Archivo mensual: febrero 2011

Ale Alejandro (y la tendencia a infinito)

Ahí donde lo veis, ha sido trending topic y supera ya las 50.000 visitas en Youtube. Alejandro Fernández es el nombre del protagonista, aunque todos los tuiteros lo conocen ya como ‘Ale Alejandro’. Una campaña local que se ha convertido en motivo de choteo nacional, especialmente por parte de los seguidores de #nolesvotes: el PP utiliza por la cara una canción de Lady Gaga, en un plagio absolutamente descarado. El mismo PP que dijo sí a la Ley Sinde.

¡Es política, coño!, que diría García Carrés, y aquí vale todo. El cinismo de la clase política española no tiene límites. Al menos yo no se lo veo. Cada día me sorprenden con algo peor que lo del día anterior, y aunque la escala no empezó en cero, estoy convencido de que tiende a infinito. El personal está cabreado. Mucho. Muchísimo. La web de nolesvotes se acerca ya a los 400.000 visitantes únicos. El hashtag de la iniciativa es un hervidero de opiniones, enlaces, crítica y, sobre todo, es síntoma inequívoco de una profunda decepción hacia la política, merced al cada vez más asentado sistema bipartidista y corrupto que está acabando con la paciencia de muchos de nosotros.

Hay muchas razones para no votarles. Seguramente cada uno tendrá las suyas. La mía es la perplejidad [*]. Perplejo cuando Juan José Cortés pasó de ángel a demonio porque decidió libremente defender aquello en lo que cree; cuando los culpables del caso de los ERE en Andalucía se autoconvierten en víctimas; cuando unos marineros, por no salir en la tele, no merecen los esfuerzos que otros sí merecieron; cuando acuerdan mantener sus privilegios mientras el resto de españoles sufre brutales recortes; cuando fingen sacar la cara por los jóvenes y luego se arrastran por el suelo que pisan los banqueros; cuando apoyan, pisoteando los derechos de todos los ciudadanos, a una industria monopolística que utiliza tácticas mafiosas y abusivas. Perplejo por su doble moral, por su cinismo, porque me toman por gilipollas. Por su cara dura.

Por eso no voy a darles ninguna otra oportunidad. Ni deben tenerla ni se la merecen. No dejaré, como prometía al final de una entrada anterior, ningún voto en blanco con ningún mensajito. Pero a ellos, no. A ellos no los votaré.

El vídeo…

http://www.youtube.com/watch?v=F7u3IoiGCPc

[*] En ese momento, mi mente fue un hervidero de palabras malsonantes que prefiero no reproducir por respeto a mí mismo.


… buen comunicador será

Mosqueados con el mosquito andan algunos compañeros de profesión. Es normal cuando uno siente que se duda sobre su trabajo. Vaya por delante que no es esa mi intención, y que tan solo trato de poner sobre el tapete en qué punto se encuentra el periodismo hoy y cuáles pueden ser sus caminos para mañana.  No lo he inventado, no es cosa mía: el periodismo pierde credibilidad a borbotones, se muere poco a poco, porque la credibilidad es su sangre, de modo que solo un cambio sustancial en el fondo y en la forma logrará recuperar sus constantes vitales. Mientras tanto, he mantenido en varias entradas del blog, el periodismo ciudadano va tomando fuerza como alternativa para un determinado público que, descreído de los medios tradicionales, busca en estas nuevas fuentes de información lo que no encuentra en los periódicos, aun a riesgo de recibir igualmente una información sesgada o poco fiable. Ni quiero ni puedo, porque no soy nadie, dar lecciones a nadie de cómo hacer periodismo. Tengo, por supuesto, mi propia idea al respecto, pero es solo mía y no pretendo imponerla ni darla por la única buena, aunque sí la ejerceré. Siempre que pueda.

