La mirada de un niño

La Naturaleza está llena de depredadores: animales que cazan a otros para alimentarse. Mera supervivencia. Pero el hombre, no. El hombre es el único animal capaz de matar a otros animales por placer. Yo he visto la mirada del hombre, y me ha dado miedo. También he visto la mirada de los niños: solo inocencia y bondad. De modo que a menudo pienso que el hombre empieza a ser como es cuando deja de ser un niño.

Hoy he conocido una noticia que ha acabado con cualquier esperanza que pudiera albergar sobre la posible idiosincrasia bondadosa del ser humano. Alguien (algo) ha colgado en su blog la despiadada tortura que a lo largo de 11 horas ha perpetrado contra un cachorro de perro, al que llama Schnauzi. A través de una pormenorizada descripción que pone las carnes de gallina al más pintado, este individuo enseña cómo maltratar hasta la muerte a un animal que no ha hecho más daño que existir. Y lo muestra en vídeo. La información (desaconsejo su lectura) ha dado la vuelta a España y ha movilizado a numerosas asociaciones y organizaciones protectoras que, como era de esperar, piden una resolución inmediata por parte de las fuerzas policiales. Vendrán, espero, las detenciones, aunque el pobre Schnauzi no conseguirá la Justicia que merece.

Durante los últimos meses he seguido con interés el caso de la perrera de Torremolinos, donde más de 2.200 animales (dos mil doscientos, no se ha colado ningún cero) murieron de forma “irregular”. Entiéndase por “irregular” la realización de sacrificios con “bajas dosis” de medicamento, lo que suponía a los animales “una muerte lenta y agónica”. Para qué gastar más dinero si se pueden aprovechar los medicamentos, pensaban. Se suponía que en Parque Animal, que así se llama el centro, cuidaban de los animales mientras les encontraban un hogar. Cobraban por ello, aunque realmente aquel nuevo hogar estaba en el gran congelador donde guardaban los (espero) cadáveres.

Son dos historias de casos extremos, obviamente, pero cada día veo miles de indicios, pequeños y grandes, de que algo no estamos haciendo bien con respecto a los animales. Los ahorcamos si ya no nos sirven para la caza, o los ponemos a pelear para divertirnos y ganar dinero. Los abandonamos en cualquier gasolinera porque ya no son graciosos, les damos una paliza porque no nos dan la patita, les hacemos pasar una vida entera -literalmente- amarrados a un poste, les disparamos, los metemos en sacos y los tiramos al agua, los quemamos, los condenamos a campos de exterminio que ocultan su verdad tras el apodo municipal

Una sociedad enferma cuando no es capaz de reconocer lo que hace mal. Y en España lo hacemos fatal. Ya no se trata, que también, de reformar el Código Penal para castigar a hijos de puta como los de Parque Animal o psicópatas (más hijos de puta aún, si es que es posible) como el que torturó hasta la muerte a Schnauzi, incluyendo, que ya es hora, el concepto de asesinato también cuando se mata a animales. Se trata, sobre todo, de inculcar valores. De insistir, una y otra vez, en lo importante que es respetar a los animales. En educar.

Que sí, que nos los comemos, pero eso forma parte de la Naturaleza. Hacerles daño por placer, no. Eso es solo maldad. Y en ese aspecto, desgraciadamente, los hombres estamos arriba del todo en la jerarquía. Ahí ganamos: somos realmente superiores haciendo el mal, especialmente contra aquellos más débiles o contra los que tienen menos armas con que defenderse. Muy valiente por nuestra parte. Muy hombres que somos.

Conozco a gente que dice que los animales no tienen sentimientos. Lo peor es que se lo creen de verdad. Mientras siga habiendo gente así estaremos condenados a ver mil muertes como la de Schnauzi. Mientras no hagamos el esfuerzo de enseñar a todos, empezando por los niños, que los animales, como el resto de la naturaleza, es parte de nosotros (como el pelo, como las manos, como la lengua, como los ojos, como el agua) viviremos miles de asesinatos que no se considerarán asesinatos porque “se trata de animales”, o centenares de miles de palizas, de patadas, de puñetazos, que no causarán gran escozor porque “se trata de animales”. No sienten, no piensan, no quieren. Son animales.

Pero yo he visto la mirada de un animal. La veo a diario. Y no es distinta a la de un niño. Solo pide cariño. Solo inspira ternura.

 

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