Archivo mensual: septiembre 2011

El’andalú y suh muerto

A vuertah con loh’andaluce… Parece que loh catalanihta (loh catalanihtah que mandan, no loh’otro)  s’an empeñao en atacá Andalucía cada ve que leh da por defenderse de argo. Por mu leho que leh piyemo (mir kilómetro na meno), siguen erre que erre, y si ante éramo unoh ciudadano subencioao y luego resurta que no pagamo impuehto, ahora no sabemo hablá, o no se no’hentiende, car fin y’ar cabo sihnifica lo mihmo: ihnorancia y dehprecio asoluto a una curltura milenaria y a un habla (o mejó, varia’habla) que no e sino er resurtao de la’volución lóhica der castellano que loh repobladore noh traheron trah la reconquista mehclao con lah cientoh de cultura can pasao por ehtah tierra. Una evolución, disho sea de paso, con la que todoh ganamo una lengua ehpañola mah rica, mah’abierta, creativa e innovadora, ca sío ademá capá de cruzá l’Ahtlántico pa’nriquecerse aún má. Pero claro, a uhtede, señoreh de CiU, de ERC, o de lo que sea, leh’import’una mierda. Eso sí, pa rahá de que no se nohentiende van uhtede mu rápido y sin cahco, sin pensá en que hay catalane, compadre, a loh que tampoco se le’hentiende na, con la mardita papa en la boca, pero, oye, uno hace l’ehfuerzo y consigue’nterarse. Incluso a vece lo suhtitulan a uhtede, fíhense, com’anohotro.

Una pará, anteh de que se me’sh’encima mah de uno: dihcúrpenme loh’andaluce, y simpatizante, si no’ntienden argo o creen que elloh lo’hcribirían d’otra manera: El’abla’ndaluza no se ehcribe, se habla. Ademá, en cada sitio donde se habla se hace d’una manera. La mía eh la de Huerva capitá. Para’vitá malentendío: aquí no se sesea, aunq’ai quien lo hace. Sí cecean arguno, pero no’h mi caso. Vamo, que hay de tó: incluso, como’n cada habla dentro de l’habla’ndaluza, en la de Huerva hay palabrah que no conocen, por ehemplo, en Seviya, y así mushísimah peculiaridade que hacen de l’andalú, sin duda, er dialehto, que no lengua, mah rico d’Ehpaña.

Disho queda. Ahora sigamo con la polémica der día:  Sinceramente, no arcanzo a’ntendé por qué ehtoh señore de CiU, o anteh loh de ERC, s’empeñan en atacá a lo’handaluce a la mínima ocasión. Ehta osesión, que roza lo paranoico, ehtá arcanzando nivele de ‘hartible’, que aquí eh como decí que’htán empezando a tocá loh cohone, y aunque la primera rehpuehta ca uno se l’ocurre eh decí: “#tuputamadrearturmas” (#tuputamadrearturmah sería er hahtah n’andalú), porque no tiene ni puta gracia la supuehta buhla der presidén, ar finá eh bahtante mah prahtico rebatí con argumentoh mah serio, der tipo: “si no mentiende, te hoe”; o “deha de mové la lengua pablá, que no mentero”, o er socorrío “tuh muerto por si acaso”, que tan bien aplicaba mi padre en Barcelona cuando se le plantaba, con toa la mala leshe, argún camarero cantando la carta en catalán. Porque una cosa eh la defensa de la propia curtura, y por tanto d’una lengua vieha y hermosa como la catalana, y otra mu dihtinta pretendé que l’ablemo y la’ntendamo por huevo.

Por supuehto, no tienen la curpa loh catalane de que suh dirihente dihfruten ofendiendo, ar menoh’una vé al’año, a loh’andaluce. Imahino que incluso la mayoría se sentirá tamié ofendío, no’htante suh padre, suh’abuelo, y elloh mihmo son andaluce de cuna en mushoh caso. Una pena que con suh voto den cobiho a tanta incurtura y tanta cerrazón.