Dicho esto, ha habido un argumento en particular que ha llamado mi atención. El susodicho viene a proponer que un servidor no puede (o no tiene ‘autoridad’, mejor dicho) hablar de objetividad o integridad en el ejercicio del periodismo cuando trabaja en el ámbito de la comunicación, presuponiendo por tanto que esta actividad implica la subjetividad (más otras presunciones que no voy a presuponer). Llevaba tiempo pensando en escribir una entrada acerca del papel del periodista que se dedica a la comunicación (he de decir que hace unos cuatro años que no trabajo en este ámbito) y de algunos de los vicios que, en mi opinión, hacen posible que existan argumentos como el que he descrito aquí arriba.

Para empezar, una obviedad: el periodista que hace comunicación no hace periodismo, sino comunicación. De perogrullo, sí, pero hay que insistir en que son dos funciones muy distintas y, por tanto, trabajan con métodos muy distintos. Primero, porque el destinatario de la comunicación (también aquí está imponiendo grandes cambios el universo 2.o) son precisamente los propios medios: los periodistas. Segundo, porque en comunicación se emite la información de una sola fuente. Tercero, porque la responsabilidad social del periodista es muy superior. Hasta aquí, las diferencias esenciales, porque luego no debe ser tan distinto.

El ‘jefe de prensa’ es en sí mismo una fuente de información, y tiene, como el periodista, la obligación de contar la verdad. Es muy común, sin embargo, que su trabajo sea más bien lidiar con (a) los periodistas para ocultar la verdad, que colaborar con ellos para mostrarla. Se podría escribir mucho sobre esto, pero baste con decir que no debería ser así.

He trabajado cinco intensos años en comunicación corporativa, y llevo casi catorce relacionándome de una forma u otra con gabinetes de prensa, así que he visto casi de todo: estrategias de silencio o de compra de silencios, o argumentos para vender la moto; he visto mentiras, y también medias verdades… Sin embargo, como receptor, primero; emisor, después, o como analista, ahora, he comprobado que lo que de verdad funciona en comunicación es la noticia. Una información que tenga interés, sea verdadera y cuente con la máxima objetividad tiene un gran valor por sí misma. Si esta conducta se repite habitualmente, se genera confianza en el periodista y en el medio. Saben que no se la vas a colar porque te has ganado una credibilidad, de modo que no cuestionan cada cosa que comuniques.

Puede que no podamos controlar el interés de la información que damos de nuestra empresa, producto o institución (vaaale, reconozco que la mayoría de las veces el interés cae por debajo de cero. También se le puede echar imaginación, ojo), pero siempre podemos garantizar que la información sea real y objetiva, teniendo en cuenta siempre, como dije al principio, que emitimos la información de una sola fuente.

Es posible que el del periodista que hace comunicación sea un trabajo de periodismo a medias, incompleto, amputado… Es posible que haya quien piense que se trata de un trabajo meramente publicitario, donde cabe todo. Yo creo que no. Creo que se puede, también, tratar de no ser sesgado cuando se hace comunicación. Creo que es cuestión de actitud, y que además termina esta actitud termina dando mejores resultados. Como en todo, cada maestrillo tendrá su librillo. Este es el mío.


Goyas y yoyas

rincon del topo Fran Mulet

Viñeta de Francisco Mulet. http://rincontopo.blogspot.com

Andan tontines en el cine patrio. Cabizbajos, mosqueados. Se flagelan. Me dan pena. Las salas de cine en España recaudaron un 4% menos con respecto al año pasado, un 10% menos si hablamos de número de espectadores, o sea que subieron los precios a pesar de la crisis. O eso, o las palomitas, que cuestan ya como las angulas. Culpan, cómo no, a la piratería, sin pensar que a) somos menos los españoles que podemos gastarnos dinero en el cine, porque una cuarta parte de los que podemos trabajar están sin trabajo y el resto apoquinamos un 20% más de dinero en tasas, impuestos y gastos generales, ni que b) las descargas ilegales ya existían en 2009, y en 2008. No es un invento nuevo.

