Archivo mensual: octubre 2011

Los días cambiantes

Leí en alguna parte que Manolo García tiene una canción para cada estado de ánimo. Puede que sea así, aunque mi teoría es otra: las canciones de Manolo García son distintas con cada estado de ánimo. Se renuevan con lo vivido. Me ocurre a menudo: canciones que hace seis años me contaban una historia, en ciertos momentos de mi vida han descrito mis sentimientos, poniendo palabras donde yo solo he sido capaz de colocar una sensación.

Mi capacidad para escribir sobre sentimientos se limita prácticamente a lo que siento. Dicho de otra forma: no puedo escribir sobre sentimientos que no estoy experimentando en el momento en que escribo. Lo de Manolo es una suerte. Un don. Hace unos días, contaba en la radio que el primer single de su nuevo disco, Un giro teatral, había surgido después de pegar la oreja en una disputa amorosa de barra de bar. Puede que en su vida haya conocido a la mala compañía de Un giro teatral, pero Manolo tiene una extraordinaria capacidad para absorber sentimientos, como por fotosíntesis, y ponerlos luego sobre el papel, juntando letras.

Así que estoy seguro de que dentro de unos años escucharé alguna canción de Los días intactos y me sabrá distinta porque habré experimentado otras cosas. La edad, el paso de los años, que a to quisqui nos cobra su tributo en forma de alegrías y sufrimientos nuevos. Redescubrí Malva o Del bosque de tu alegría con la muerte de mi padre; y con cierto traspiés entendí Sin que sepas de mí o Por respirar.

A falta de lo que esté por venir en mi vida, y de lo que redescubra con ello, por ahora Manolo García recoge en su nuevo disco su universo de siempre: amor (desamor), soledad, naturaleza, viejos oficios y antiguas palabras. Renacentista desde que fuera uno de los últimos de la fila, vuelve a la carga con sus particulares versiones del Tempus fugit y el Beatus ille. Aderezado todo con una producción magistral, más guitarreo que de costumbre, nuevos instrumentos, melodías geniales y miles de matices que se van descubriendo con cada nueva escucha.

La música de Manolo García no gusta a todo el mundo, pero hacerse con el primer disco de oro a las pocas horas de ponerlo a la venta no está al alcance de cualquier músico español. Su música y sus letras, sin duda, son una razón para eso, pero hay mucho más detrás de su legión de seguidores, entre los que me incluyo: una integridad a prueba de bomba, un compromiso social que va de las palabras -que también- a los hechos, coherencia y una humildad que asombra a cualquiera que haya tenido la oportunidad de conocerlo en persona. No estamos acostumbrados a que un artista que ha vendido millones de discos se presente tan normal ante nosotros. Que solo pretenda hacer su trabajo, su oficio. Igual que el zapatero remienda pieles o pone suelas, el suyo es hacer música para alegrarle la vida a los demás. Como quien da un refresco.

No me pidáis que sea objetivo con la música de Manolo García, porque no puedo. Cuando la música se convierte en sentimiento es imposible no ser subjetivo. Cuando una canción, un estribillo, un acompañamiento o un simple acorde te pone la piel de gallina. Cuando una estrofa evoca tus sentimientos más profundos (y escondidos) y los saca aguándote los ojos. Cuando una letra te desmembra y te convierte en otro. Cuando una melodía te hace sentir tan bien. No me pidáis que razone o argumente, que sea crítico ni lógico. Nadie puede hacerlo cuando la música te estira la piel y el vello, cuando no lo puedes controlar, cuando Sentir se come a Pensar.

¿O acaso nunca habéis sentido eso? Hacedlo alguna vez. Sentidlo. Es ancestral. Sed libres un rato.

Anuncios

¿Dónde está Buffalo Bill?

Buffalo Bill, Toro Sentado, Calamity Jane y demás fauna vinieron después. Antes, su mundo se separaba entre el este (sinónimo de civilización, progreso y cultura) y el oeste: lo que había más allá de la frontera. Terreno inhóspito, lejano y salvaje. Era la Norteamérica del siglo XIX, donde y cuando se forjó la leyenda de los Estados Unidos. Donde y cuando, a fuerza de sangre y fuego, el lejano oeste fue quedando cada más cerca, y lo salvaje se civilizó.

En Europa, el sur ha sido siempre nuestro particular far west. Norte y Sur. Progreso y subdesarrollo. Dos velocidades y un distanciamiento progresivo. Pura física. La propia UE ha tratado de corregir esta situación a golpe de talonario: Fondos que viajan de los bolsillos de los más ricos a los de los más pobres y de los que se ha beneficiado, por ejemplo, Andalucía durante un montón de años.

Sin embargo, como en una muñeca rusa, dentro de la región pobre hay otra región pobre, y dentro de esta, otra más. A veces siento que en Huelva estamos dentro de la pequeñita del todo. Ahora, aunque las diferencias entre norte y sur continúan, se está abriendo una nueva brecha entre el este y el oeste. Entre una muñequita rusa y la que le sigue. Así, el salvaje oeste se va haciendo aún más salvaje cuanto más se civiliza el este. Y lo mismo en el norte y el sur. Lo chungo de verdad es que nosotros, queridos onubenses, estamos al sur y al oeste.

Si echas más harina en el lado que más pesa de la balanza, el desequilibrio crece. Esto también es pura física. Así que no termino de entender cómo Huelva ha quedado tan absolutamente aislada en el reparto de la tarta europea del transporte. Los corredores Mediterráneo y Central, la red básica de transporte que determinará el futuro a medio plazo de las regiones europeas, terminan en Sevilla. Como el AVE. Como casi todo.