Lo que oh debe quedá claro, lehtoreh querido, eh que si’r señor Mah no’hentiende, solo oh podrá decí: “ahcorti, no t’entiendo”. Pero si uhtede no entendéi ar señor Mah, siempre tenéi lo de “tuh muerto por si acaso”. Tal eh la riqueza lésica de l’habla andaluza: tenemo salía pa to.

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De carroñeros y otros hombres

La especie humana es carroñera. Lo ha sido siempre, o al menos hasta hace unos miles de años (tampoco tantos), así que será por eso por lo que nos dura el instinto: hurgar en la herida, saborear el mal del prójimo, es una especialidad muy humana. Eso sí, como en todo, hay grados. No es lo mismo una mosca verde que un buitre.

En política, por ejemplo, se carroñea al más alto nivel. El sabor de la carne abierta del oponente les puede, casi lo desean, y si no, que le pregunten a Juan José Cortés, que viene sufriendo desde hace años el más cruento canibalismo político por parte de quienes recibieron como respuesta, cuando lo pretendieron, un portazo en las narices. Pasó de héroe a villano solo por cambiar de bando. Así se las gastan en política. Carroñera. Inhumana. Como casi todo lo humano, que todo hay que decirlo.

Lo sobrellevan porque están acostumbrados. A diario, cada político se desayuna a otro. Son gajes del oficio.

El problema es que Juan José Cortés no es un político. Se trata de un hombre, un padre, al que un asesino y un sistema judicial kafkiano robaron una hija, la pequeña, y que desde entonces, desde que supo que el asesino de su hija no debería haber estado en la calle aquel día, ha removido cielo y tierra con un solo objetivo: que no vuelva a pasar algo así. Al juez de marras le costó 1.000 euros. El empleo, a la funcionaria implicada. A Juan José, el error acabó con la vida de su hija. Sin embargo, los otros culpables de que ocurriera aquella tragedia siguen sentados en sus sillones de parlamentarios, diputados, senadores, ministros o consejeros. Esos políticos que desprecian la realidad que transcurre más allá de las puertas de sus despachos, los problemas de la gente que los ha puesto ahí.

Juan José decidió que el problema había que atajarlo desde arriba y se acercó a la política, el único camino que le quedaba después de descubrir que centenares de folios con miles de firmas solo sirven para alimentar las chimeneas de los despachos presidenciales. Desde entonces, el ‘ciudadano Cortés’ ha sido insultado, lo han despreciado, han dudado de sus intenciones y, por último, le han tangao la presunción de inocencia, esa por la que tanto abogan cuando son ellos los implicados. Somos así: en esta España envidiosa y cainita nos hubiera gustado más ver a un hombre destrozado que a un luchador.

Ignoro, y no me importa, lo que ocurrió la madrugada del miércoles en El Torrejón. Tampoco conozco a Juan José Cortés. No lo he visto en mi vida, a pesar de vivir en la misma (y pequeña) ciudad. No tengo, por tanto, opinión formada sobre su persona más allá de lo que he visto y oído estos años en los medios de comunicación. Pero tengo dos dedos de frente, y sé que si estuviera en su lugar, si hubieran matado a mi hija en las circunstancias en que mataron a Mari Luz, entregaría toda mi vida para que los culpables, todos, lo pagaran. Juan José ha sido bastante más generoso y ha preferido, mejor que seguir tirando de la cuerda, tomar el camino de cambiar las cosas para que a nadie le pase lo que a su familia.

Hemos visto en estos días a líderes socialistas frotándose las manos (mientras los otros se las lavaban) tras la detención de Cortés. Hemos leído declaraciones ridículas y afirmaciones estúpidas. Lo último, y es un ejemplo, el acoso y derribo de algunos periodistas porque no ha querido preguntas tras su rueda de prensa. Acusan a un tipo que ha tenido que salir a defender su inocencia sentado junto a una mesita, no en una sede de partido o una sala de prensa, sino en medio de una de las plazas de su barrio. Critican a Juan José, que no ocupa ningún cargo político ni institucional y que a buen seguro no tiene a su disposición, como otros, a una legión de asesores (no tendrá ninguno), por ofrecer una rueda de prensa sin preguntas. Le ha tocado por ser árbol caído del que, como buenos carroñeros que somos, hay que hacer leña.

