Archivo mensual: abril 2011

Por qué hay que soñar

Han sido nueve meses. Largos. Y muchas horas de trabajo, muchas tardes y fines de semana dándole vueltas a las ideas, dibujando, programando, diseñando… Todo un embarazo, de los duros, pero es de esos que se asumen a sabiendas de que, al final, lo verás recompensado. Así que hoy soy más feliz, porque hemos parido un sueño. Pequeñito, pero un sueño. Y, joder, siempre que se cumple un sueño (de los buenos) hay que celebrarlo y sentirse bien.

No sé si alguna vez te ha pasado, pero a veces las personas tenemos la necesidad de hacer algo distinto, de crear, de inventar. A mí me ocurre a menudo. En parte, mi trabajo consiste en eso, en ir inventando cosas, de modo que prácticamente a diario satisfago esta necesidad. Sin embargo, hace mucho tiempo que no me resistía a otras dos inquietudes: reivindicarme a mí mismo (no sé como qué, pero reivindicarme) y hacer algo por los demás. De modo que engañé a varios amigos y estafé a algún que otro familiar para que me echaran una mano. Y así nació Cuéntalo.

No es una web normal, ni un periódico on line, ni es una red social ni una plataforma de denuncia. En cuentalo.es no queremos competir con los medios ni alcanzar 500 millones de usuarios. No queremos gran influencia política ni poder mediático. Lo que queremos es reivindicar la información como servicio público al servicio de los ciudadanos. Defender el papel social de un medio de comunicación poniendo a los ciudadanos por encima de cualquier otro interés. Cuéntalo es como un periódico de los de antes, con todo lo que puede darnos la tecnología de ahora. De aquellos que hacían de la calle y de la independencia sus banderas. Por eso queremos que haya ciudadanos que nos cuenten lo que les pasa y periodistas que los ayuden. Periodistas, también, de los de antes.

No sé lo que pasará, pero sí lo que quiero que pase. Cuéntalo no nace para ganar dinero. No hará rico a nadie. No tendrá empleados, sino periodistas que, con mucha voluntad y vocación (y espero que, en un tiempo, con una nómina decente) contribuyan a construir un periodismo nuevo. Menos encorsetado, menos plegado, menos politizado, más comprometido con la verdad y con la sociedad para quienes trabajan. Permitirá que las personas, que es para quienes existe esta web, conozcan otro camino: un sentido real del espíritu crítico, que no es sino aquel que empieza por cuestionar lo que uno mismo cree.

Cuéntalo servirá además para devolver a los ciudadanos lo que nos den, porque todos sus beneficios (los posibles) se destinarán íntegramente a fines sociales. Por dos razones: la primera, porque, en mi sueño, este proyecto contribuía a construir un mundo mejor ayudando a los peor tratados. La segunda, porque no hay mejor camino para no pecar que alejarse del pecado, y si Cuéntalo quiere ser independiente de verdad debe rechazar de plano la posibilidad de ganar dinero, la posibilidad de terminar vendiéndose a otros intereses.

Es posible que todo se quede en nada, que no haya salto adelante, ni éxito, pero nunca me sentiré fracasado. Llevo paseando, desde el miércoles, 27 de abril de 2011, una enorme sonrisa. Porque vuelvo a creer en el Periodismo y porque sé por qué hay que soñar: Los sueños, a veces, se hacen realidad.

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Las conciencias

Lo bueno de las crisis es que encienden las conciencias, sobre todo la conciencia de uno mismo. Lo malo, todo lo demás.

Los hombres no somos tan metafísicos como os creéis. Los grandes cambios de la Historia los ha provocado casi siempre el bolsillo, y alguna vez las ideas. Como norma general: las ideas, cuando el bolsillo se ve afectado. A pesar de esto, ha habido varias crisis económicas en las últimas décadas y ninguna ha propiciado una gran crisis, entendida en su concepto de cambio, posiblemente porque ninguna de ellas haya sido tan radical como ésta o, posiblemente, porque ninguna de ellas se ha desarrollado, como ésta, en una era de tanta libertad y tan fácil acceso y participación en miles de fuentes de información.