A pesar de todo, mantiene aún la industria del cine cierta lucidez y achaca parte del problema a que la cuota de pantalla del cine español es muy baja, mientras que en países como Francia o Reino Unido las producciones propias ocupan gran parte de la cartelera todo el año. Lo que no dicen es por qué, cuando la respuesta la tienen en sus narices: Una industria tan snob que es capaz de premiar, con enorme aspaviento, la, posiblemente, película menos vista del año. “Pero no pasa nada, oye, es que somos así de culturetas, somos bohemios y progres, somos el cine español y hacemos películas tan tan tan buenas que no las ve ni Dios”. La culpa es del público, obviamente, que no sabe apreciar la calidad de nuestro cine y que prefiere el bodrio americano, piensan ellos, sin caer en la cuenta de que hay grandísimas películas de Hollywood, con grandísima recaudación, y que también hay grandísimas porquerías en el cine español.

Ni piensan en que las pelis españolas no solo no se ven en el cine. Es que ni se lo descargan.

La Academia del Cine Español concedió recientemente sus Goyas, y su ya ex presidente repartió yoyas a tutiplén desde el escenario del Teatro Real, en un discurso que no marcará un antes y un después en la industria, porque son todos unos cabezotas, pero que se recordará en el futuro con cierto resquemor, por aquello del ‘os lo dije’. Y eso que Álex de la Iglesia no dijo nada extraordinario, más bien todo lo contrario: recordó a los señores del cine que ellos están ahí porque se deben a un público. Una obviedad que no lo es tanto cuando quien debe reconocerla anda subido en su propia nube. El director de Balada triste de trompeta (que por cierto se llevó, curiosamente, solo un par de Goyas de ‘perfil bajo’ a pesar de ser una de las grandes favoritas -y taquilleras), apeló a la más pura lógica: qué hace el cine español dando la espalda a su público, que mayoritariamente está en Internet; qué hace el cine español que no empieza ya a investigar, a innovar, a pensar en cómo llegar a un mercado que ha cambiado completamente.

Para ellos es más fácil cerrar los ojos a la evidencia, darle la espalda y seguir apuntando a Internet como el gran enemigo, cuando es el gran aliado, el único que puede salvarles de un futuro que ahora se dirige invariable al fracaso. Claro, que tampoco es que les preocupe mucho, porque los españolitos, aunque no veamos ni una bendita película española, bien que las pagamos.


#nolesvotes o el triunfo de la decepción

Una sencilla página web con un pequeño texto, un contador de visitas y una cuenta atrás tiene a esta hora (18.30 del 17 de febrero de 2011) más de 218.000 visitas en 48 horas de existencia. Una barbaridad. Un gran éxito del marketing, si se tratara de una campaña de marketing. Pero lamentablemente no se trata de eso.

Hace unos meses, un estudio certificaba el divorcio entre clase política y ciudadanía. Se centraba en los jóvenes y su absoluto descreimiento hacia los políticos, pero no dudo de que extendiendo la población objeto del estudio las cifras habrían bajado muy poco. Es más: estoy convencido de que si hoy, varios wikicables, corrupciones y leyes después, se repitiera, el número de descreídos aumentaría de forma considerable a pesar del asombroso asombro de parlamentarios, diputados y alcaldes.

La iniciativa nolesvotes surge como respuesta al lamentable papel que han jugado los partidos políticos PSOE, PP y CiU con su voto a favor de la ‘Ley Sinde’, negando de nuevo la mayor y haciendo oídos sordos a una ciudadanía a la que supuestamente representan. Posiblemente, si no supiéramos, gracias a Wikileaks, que la dichosa ley no es sino una bajada de pantalones (subida de faldas, en este caso) al Gobierno y la industria norteamericanos, el cabreo general hubiera sido menor, pero la verdad es así de tozuda y así se nos mostró a todos, cargando de argumentos (aún más) a los que estamos contra esta ley y disparando la movilización en la Red. Así llegó la primera victoria de los ‘opositores’ en el Congreso, que abrió un camino a la esperanza: parece que los políticos escuchan. Parece que aún no está todo perdido.

