Archivo mensual: enero 2011

Mi padre

Escribí esto hace cinco años. Han pasado muchas cosas desde entonces, pero afortunadamente ninguna tan mala como la de aquel 27 de enero. Llovía, por cierto, mucho más que hoy (llovía a mares).

Seguramente, cinco años después escribiría otras cosas, o de otra forma, pero creo que si escribí esto es porque debía hacerlo.

Para quien no tuvo la suerte de conocer a mi padre, o para recordárselo a quien lo conoció.

Mi padre

Muchas veces he pensado en este momento, el de enfrentarme a un folio en blanco para escribir sobre mi padre. He pensado mucho en ello, pero nunca me planteé qué hacer cuando llegara el día. Ahora me veo en la tesitura, y no me queda otra que empezar diciendo que mi padre no era mi amigo: era mi padre, y como tal ejerció su papel a sabiendas de que debía convertirme en un hombre. Yo lo sabía, y así ejercí de hijo, lo mejor que pude, hasta que mi padre fue padre de un hombre y, aún siendo hijo, empecé a comportarme como un hombre.

Mi padre fue una buena persona, un buen amigo de los muchos que tuvo y, sobre todo, un buen padre. Exigente siempre, duro cuando fue necesario, entregado a sus hijos toda su vida, y también a su trabajo, y a mi madre. Vivió como pudo lo mejor que pudo, sin saber que la vida le iba a deparar tan malos momentos, y aún en los malos momentos luchó por seguir viviendo, de nuevo como pudo, hasta que no pudo más.

El largo y sin embargo corto camino de su vida lo trazó recto, y en mitad de aquella senda me encuentro caminando ahora, sin su compañía pero sabiendo que mira cada paso que doy con el solo objetivo de ser como él. Mi padre fue un hombre ejemplar, y su ejemplo brilla con luz propia para alumbrarme, y me gusta seguir su estela aún sabiendo que nunca llegaré a ser como él, pero que al menos lo intentaré. Sigo sintiéndolo a mi lado, observando lo que hago de forma callada, esperando a que me tropiece y me levante por mí mismo, mirando cómo vivo, cómo trabajo, cómo siento, pienso o hablo. Mi padre sigue conmigo aguardando el momento en el que ofrecerme su ayuda, que siempre fue sincera y por la que jamás pidió contrapartida.

Mi padre empezó a trabajar cuando apenas era un adolescente, lo propio de la época, y desde entonces siguió por el mismo camino en el que decidió andar con tan sólo 14 años de edad, el de la rectitud, el tesón, el compañerismo… el del trabajo y la entrega a su familia, a toda cuán grande era. Decidió que ayudar a los demás era una buena forma de sentirse bien consigo mismo y con el mundo, y así anduvo entregando su empeño y su tiempo a todos los que por el motivo que fuera se lo pedían. Siempre sin pedir nada a cambio, siempre tenaz, siempre eficaz. Logró enderezar alguna que otra vida que se había truncado, y nunca se llevo nada ni nadie por el camino. No le conozco enemigo, ni siquiera le recuerdo sintiendo alguna vez rencor ni ánimo de venganza, tampoco con quien le hizo mal, que los hubo, aunque pocos.

Mi padre sufrió callado su dolor cuando todo se torció, y sólo cuando no podía más nos hacía partícipes de su sufrimiento: con su sola mirada todos sabíamos que ya no atisbaba el final recto de su camino, pero estaba ahí, más cerca de lo que todos creíamos y hubiéramos deseado. Así, callado, asumiéndolo él solo, amortiguó siempre para nosotros los golpes de la vida. No recuerdo la pobreza, cuando la hubo, ni hipotecas ni cuentas en rojo. Entre él y mi madre se las apañaban para que viviéramos bien a pesar de los vaivenes de la vida, llevándonos de la mano hasta donde pudiéramos andar solos, y en eso sigo yo ahora, triste, muy triste, porque ya lo echo de menos, porque su ausencia deja un hueco enorme en mí y en otros muchos, porque sin su presencia ya no tengo a quién mirar para pedir consejo.

Fue sobre todo un hombre bueno, tan simple como difícil de encontrar. Estoy seguro de que jamás sintió el más mínimo atisbo de egoísmo: todo lo dio por los demás, por su trabajo, su familia y sus amigos. Era feliz haciendo el bien, tratando de que la vida fuera un poco mejor para los demás, o al menos más justa, aunque en el trecho final con él cometió la mayor de las injusticias. Fue castigado duramente al final, y no lo merecía.