Diréis que de qué estoy hablando, si todo sigue igual que siempre. No ha habido cambios, ni revolución. No ha habido nada. Siguen donde estaban. Tenéis razón: es cierto (al menos en España y la vieja Europa), pero tengo la sensación de que la situación va a cambiar. Y espero que sean los jóvenes los grandes protagonistas.

Hay un runrún, o al menos yo lo percibo. El cansancio se generaliza, crece la indignación ante el permanente pisoteo de los derechos, de la verdad y de toda suerte de ética. Ea, ea, ea, la peña se cabrea porque le han tocado el bolsillo y las narices. Quieren cambiar las cosas, quieren participar en la vida democrática sintiéndose algo más que un voto cada cuatro años. Mientras tanto, nuestros políticos siguen tan despistados como siempre, sin percatarse aún de la que se avecina, apoltronados en sus sillones parlamentarios, debatiendo sobre deuda país y mercados, Gürteles y Eres y olvidándose de que casi cinco millones de españoles no trabajan porque no pueden, mientras unos pocos, culpables de todo por negligentes e irresponsables, siguen viviendo a cuerpo de rey y se permiten la potestad de tomar las decisiones que afectan a todos. Ninguna de ellas, casualmente, para su perjuicio. Permanecen quietos porque, creen, Internet no será suficiente para echarlos, porque la mayoría sigue quieta, resignada o cómoda. Y tienen razón.

La palabra es un vehículo para las ideas, más que un arma. Un catalizador, más que un movimiento en sí mismo. Ellos lo saben, como saben (creen que saben) que el bullicio que se arma en blogs y redes sociales a cada barbaridad que hacen o cada manipulación que cometen servirá únicamente de eso: un vehículo de desahogo, y poco más. Siguen ciegos. La gente ya se está moviendo, y se anuncian más frentes. Muchos ciudadanos queremos tomar la calle, conscientes de que está en nuestras manos cambiar las cosas, o al menos demostrarles que deben cambiarlas, y de que ese, el de la calle, es el único camino.

El 15 de mayo tenemos un nuevo asalto. Si no te mueves, les darás dos cosas: la razón, porque eres sólo un quejica que no vas a mover jamás tu culo del asiento, y la venia, para que sigan haciéndolo tan mal como hasta ahora.


Mi banco tóxico

Un aire rancio y pestilente me recibe. Nada más acceder por la puerta acristalada comienza a percibirse, y el olor se va haciendo insoportable a cada minuto que pasa. Posiblemente esté ya atacando todo mi cuerpo, por dentro, sin que se note demasiado. Está acabando conmigo. Mi banco es tóxico. Lo ha sido siempre, pero ahora huele a podrido. El tuyo también lo es, ten mucho cuidado.

Su humor, verdoso y gris, nos contaminó a todos cuando infectaron los bolsillos, los mercados y las divisas con sus hipotecas basura y con sus mentiras. Nos convencieron de que podíamos comprar casas, o de que podíamos construirlas, y venderlas y alquilarlas. Llegaron a darnoslo todo. “Compra también el coche. Compra tus muebles. Paga la boda. Te ayudaremos. No te preocupes, que tú puedes: ¿no ves acaso que todo va bien? ¿Que nunca te pasará nada?”. Con malas artes, tomaron nuestro dinero y secuestraron nuestro futuro. Lo mezclaron todo, sin pudor ni precaución: nuestros euros, nuestras casas, nuestras vidas y nuestros sueños, y lo mancharon todo con su cóctel tóxico. Se contaminaron. Nos contaminaron y lo destruyeron todo.

Los gobiernos y los estados gastaron fortunas en limpiarlos, olvidándose del resto del mundo, que poco a poco se envenenaba con el aire tóxico. Las grandes agencias de calificación, aquellas que aplaudieron la sucia mezcla bancaria, ensuciaban ahora a los parlamentos soberanos con sus putrefactos ratings, sometiéndolos a sus dictados. Bajo su yugo, beneficiaron a los fuertes pisoteando a los débiles. Nos apretaron el cuello para que ellos respiraran, sin caer en la cuenta de que el único aire sano que quedaba era el nuestro.