Sin embargo, como era de esperar, las presiones de una minoría, económicamente poderosa e influyente, propició un paripé en forma de acuerdo que ‘mejoraba’ la propuesta de González Sinde y, finalmente, todos tendremos la posibilidad de que unos funcionarios, unos artistas o unos asesores de nosequé decidan cerrar nuestra web porque sea posible que potencialmente de forma presumible vulnere un presunto derecho a la propiedad intelectual. Mi libertad a cambio de tu dinero.

Así nace nolesvotes.com, como una respuesta lógica a todo este despropósito: “no os merecéis mi voto porque no me habéis escuchado ni defendido mis intereses, y os voté para eso”. Sin embargo, las 218.000 visitas, los miles de tweets, los grupos en Facebook o en Google demuestra que va más allá, que nolesvotes es la consecuencia lógica de una decepción masiva que los ciudadanos sienten hacia los políticos. Nolesvotes va más allá de la Ley Sinde. Es un movimiento con el que se propugna un cambio. No de gobierno ni de partido: un cambio de mentalidad de una clase política completamente alejada de la realidad, de políticos que eliminan ayudas a los parados y mantienen sueldos millonarios a miles de asesores; políticos que aceptan trajes a cambio de no se sabe qué favores; políticos que negocian con la Justicia para cerrar en falso el asesinato de un compatriota; que se cuelan en los ERES; que se ponen sueldos y pensiones vitalicias… Políticos corruptos, egoístas, mentirosos.

No tenemos necesidad de acampar en ninguna plaza para derrocar a ningún dictador, porque vivimos en Democracia. Recordad: ‘un hombre, un voto’. Ellos están convencidos de que pase lo pase seguirán en sus frondosos sillones. Ellos creen que no somos nadie. Ellos tratarán de manipularos: os dirán que hay que ir a votar (nadie pide que no se haga), os dirán que si no les votas a ellos tirarás el voto. No os dejéis engañar: un solo voto no pone ni quita gobiernos, es verdad; un solo voto no sirve de nada, cierto. Pero millones de votos sí pueden cambiar las cosas. No les votéis.

Os recomiendo una interesante lectura:

http://barrapunto.com/~asurancetorix/journal/35641

 


La mirada de un niño

La Naturaleza está llena de depredadores: animales que cazan a otros para alimentarse. Mera supervivencia. Pero el hombre, no. El hombre es el único animal capaz de matar a otros animales por placer. Yo he visto la mirada del hombre, y me ha dado miedo. También he visto la mirada de los niños: solo inocencia y bondad. De modo que a menudo pienso que el hombre empieza a ser como es cuando deja de ser un niño.

Hoy he conocido una noticia que ha acabado con cualquier esperanza que pudiera albergar sobre la posible idiosincrasia bondadosa del ser humano. Alguien (algo) ha colgado en su blog la despiadada tortura que a lo largo de 11 horas ha perpetrado contra un cachorro de perro, al que llama Schnauzi. A través de una pormenorizada descripción que pone las carnes de gallina al más pintado, este individuo enseña cómo maltratar hasta la muerte a un animal que no ha hecho más daño que existir. Y lo muestra en vídeo. La información (desaconsejo su lectura) ha dado la vuelta a España y ha movilizado a numerosas asociaciones y organizaciones protectoras que, como era de esperar, piden una resolución inmediata por parte de las fuerzas policiales. Vendrán, espero, las detenciones, aunque el pobre Schnauzi no conseguirá la Justicia que merece.

Durante los últimos meses he seguido con interés el caso de la perrera de Torremolinos, donde más de 2.200 animales (dos mil doscientos, no se ha colado ningún cero) murieron de forma “irregular”. Entiéndase por “irregular” la realización de sacrificios con “bajas dosis” de medicamento, lo que suponía a los animales “una muerte lenta y agónica”. Para qué gastar más dinero si se pueden aprovechar los medicamentos, pensaban. Se suponía que en Parque Animal, que así se llama el centro, cuidaban de los animales mientras les encontraban un hogar. Cobraban por ello, aunque realmente aquel nuevo hogar estaba en el gran congelador donde guardaban los (espero) cadáveres.

