Prostiputos

Ayer tuve la oportunidad de conocer, muy por encima, la historia de unos hermanos que se habían visto obligados a vivir separados de su madre merced a la intervención de cierto psicólogo, al parecer de renombrado prestigio,  que había sido comprado por la otra parte (imagino que en un proceso de divorcio) para hacer un diagnóstico a la carta.

Al margen de que aquello resultara a todas luces indignante y repulsivo, por no decir cosas peores, esta historia me ha hecho reflexionar sobre la condición humana y los malísimos tiempos que corren para los principios y la honradez. Capaces de ruindades de este tipo, los hombres (y mujeres, para los puristas del patrio ejercicio de la ‘igualdad de género’) tenemos la curiosa bipolaridad de vendernos por un plato de lentejas y, mientras las comemos, criticar al vecino por venderse por un plato de arroz. Total, que todo el que supo de aquella historia mostraba una lógica indignación, comprensible por la parte que toca a los niños (IN-TO-CA-BLES siempre), pero poco justificada si pensamos en la de veces que las profesiones se prostituyen. Y es que ‘prostiputas’, que decía un viejo amigo cuando quería parecer serio, las hay en todas partes.

Con todas las salvedades del mundo, aunque sea menos llamativo (por cotidiano), un caso como este que conocí ayer encuentra un fiel reflejo en cómo está funcionando el periodismo actual. Ya he explicado en posts anteriores mi posición al respecto de cómo se está comprando y vendiendo la verdad, como si fuera posible mercadear con ella, gracias a la participación activa de los partidos en la compra de acciones de los medios de comunicación y, lo que es más grave, a la subvención de los mismos, en forma de publicidad, por parte de las administraciones públicas. He reclamado (como si alguien me escuchara…) una actitud de rebelión a las empresas editoras y un cambio legislativo que limite esta despreciable forma de actuar de los gobiernos de turno, que compran a los medios con dinero público, su particular Loctite para pegarse lo más posible a sus sillones, sin el más mínimo pudor y con la connivencia de editores y periodistas.

No hay mucha diferencia entre el psicólogo que abría este comentario y muchos de los periodistas que pueblan las redacciones. Ambos son capaces de vender su profesionalidad, de prostituir la realidad por sus propios intereses, que, para mayor repugnancia, son principalmente económicos. El psicólogo lo hacía a costa de unos niños (da pavor solo de pensarlo); el periodista, a costa del honor de otros y del derecho de todos a estar bien informados. A costa de la verdad.

Así están las cosas, con la credibilidad de los medios y de los políticos por los suelos (porque, aunque ellos lo crean, la gente no es tonta) y con pocas esperanzas de que mejoren. Quizás se está acercando el momento de que otros tomen las riendas. De hecho, ya está ocurriendo. Las redes sociales y la blogosfera están contribuyendo a un nuevo periodismo, un periodismo ciudadano que quizás termine ocupando el lugar que ahora es de los medios tradicionales.

Será un cuarto poder distinto, porque será de todos. Y por lógica será mejor, porque no todos terminaremos siendo putas. Digo yo.

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