Y así me encuentro ahora, así nos encontramos, en un mundo irrespirable y tóxico, que mata la esperanza pero alienta la indignación. Mi banco es tóxico y quiero gritarlo. Y quiero que si un día el veneno que me inocularon termina dejándome sin trabajo y sin ingresos no sean ellos quienes se queden con mi casa ni que hipotequen mi vida. Quiero que mi gobierno alce la mano y, dirigiéndose a ellos, señalándolos con su dedo índice, les diga: “vosotros pagaréis, porque nos habéis arruinado. No ellos, que son niños y hombres. No ellos, que son jóvenes, mujeres y abuelas. No ellos, que son personas, como nosotros. Pagaréis vosotros, que no sois nada más que números en una pantalla reflejada en el parqué. Vosotros, que no tenéis que pedir limosnas ni dejar vuestras casas ni llorar porque no tenéis con qué comer. Vosotros lo pagaréis”.


Hacia el ‘comentario total’

Os he contado alguna vez cómo me imagino a los señores de Facebook: inmersos en un bombardeo de ideas constante que decenas de programadores del más alto nivel convierten en realidad. Luego las ponen en marcha, algunas con más éxito que otras, y, venga, a jugar con el usuario.

Hoy, la compañía ha publicado en su blog para desarrolladores una inminente actualización de las opciones para comentarios que, entre otras cosas, permitirán al usuario incluir links, títulos o fotografías. Caminamos hacia el ‘comentario total’. En cada uno de ellos se podrán contar historias completas. No me imagino, la verdad, hasta dónde puede llegar esta nueva actualización (además de hacer interminable la lectura de determinadas entradas), pero si se orienta bien por parte de los medios podríamos estar ante una excelente manera de encajar la manida interacción con los lectores, que  podrían enriquecer, y mucho, cualquier información. Además, Facebook permite la posibilidad de que el administrador destaque este tipo de comentarios sobre el resto (irán en un fondo negro), los exporte o incluso pueda generar gráficos o estadísticas sobre un determinado debate. Estos comentarios van sobre un permalink (como las entradas individuales de los blogs), con los beneficios que supone para el posicionamiento en buscadores. Y la comodidad de los lectores, claro…

La nueva versión de los comentarios se pondrá en marcha el 29 de abril, de modo que (si no peta) me veo a muchos facebookeros preparando cada día una grande historia para insertar en los comentarios de los grandes periódicos.

Más: https://developers.facebook.com/blog/post/490


La última bala

Sobre la pared, junto a un cajero automático, pegada con dos trozos de celo y escrita a mano en una pequeña hoja de libreta de una raya. Con trazo largo e inclinado, de cuaderno de caligrafía -como la letra de las madres-, la nota decía: “Se ofrece para todo tipo de reformas: pinturas, albañilería, fontanería. Pedro. Trabajo en la construcción desde los años 70”. Puede que haya cien mil notas así, quizás un millón. Puede que las haya visto, tú también, al pasar por la acera. Incluso puede que las hayamos leído con más o menos interés. Todos lo hacemos alguna vez. Deslizamos la mirada,  giramos y seguimos.

Pero esta vez no. Esta vez vi la letra de un hombre y lo imaginé escribiendo decenas de notas así. Toda la tarde, sobre su mesa camilla, apretando el bolígrafo una y otra vez. Escribiendo lentamente, para que se lea bien, con la ilusión de pensar que ha sido una gran idea y que, al fin, conseguirá que alguien lo llame para hacer una pequeña obra, y que con el dinero que gane podrá pagar los recibos de la luz pendientes o la cuota de aquel préstamo tan inoportuno. Al fin, piensa mientras apura la libreta, se sentiría útil de nuevo.