Son dos historias de casos extremos, obviamente, pero cada día veo miles de indicios, pequeños y grandes, de que algo no estamos haciendo bien con respecto a los animales. Los ahorcamos si ya no nos sirven para la caza, o los ponemos a pelear para divertirnos y ganar dinero. Los abandonamos en cualquier gasolinera porque ya no son graciosos, les damos una paliza porque no nos dan la patita, les hacemos pasar una vida entera -literalmente- amarrados a un poste, les disparamos, los metemos en sacos y los tiramos al agua, los quemamos, los condenamos a campos de exterminio que ocultan su verdad tras el apodo municipal

Una sociedad enferma cuando no es capaz de reconocer lo que hace mal. Y en España lo hacemos fatal. Ya no se trata, que también, de reformar el Código Penal para castigar a hijos de puta como los de Parque Animal o psicópatas (más hijos de puta aún, si es que es posible) como el que torturó hasta la muerte a Schnauzi, incluyendo, que ya es hora, el concepto de asesinato también cuando se mata a animales. Se trata, sobre todo, de inculcar valores. De insistir, una y otra vez, en lo importante que es respetar a los animales. En educar.

Que sí, que nos los comemos, pero eso forma parte de la Naturaleza. Hacerles daño por placer, no. Eso es solo maldad. Y en ese aspecto, desgraciadamente, los hombres estamos arriba del todo en la jerarquía. Ahí ganamos: somos realmente superiores haciendo el mal, especialmente contra aquellos más débiles o contra los que tienen menos armas con que defenderse. Muy valiente por nuestra parte. Muy hombres que somos.

Conozco a gente que dice que los animales no tienen sentimientos. Lo peor es que se lo creen de verdad. Mientras siga habiendo gente así estaremos condenados a ver mil muertes como la de Schnauzi. Mientras no hagamos el esfuerzo de enseñar a todos, empezando por los niños, que los animales, como el resto de la naturaleza, es parte de nosotros (como el pelo, como las manos, como la lengua, como los ojos, como el agua) viviremos miles de asesinatos que no se considerarán asesinatos porque “se trata de animales”, o centenares de miles de palizas, de patadas, de puñetazos, que no causarán gran escozor porque “se trata de animales”. No sienten, no piensan, no quieren. Son animales.

Pero yo he visto la mirada de un animal. La veo a diario. Y no es distinta a la de un niño. Solo pide cariño. Solo inspira ternura.

 

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Periodismo ciudadano. Una hoja de ruta (y III)

¿Se puede sacar algo en claro de las entradas anteriores de esta ‘hoja de ruta’? Sí, ya sé que me enrollo demasiado. Me han llovido las críticas. De modo que voy a tratar de resumir esquemáticamente en qué punto nos encontramos y cuáles son las perspectivas de futuro. A ver si, efectivamente, conseguimos sacar algunas conclusiones.

– Las redes sociales y, en general, el universo 2.0 han transformado la comunicación tal y como la conocíamos. Los canales de información han cambiado,y con ellos el flujo de la información. La cadena un emisor – múltiples receptores ha dado paso a un ciclo: múltiples emisores – múltiples receptores que alimentan la información y se convierten en nuevos emisores del mensaje.

– Los mass media, o medios de comunicación de masas (prensa, radio y televisión), siguen teniendo una importancia relevante. Sin embargo, cada vez cobran más valor los social media, o medios sociales: los nuevos medios de comunicación en los que la información fluye de forma circular, como expresaba arriba, y no de manera unidireccional. En esencia, se caracteriza por la participación activa de los receptores, que difunden y alimentan la información.

– Los medios tradicionales, y especialmente la prensa, son prácticamente insostenibles económicamente. El desolador panorama que ha dejado la crisis no ha sido sino la puntilla para un sector que estaba ya en peligro de muerte. La tesitura lleva muchos años aprovechándola la clase política, que a golpe de talonario (del erario público, of course) viene comprando la verdad -o más bien la mentira: “Si sacas esto no hago esta campaña contigo”, o “Saca esto y te coloco 100.000 euros en publicidad”. Cosas así.

