iMac después de firmar 36 letras con una sonrisa en los labios.

Como no tenía disquetera, la mejor opción para manejar mis documentos era enviármelos por correo electrónico, de modo que gracias a aquel ordenador tuve mi primera conexión a Internet y mi primera cuenta de e-mail. Decidme ahora si Steve Jobs no ha influido en mi vida…

A lo largo de los años he utilizado multitud de dispositivos ideados por Jobs. Todos, algunos más que otros, me han aportado algo. Este blog lo estrené, y lo escribo, con mi Macbook Pro. Los iconos de Cuéntalo los hice con mi iPad y uno de mis dedos (supongo que el índice, no lo recuerdo). Como yo, millones de personas, el mundo entero, se ha visto influenciado de una forma y otra por este gurú de la tecnología y el marketing.

En estos días se ha contado ya casi todo sobre su vida. Habéis visto vídeos y leído decenas de frases célebres que pronunciara en un discurso o una Keynote. Habéis conocido sus éxitos y sus fracasos, su ideario, su forma de hacer las cosas. Pero todo eso es lo de menos cuando te enfrentas a lo que sus mayores competidores, sus supuestos enemigos, han dicho de él, y te preguntas cómo puede una persona dejar tan buen recuerdo incluso en quienes tuvo enfrente gran parte de su vida.

La respuesta me la enseñó mi padre hace algo más de cinco años: Siembra y recogerás. Haz cosas buenas, conviértete en alguien importante para los demás, influye de alguna manera en sus vidas. Aporta algo al mundo. No hace falta ser ambicioso: desde tu casa, en tu barrio o en el trabajo.

Sé buena gente sin importarte cómo afectará a tu vida. El arte de morir no está en morirse sin sufrimiento, sino en haber vivido sin hacer sufrir a los demás. Porque es la muerte, y no la vida, la que ajusta cuentas al final.

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