Probablemente, Pedro no leerá este blog, pero me gustaría contarle lo que siento cuando lo imagino a las puertas el Inem, o del SAE, negando a Dios y al Diablo. Maldiciendo, mientras pasea cabizbajo camino a casa, su mala suerte, que no quiso darle nunca una segunda oportunidad. Restregándose las manos, doloridas de escribir con aquella letra tan cuidada. Una letra de esperanza.

Me gustaría que supiera que lo entiendo, que sé que se siente solo un número entre otros cuatro millones de números, que su Gobierno y su banco lo engañaron cuando le decían que todo iba bien, que tendría una preciosa casa nueva y un coche, que su pensión estaba asegurada, que sus hijos encontrarían trabajo porque tenían un máster y becas Erasmus, que en pocos años podría jubilarse y entonces todo sería perfecto porque su futuro estaba asegurado.

Entiendo que ahora se sienta triste y decepcionado. Triste, porque el trabajo diario de toda su vida ha servido sólo para dos años de caridad. Porque durante todo ese tiempo anduvo de un sitio a otro buscando un nuevo empleo, días enteros de pueblo en pueblo a la espera de un milagro que no llegó, esperando que por una vez el destino, siempre de espaldas, le diera la cara. Porque hace meses que el único dinero que entra en casa es el de los amigos y los vecinos, porque su mujer no puede dormir, porque su hijo no puede salir, porque quieren quitarle su casa, porque, por más que mire, no ve ninguna salida más que esas pequeñas notas pegadas en las paredes de la ciudad. Decepcionado, porque siempre confió en la política. Porque pensaba que nunca se olvidarían de la gente como él, que un parado nunca se convertiría en el último recurso, en un estorbo. Tampoco hubiera imaginado, antes de hoy, que le iban a joder la jubilación, o que le robarían la posibilidad de una ayuda pública para dársela a los bancos. Ni que sus representantes, tan señoritos, iban a negarse a viajar en clase turista, ni que el recibo de la luz se le multiplicaría por dos. No pensaba que las diferencias entre la izquierda y la derecha se solaparían, tan rápido, a golpe de finanza, rating y deuda externa. A golpe de talón, como siempre. Como todo.

Así que Pedro, a punto de gastar su última bala, sondea en la ciudad si seguimos necesitados de su habilidad y experiencia. “En la construcción desde los años setenta”, dice la nota, mientras el resto, los que tenemos la fortuna de seguir trabajando, la leemos de soslayo con la tranquilidad que dan los euros en la cartera, sin pararnos a pensar en cómo seguimos aguantando que haya gente como él. En cómo podemos ir por la calle sin indignarnos. O sin que se nos caiga la cara de vergüenza.


¿Es esto el futuro? (Probando Storify I)

Casualmente encontré hace unos días Storify, una aplicación en fase beta que sirve para construir historias explotando las enormes posibilidades que actualmente brinda la web 2.0. Con un diseño minimalista y una interfaz muy intuitiva y sencilla, Storify consigue que puedas contar casi cualquier cosa apoyándote en enlaces, tweets, actualizaciones de Facebook, vídeos de Youtube o fotos en Flickr, por ejemplo. Ya ha recibido varios premios (entre ellos, el Accelerator que en 2007 se llevara Twitter) y se está convirtiendo sin duda en la gran novedad del año. A falta de pulir algunos detalles importantes (como la búsqueda dentro de las páginas de Facebook), esta beta está demostrando con creces lo que la aplicación puede dar de sí.
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Los onanistas de los 140 caracteres

Si los tuiteros domináramos el mundo no habría más guerras. Florecerían la Justicia y la Solidaridad. Los tuiteros somos adalides de la paz y la cultura, guardianes de la tecnología y jueces de la moralidad y la ética.

Los tuiteros puros somos los dueños de Tuíter, y por eso nos enfadamos cuando otros lo usan, a no ser que se unan a nuestros altruistas objetivos. Básicamente, no nos gusta que entren en nuestro preciado y selecto círculo, menos aún si lo que quieren es vendernos una idea o un producto. Despreciamos a aquellos que se apuntan ahora a Tuíter. Con todo lo que hemos hecho por su conservación y crecimiento, ahora llegan estos y se aprovechan…
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