– Como consecuencia de esta -creo- suicida actitud, y sin olvidar tampoco el marcado carácter partidista de muchos medios y de los propios periodistas (cada vez me asombra más la capacidad de simbiosis de los profesionales con el medio en que trabajan), el periodismo ha alcanzado un nivel de descrédito desconocido hasta ahora. La información periodística se pone en cuarentena per se, de forma que cualquier noticia tiene más valor para el público que aquella que proceda de los medios de comunicación.

– Al descrédito del periodismo se une su marcado y progresivo alejamiento de la realidad. El ciudadano entiende que los periódicos no cuentan lo que ocurre, sino aquello que los políticos o las instituciones les dicen que ocurre. No atienden a lo que les afecta de verdad, a sus inquietudes, a la realidad. La razón es que, debido a sus problemas económicos, los medios disponen de pocos profesionales, la mayoría mal pagados, de modo que el trabajo periodístico se limita prácticamente a la difusión de comunicados y a declaraciones en ruedas de prensa.

– Los social media son fáciles de usar y gratuitos. El acceso a las redes es prácticamente universal en el primer mundo. Conseguir una foto o un vídeo de cualquier acontecimiento es tan simple como apretar un botón. Solo hay que apretar otro para compartirlos con el mundo. La infraestructura para que cualquiera pueda informar es un hecho. El resto, animar a los ciudadanos a que lo hagan, lo han conseguido los propios medios con su actitud. Por eso surge el periodismo ciudadano.

– Los medios tradicionales deben ser conscientes de que esta situación es imparable. De nada sirve echarse las manos a la cabeza. Tan solo les queda cambiar, cambiar y cambiar, aportando aquello que solo pueden aportar los profesionales: calidad, investigación, profundidad y sobre todo veracidad.

El periodismo ciudadano es la natural consecuencia de toda esta situación, pero no creo que sea una alternativa, sino más bien un complemento.

– No lo ejercen profesionales de la información, lo que supone que el periodista ciudadano carece de la formación y experiencia necesarias para el ejercicio de un periodismo riguroso. No basta con buenas intenciones para ser un buen periodista.

– En muchísimos casos, el periodismo ciudadano se ejerce desde posiciones activistas, y por tanto tiene un carácter sesgado ‘en origen’. El informador no siente la obligación (tampoco se ha formado para ello, como decía antes) ni el interés por consultar todas las fuentes antes de comunicar. Esto propicia la aparición de noticias con información parcial, cada cual de su padre y de su madre, siempre según la perspectiva del periodista. Es una importante merma de la objetividad, por no mencionar el problema que supone la aparición de tantas noticias como versiones de un mismo hecho.

Así que, como en todo en la vida, cada uno tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, y, como en todo en la vida, probablemente en el término medio se encuentre la virtud. Sumar lo bueno, y solo lo bueno, de cada parte, no es inviable. Es lo que alguno, y yo mismo, ha llamado periodismo colectivo, donde el trabajo de los periodistas ciudadanos es supervisado por periodistas profesionales. En el periodismo colectivo, el diálogo y la compartición de conocimientos y datos enriquece y actualiza las noticias. El periodista profesional se convierte en una especie de tutor del periodista ciudadano, que también ejerce como una valiosa fuente de información. El objetivo de este trabajo conjunto es simple: velar por la máxima veracidad e interés real de la información. Enriquecer y revalorizar el periodismo como el mejor garante del derecho a la información.

¿Cómo conseguirlo? Son necesarios dos elementos: una plataforma adecuada, por un lado, y la garantía de que el sistema no se va a pervertir por intereses políticos y/o económicos que terminen corrompiendo la información. Dos conceptos sobre la mesa: tecnología y altruismo. ¿Es posible? Apuesto a que sí.


Periodismo ciudadano. Una hoja de ruta (II)

El mundo ha cambiado. Ya nadie lo duda. Los últimos acontecimientos en Egipto o Turquía han terminado dando las últimas vueltas de tuerca a la situación y todos somos conscientes de que la irrupción de las redes sociales en la vida cotidiana está propiciando ‘algo’, un cambio incierto pero que, seguro, será importante. Mejor: trascendental.

