Periodistas

Seguramente antes quise ser bombero o policía.

Pero con algo más de 8 años ya supe lo que era un periódico por dentro. Cada semana, mi padre me traía viejas (y enormes) hojas de prensa, cortadas en trocitos, dobladas y grapadas en forma de libreta. Las esperaba todos los viernes, como agua de mayo, porque sobre ellas escribía cuentos, poemas -ninguno bueno-, y noticias. Pasé muchísimas tardes conviviendo con el peculiar olor de ese papel que, primero a lápiz, luego con tinta, rellenaba de historias para repartir entre la familia y los amigos. Aún conservo uno de aquellos relatos. Y es que la prensa ha formado parte de mi vida. Durante mi infancia y mi juventud fue el día a día de toda mi familia. Después, el mío propio.

Corren tiempos difíciles para el periodismo. Creo que me he extendido lo suficiente sobre esto en varias entradas del blog. He repartido algo de estopa contra lo que me revuelve, pero podéis entender que lo hago precisamente porque amo mi profesión. Sin embargo, sigue habiendo momentos, muchos momentos, en los que el periodismo recupera su esencia más pura: contar lo que pasa cuando pasa algo. Estar allí, en el sitio, vivir la experiencia, recoger todos los datos y contárselo a los demás. Periodismo. En los últimos días se ha celebrado en Huelva el juicio del ‘caso Mari Luz’. Un largo y complicado proceso en el que (salvando la excepción que nos estamos imaginando todos) los periodistas, especialmente los locales, han realizado un trabajo excepcional. Admirable en la forma, responsable en el fondo, eficaz en la ejecución. Y envidiable en todo.

Cuando, como en mi caso, un periodista lleva cierto tiempo sin ejercer, a menudo (especialmente en esos momentos de los que hablaba arriba) se produce una extraña sensación entre alivio y envidia sana. Más de lo segundo que de lo primero. El periodismo engancha, eso lo sabemos todos los del gremio. No importan las horas de apuntes en el juzgado, ni la eterna espera hasta que acaba la importante reunión, ni el calor sofocante o el miedo del incendio, ni los inconvenientes del protocolo o el retraso del gobernante de turno. No importan los días enteros en la redacción, sin conocer el sol, ni los miles de cafés, ni importan los estrechos sueldos, ni las broncas con el jefe (esas siguen, para su desgracia) o la irritada llamada del lector agraviado, ni tampoco el teléfono que no responde a cien llamadas, ni las prisas por cerrar una página. Ni siquiera importa que apedreen tu edificio, o que, con los ojos como sapo, observes cómo envuelven el pescado con ese suplemento que tanto te costó sacar. Poco o nada importa que no veas nunca a tu novia, o que no recuerdes tu último sábado de descanso, ni siquiera la cara de tus amigos. Ni importa el familiar que te pregunta, cada vez que te ve, cuándo vas a cubrir una guerra, o cómo son los famosos. Y no importan las presiones ni los malentendidos, las erratas, la publicidad de última hora, el teletipo inoportuno, los gritos del director, los empujones para colocar la grabadora, las carreras, las encuestas en la calle, el sinsabor de un publirreportaje o la incertidumbre de un notición por confirmar.

Muy a menudo un servidor se ve echando de menos aquello. No importa nada de todo esto porque esto es su esencia. Por eso, aunque pude haber querido ser bombero o policía, no recuerdo otra cosa que querer ser periodista.

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