No conozco, insisto, a Juan José Cortés. No sé, aunque lo dudo, si es capaz de coger una escopeta y liarla a tiros por no sé qué disputa familiar. Ignoro lo que pasó esa noche, pero, de ser político, me pensaría mucho soltar lo que algunos han soltado por esa boquita cuando en mis propias filas tengo cargos públicos imputados por robar a los ciudadanos que los han votado.

Es la flexible vara de medir de los carroñeros. Se tuerce cuando quieren. Y cuando quieren, la enderezan para atizar con fuerza. Unos y otros, no se engañen, pretenden utilizar a Juan José, como nos utilizan, de una forma u otra, a todos nosotros.

Por eso no me gusta esta política. Porque atonta, deshumaniza y envilece. Porque no mira a los ojos  a las personas.


El ‘affaire’ INPOSAKETARIK EZ

Se publicó el 27 de agosto, pero la polémica ha estallado hoy. Se trata de una fotografía de una manifestación abertzale cuyo encuadre recoge las letras ‘E T A’ de una pancarta en la que podía leerse ‘INPOSAKETARIK EZ!’ (que no sé lo que significa). Dicho de otra forma, la foto en cuestión enfoca las letras octava a décima de la palabreja, de modo que sobre el titular ‘Los abertzales toman Bilbao’ y la información sobre la mencionada manifestación, aparece la palabra ETA. Creo que esta entrada ha sido la que ha destapado la caja de los truenos, por si os interesa.

Pedro J. asegura que nadie ha cortado la foto, sino que se disparó así con esa intención, o sea, con la idea de identificar la manifestación abertzale con la banda terrorista. Creo en lo que dice. No se trata de una manipulación, al menos no como yo entiendo el concepto: ni la foto se ha alterado ni se miente sobre ella. Diría más: la foto, en sí misma, es muy buena para lo que quiere ser buena, esto es, dar a entender que los manifestantes abertzales son pro etarras.

El patio (Twitter), como cabía esperar, se ha revolucionado, pero Pedro J. (que, como os he contado alguna vez, ha sabido pillarle el gusto al mundo tuitero) no se achanta y, en una entrevista concedida a PR Noticias, argumenta a favor de su periódico, y lo hace con el viejo truco de la objetividad imposible. A saber: el periodismo no puede, ni debe, ser objetivo, sino que su misión es interpretar la realidad con cierta subjetividad. Dice literalmente: “la esencia del pluralismo es la concurrencia de subjetividad honestas”.

Es este un debate viejo. Los que creen que la objetividad es posible y obligatoria para informar, y los que justifican su subjetividad en el hecho de que los periodistas estamos para interpretar la realidad y que (este es un topicazo) nadie puede ser objetivo. Para ellos, son los lectores los que deben garantizar la veracidad de cualquier hecho comprando entre 5 y 10 periódicos todos los días. O eso, o ceñirse a lo que diga su periódico de cabecera, que le da cera y gustito a sus ideas sin alterarlas con informaciones que demuestren lo contrario a lo que piensas.

Esto es, hoy, el periodismo. Os lo he contado en alguna otra ocasión. Lo peor es que mañana volverán a rasgarse las vestiduras cuando alguien les diga aquello de: “¿Eres periodista? Buff”.

¿Qué pensáis vosotros? ¿Debemos dar por hecho que la subjetividad, honesta o deshonesta, debe formar parte de la información? ¿O tenemos que exigir una información lo más objetiva posible?


El lugar más hermoso del mundo

No era el lugar más hermoso del mundo, pero Quinceme fue un pueblo próspero.

Antes era solo casas: ladrillos, apelotonados unos encima de otros. Cemento sin alma. Sin embargo, un día, el joven alcalde despertó con la idea de que podría bastar un golpe de efecto, una señal, para que todo cambiara y Quinceme se convirtiera en el lugar en el que todos sus habitantes soñaban. Así, mandó llamar al viejo pregonero:

– Estéfano: quiero que hagas algo por mí. Has de saber que puede resultarte extraño o poco usual, pero necesito que te comprometas a llevarlo a cabo sin discusión.