Ochenta y pico kilómetros, cuatro duros, hacen de Huelva una provincia cada vez más periférica, cada día más amputada, más abandonada en cada plan de inversiones. Más fronteriza. Somos el viejo oeste de Europa, de España y de Andalucía. La última muñeca. La última mierda. En los diez últimos años, en todos y en cada uno de ellos, Huelva fue la provincia andaluza en la que se invirtió menos en obra pública. Así que no me vengan con cuentos sobre el equilibrio interregional y la discriminación positiva entre territorios. Diez años de inversiones son un mundo, y las administraciones (de todos los colores) se han encargado de separarnos cada vez más del resto. Envidio los acalorados debates de otras provincias andaluzas: que si metros, que si tranvías, que si circunvalaciones… La mayor disputa en Huelva es sobre una estación de tren fantasma (sí, como en el Oeste) a la que no llegará nada porque nadie nos quiere traer nada. Un paripé en toda regla.

En alguna ocasión os he dicho que no podemos estar permanentemente llorando nuestra pena, dándonos cabezazos contra el muro de las lamentaciones del agravio, sin hacer nada más que eso. No podemos estar así siempre, pero cuando ves que a tu alrededor todo es alegría por el puñetero Corredor Mediterráneo mientras tu provincia se muere del asco, del aburrimiento y la frustración. Cuando ves eso, digo, te entran ganas de subirte al Santuario de la Cinta a rezar para que, algún día, podamos votar a un político decente, comprometido y luchador que defienda su tierra. Y no a la panda de calientasillones, pelotas y catetos que van a Madrid todas la semanas (desde Sevilla, claro) con la única intención de codearse con la jet de la política española y comer montaditos en el Museo del Jamón, hasta que engordan tanto que el partido los trae de vuelta, a vivir la vida. Porque Huelva, para ellos, no existe más que en la estadística que los colocará o los quitará de allí cada cuatro años. Toca rezar, decía, para que algún día venga nuestro Buffalo Bill a conquistarnos y civilizarnos. Como en el viejo oeste. Como en el siglo XIX. Así estamos…


El arte de morir

La muerte tiene su parte buena. La de mi padre, por ejemplo, me enseñó un par de cosas sobre la vida: La primera fue tajante: para morirse no hay Dios ni Justicia (divina, se entiende, que de la humana ya nos ocuparemos otro día). La muerte te pillará de forma irremediable sin tener en cuenta lo mucho o lo bien que lo hagas en vida. No tiene piedad, y si puede (o debe, desconozco cómo lo decide) matarte con sufrimiento, lo hará, independientemente de que seas un santo o un cabronazo.

La segunda lección es bastante menos desesperanzadora. Morir, morimos todos. Pero hay maneras de hacerlo. Uno puede morirse y quedar relegado, como la mayoría, a una esquela, una familia y unos amigos que te llorarán más o menos, o puedes palmarla con arte, trascender la norma y alcanzar con el agujero de tu ausencia a gente que no te conoce ni has conocido.

El fallecimiento de Steve Jobs ayer (hoy para mí) me ha devuelto el recuerdo de esa doble enseñanza. No importa lo que le haya dado al mundo, porque murió sin que Quiensea lo tuviera en cuenta, de una enfermedad dolorosa y cruel. Sin embargo, su muerte ha llegado al corazón de millones de personas que jamás ha tenido más contacto con él que un par de vídeos de Youtube.

Hay una razón para eso: Jobs hacía feliz a la gente. Con mi primer sueldo, allá por el 97, compré un Apple Performa 475 de segunda mano. Claro que poco después llegó el tito Jobs con su flamante iMac y no pude abstraerme a tal invento: un ordenador todo en uno, con forma de huevo, de colorines, con una extraña conexión Usb y sin disquetera. Un ordenador prácticamente inútil, me decían. Como siempre he sido muy rarito para estas cosas (tuve un MSX cuando todos jugaban con sus Spectrum) fui capaz de superar la presión y compré mi iMac después de firmar 36 letras con una sonrisa en los labios.

Como no tenía disquetera, la mejor opción para manejar mis documentos era enviármelos por correo electrónico, de modo que gracias a aquel ordenador tuve mi primera conexión a Internet y mi primera cuenta de e-mail. Decidme ahora si Steve Jobs no ha influido en mi vida…

A lo largo de los años he utilizado multitud de dispositivos ideados por Jobs. Todos, algunos más que otros, me han aportado algo. Este blog lo estrené, y lo escribo, con mi Macbook Pro. Los iconos de Cuéntalo los hice con mi iPad y uno de mis dedos (supongo que el índice, no lo recuerdo). Como yo, millones de personas, el mundo entero, se ha visto influenciado de una forma y otra por este gurú de la tecnología y el marketing.

En estos días se ha contado ya casi todo sobre su vida. Habéis visto vídeos y leído decenas de frases célebres que pronunciara en un discurso o una Keynote. Habéis conocido sus éxitos y sus fracasos, su ideario, su forma de hacer las cosas. Pero todo eso es lo de menos cuando te enfrentas a lo que sus mayores competidores, sus supuestos enemigos, han dicho de él, y te preguntas cómo puede una persona dejar tan buen recuerdo incluso en quienes tuvo enfrente gran parte de su vida.

La respuesta me la enseñó mi padre hace algo más de cinco años: Siembra y recogerás. Haz cosas buenas, conviértete en alguien importante para los demás, influye de alguna manera en sus vidas. Aporta algo al mundo. No hace falta ser ambicioso: desde tu casa, en tu barrio o en el trabajo.

Sé buena gente sin importarte cómo afectará a tu vida. El arte de morir no está en morirse sin sufrimiento, sino en haber vivido sin hacer sufrir a los demás. Porque es la muerte, y no la vida, la que ajusta cuentas al final.