Lo que fuimos (beatus ille)

Los echo de menos. El tacto fresco de la brisa, el siseo de la hierba. Echo de menos la sombra bajo el pino y el ronroneo dulce y somnífero del arroyo. La piedra húmeda y fría, el campaneo del ganado, el ladrido del perro y la fiesta continua de las aves; también el aire, que se respira siempre nuevo, y el placer de caminar sobre el suelo sencillo, un suelo que es el mío porque no lleva hormigón ni asfalto. Echo de menos la calma.

Siempre he sentido que la Naturaleza es mi casa. No sé tú, pero yo estoy cómodo allí y la añoro cuando la recuerdo, como a la novia. Un sentimiento mágico, como de paz mezclada con una deliciosa amnesia. Es nuestro sitio, la llevamos grabada a golpe de gen, de cuando éramos animales, sanos. Por eso nunca he sido infeliz en un prado ni una montaña, ni siquiera cuando me he roto las rodillas bajando canales eternas, o cuando me he deshecho los gemelos subiendo por pendientes imposibles. No recuerdo en la Naturaleza otra cosa que felicidad.

Somos animales, aunque capaces de hacer cosas maravillosas. Ingenios que nos comunican con otros a miles de kilómetros de distancia, artilugios que nos mueven por el aire y por la tierra a velocidades que espantan, inventos capaces de acelerar moléculas, protones y neutrones, objetos que explotan y que matan, instrumentos que nos ven por dentro o nos amplifican, máquinas que piensan más que un millón de hombres, metales y papeles con los que se adquieren cosas, porciones de empresas que se compran y se venden, que pierden su valor tan pronto como lo ganan… Animales afortunados porque podemos hacer y deshacer a nuestro antojo. Animales infelices.

Hoy, cuando todo es difícil, cuando todo es corrompible si no es ya corrupto, cuando los hombres pierden sus contratos, sus casas y sus coches; hoy, cuando todo se complica, cuando el lobby puede más que la verdad y la verdad es tan triste, cuando todo asusta tanto. En días como hoy, momentos como estos, me pregunto por qué no tomar el impulso y los arrestos necesarios para volver a donde empezamos. Al huerto, al pasto, a las redes. Lo perdería todo: el parking, el Iphone, el ADSL y la tele de pago, pero sería más feliz. Esa felicidad vieja, ancestral, de volver a los orígenes.

Nota 1: No escuchéis a Manolo García, que os pasan cosas como esta mía de hoy.

http://www.youtube.com/watch?v=ivJvoOCS0fI

Nota 2: Parece que no ha llovido desde estos versos de Fray Luis de León.

Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado
ni del dorado techo
se admira fabricado
del sabio Moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presa a mi contento
si soy del vano dedo señalado?
¿Si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh rio,
o secreto seguro y deleitoso!
Roto casi el navío
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiérteme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no a los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atentido.

Vivir quiero conmigo
gozar quiero del bien que debo al Cielo.
a solas, sin testiggo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas , de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado, tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada,
el, paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cero pone olvido.

Téngame su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el álbrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna , al cielo suena
confusa vocería
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado

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