Si en el siglo veinte los medios de comunicación de masas (mass media) transformaron el concepto de vida y de sociedad existentes hasta entonces, el siglo XXI es ya el de los medios sociales (social media), que lo han revolucionado -y lo que queda- todo. Los smartphones, Facebook y Twitter son hoy al social media lo que fueron el televisor y la televisión para la comunicación de masas: un instrumento, un canal único con el que transmitir un mensaje a una cantidad ingente de personas anónimas. Sin embargo, las posiciones cambian radicalmente en las redes sociales. Ya no se trata de único emisor, y casi ni siquiera podemos hablar de receptores anónimos. En los social media hay miles de emisores que cumplen además la función de receptores. La comunicación se democratiza a la vez que se complican sus mecanismos tradicionales.

Pues bien: en esta tesitura, hay aún quien no se cree que el periodismo tal y como lo conocemos va a cambiar, y de forma radical. No se trata de una condición, sino de una obligación. O se producen movimientos a gran escala o el periodismo pasará a la historia. De poco sirve agarrarse al pasado cuando el futuro ya es parte del presente, y no hablo exclusivamente de los formatos. El debate va más allá de si suscripciones on line o no; si aplicación para dispositivos o no; si exclusivamente digital o web + papel; si este diseño o este otro; si podcasts o streaming… La clave de todo este cambio es el contenido, no el continente. La información, materia prima para el trabajo del periodista, fluye en el social media (con mayor o menor calidad), donde el receptor se convierte en re-emisor de la noticia después de alimentarla con más datos. Si se hace de forma consciente, con verdadera intención de informar, este ir y venir de mensajes no es sino periodismo. Solo que se le denomina ‘ciudadano’ porque no lo hacen periodistas.

¿Cuál es su papel, entonces? ¿Cuál es el futuro del periodista? No, no estamos en peligro de extinción: el periodista tendrá que seguir informando, aunque asumiendo que existe otra forma de hacerlo. Merced a una peligrosa tendencia hacia la conservación de su estatus a costa de todo, incluso de la propia esencia del periodismo, los medios de comunicación se han erigido, como decía, en uno de los poderes con los que hay que ser contestatarios, como consecuencia de su credibilidad cada vez más baja. Los intereses económicos y la ‘subvención’ permanente por gobiernos y partidos políticos, cada cual según su color, han propiciado un periodismo basado en la manipulación y, en algunos casos, en la mentira. Pero la información ya no es propiedad de nadie: se distribuye libremente en los social media. Los ciudadanos lo saben y actúan en consecuencia. La reacción de los medios tradicionales no debe hacerse esperar. El digno ejercicio de la actividad empresarial, o sea, ganar dinero, no debe estar reñido con la calidad ni mucho menos con la esencia del periodismo: la verdad. Un periodismo riguroso, objetivo, en profundidad, analítico. Un producto por el que se quiera pagar dinero (aunque también habrá quien quiera pagar por leer solo aquello que le agrade o que ridiculice al contrario, que de todo hay).

La noticia en sí misma no es ya propiedad del periodista ni del medio, no es rentable. De modo que solo caben nuevos caminos que pasen siempre por hacer una información tan buena que el lector esté dispuesto a pagarla. Estoy convencido de que llegará un día en que el periodismo ciudadano tome la alternativa como fuente de información primaria para un gran público que, como dije antes, alimentará las noticias con sus propios comentarios y aportaciones y profundizará en ellas, si quiere, pagando a los medios tradicionales y sus periodistas profesionales.

Sin embargo, ¿existe alguna garantía de objetividad o veracidad en este periodismo no profesional? ¿No se trata acaso de un periodismo con un marcado carácter activista? ¿No es peligroso que ejerzan esta labor ciudadanos sin la formación adecuada? Muchas preguntas y posiblemente pocas respuestas certeras. Trataré de ofreceros mi idea al respecto en la próxima entrega.