– De acuerdo, alcalde -asintió, curioso, el pregonero-. ¿Qué es lo que tengo que hacer?

– Recorrerás cada rincón de la ciudad para anunciar que, a partir hoy, nuestro pueblo se llamará Quinceme de la Esperanza.

– ¿’De la Esperanza’, señor alcalde?

– Sí, Estéfano. A nuestro pueblo le falta eso mismo: la esperanza de que entre todos podemos hacer algo mejor.

Así se hizo, y al poco, aquel sobrenombre obró el milagro. Bastaron unos meses para que Quinceme de la Esperanza se convirtiera en un pueblo nuevo, en aquello que todos sus habitantes querían que fuera cuando llegaron a aquella tierra fértil y hermosa hacía un siglo. Florecieron los negocios y creció la riqueza. Cada día, centenares de visitantes de los pueblos cercanos entraban en sus tiendas y comercios. Cada quincemero sabía que su aportación, por pequeña que fuera, era importante, porque era precisamente así, gracias a la esperanza común, como habían logrado cambiar las cosas.

Quinceme fue un lugar próspero durante mucho tiempo. Un día, los más altos de la ciudad, cansados de andar agachados en el bar o de sentarse en cada ocasión en las últimas filas del cine, decidieron reunirse en asamblea, debatir sus comunes problemas y determinar que lo mejor sería abrir nuevos negocios exclusivos para altos. Así, hubo cine para altos, con una gran pantalla elevada y grandes butacas; supermercados para altos, con enormes estanterías; incluso se construyeron gasolineras para altos, con cómodos surtidores colgantes situados a un metro sobre el suelo.

El éxito de los nuevos establecimientos fue incontestable. Tanto, que los habitantes más bajos de Quinceme, aburridos de usar taburetes y alzadores, decidieron reunirse en asamblea y, mediante consenso, acordaron poner en marcha un fondo de inversión para desarrollar proyectos de negocios exclusivos para bajos. Muy pronto se extendieron los cines para bajos, dotados de enormes graderíos, o las peluquerías para bajos, en las que, para verse en los espejos, no había que subir en brazos a los clientes. Hubo parques recreativos para bajos, en los que no había que ponerse de puntillas para echar una moneda, o tiendas de modo para bajos, en las que los artículos se colocaban, al fin, a ras de suelo.

Los establecimientos para bajos atrajeron a los bajos de toda la comarca, de forma que el fondo de inversión nacido en aquella asamblea fue creciendo cada vez más, propiciando la (sana) envidia de los miopes de Quinceme. Siguiendo el mismo camino que sus conciudadanos altos y bajos, iniciaron la apertura de locales exclusivos: el cine para miopes, con pantallas gigantes en cada asiento; restaurantes para miopes, en los que una carta gigante describía, con letras gigantes, el menú de la semana; o periódicos para miopes (aunque, por su gigante tamaño, nunca lo sacaban de casa).

Muy pronto, cada grupo de afectados por tal o cual defecto o afecto creó su propio establecimiento especializado. Había tiendas para quincemeros con bigotes, estancos para sordos, salones de juegos para calvos… La fiebre empresarial en Quinceme les llevó a desarrollar negocios para bajos con barbas, altos calvos, ciegos rubios e incluso hubo quien abrió una juguetería para miopes con barbas, en la que nunca entró nadie. Hubo tantos locales y tan excluyentes que, poco a poco, la mayoría de los quincemeros se encontraron sin tener un sitio a donde ir.

La vida en Quinceme fue haciéndose poco a poco más aburrida y absurda. Cada nuevo establecimiento abría una nueva brecha entre los que, años antes, habían construido juntos aquella gran ciudad, que volvió a ser solo casas y locales, cemento gris, ladrillos, cristales y aceras sin alma. Aquello que una sola palabra, ‘Esperanza’, había logrado arrancar en la ciudadanía de Quinceme, tornose en decepción y tristeza merced a la atomización y la sinrazón a las que la ciudad había sucumbido.

Así fue como Quinceme volvió a ser Quinceme a secas. No era el lugar más hermoso del mundo, pero pudo llegar a ser un pueblo próspero.