Desde hace años, decía, me he planteado cómo afrontaría el momento de escribir sobre mi padre, pero nunca pensé que llegaría, o al menos que lo haría tan pronto, porque aún le quedaba mucho por disfrutar. Lamento ahora los momentos perdidos, las conversaciones no mantenidas, la charla de amigos que nunca mantuve con él, pero también sé que nunca hizo falta hablar, que tanto él como yo sabíamos lo que pensábamos el uno del otro. Me quedo con la satisfacción de que sólo unos días antes de su muerte me miraba con enorme orgullo y sonrisa abierta, orgulloso de su hijo, del pequeño. Había acabado su trabajo. Quizás por  eso decidió que había llegado la hora, y se marchó dejándonos a todos el vacío de su ausencia.

Sé que hay mucho más que decir sobre mi padre, pero no me apetece seguir llorando y hay otras personas que pueden seguir haciéndolo por mí. Sólo quiero dar las gracias a todos los que nos han apoyado, a mí y a los míos. Familiares, amigos y conocidos. En especial a Fernando Merchán, por todo lo que ha hecho (dices que era de justicia, pero hacía falta alguien justo que lo hiciera)  y a los trabajadores de la planta de Nefrología del hospital Juan Ramón Jiménez, médicos, enfermeras y personal de servicios, por su enorme calidad humana y sus atenciones. El siempre tuvo palabras de elogio para vosotros.

Mi padre ya no está, pero trataré de seguir el camino que me indicó. Es recto y sencillo. Sólo se trata de ser buena persona. Tan bueno fue que, incluso cuando ya no estaba, logró atar algunos cabos sueltos.

Descansa, papá, que ya me encargo yo de seguir el trabajo.

 

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De empresas, perfiles y por qué hacer las cosas bien

– Hola, soy la peluquería de la esquina, ¿puedo entrar a tu casa, a ver cómo vives, quién es tu familia, quiénes tus amigos, qué cosas te gustan?

– ¿Comorrr? Para empezar, si eres una peluquería no sé qué haces hablando. Las peluquerías no hablan. Para terminar, ¿quién te manda a ti inmiscuirte en mi vida?

Esta situación, inimaginable en el mundo real, se repite casi cada día en la red social por excelencia, Facebook, en la que parece que todo el mundo sabe lo que hay que hacer para ‘venderse’, sin pensar
en que, antes que cualquier otra cosa, se trata de COMUNICAR. Ya he tratado en algún post lo que considero una trampa muy común de quienes pretenden ganar ‘adeptos’ a una marca o un establecimiento: crear perfiles personales en lugar de páginas. Bien por ignorancia, bien porque resulta cómodo, se crean perfiles de empresas, productos o servicios, realizan centenares de solicitudes de amistad y entran de golpe en la vida más o menos privada de cada cual. Quizás enfoqué el asunto en una sola dirección, de modo que llega el momento de decirte a ti, empresa, por qué debes crear una página en lugar de un perfil de Facebook.

Por responsabilidad. Una empresa que no cumple las normas no tendrá nunca mi confianza, e imagino que tampoco la del resto de consumidores. La responsabilidad social es algo más que la elaboración de una memoria anual o un paripé mensual. Si estás en Facebook debes saber que no es tu página web o tu blog. No eres su dueño, y que por tanto tienes que cumplir con sus normas, que son muy claras al respecto. En sus diez Principios, se llega a mencionar hasta once veces la palabra personas. En su Declaración de derechos y responsabilidades (o ‘términos de uso’), Facebook exige que los usuarios den siempre su “nombre e información reales”, y establece la diferenciación entre usuarios y páginas, estas últimas orientadas a empresas, organizaciones o celebrities, que cuentan además con unos términos de uso propios. No hay lugar a dudas sobre quiénes son los destinatarios de los perfiles de Facebook, y quien los usa con otro fin está incumpliendo unas normas que ha aceptado previamente. Ninguna empresa responsable hace eso.

Por posicionamiento. Una página en Facebook es indexada en su totalidad por Google y otros buscadores. Los perfiles, no. A estas alturas no hace falta explicar por qué hay que estar bien posicionado en Google,  pero sí aclarar que cuanta mayor presencia en el buscador por excelencia, tanto mejor posicionamiento en el ranking del propio Facebook.

Por posibilidades de personalización. Las páginas de Facebook, al contrario que los perfiles, permite numerosas opciones de personalización a través de las pestañas Fbml, un html tuneado por el equipo de Zuckerberg que facilita hacer cosas como esta (o como esta).  Hasta hace poco existía el límite de un solo Fbml por página, pero ya pueden usarse las pestañas personalizadas que se quieran. Hay además otros muchos widgets y aplicaciones específicas para hacer las páginas más atractivas y útiles.

Por un millón de amigos. Facebook no permite tener más de 5.000 amigos en los perfiles personales. Es muy posible que ni siquiera tengas intención de llegar a tantos fans, pero no hay por qué ponerse límites previos, ¿no?

Por presencia: Tus publicaciones en el muro de tu página aparecerán siempre en las últimas noticias de tus fans. Muchas veces te habrás preguntado por qué no ves ninguna de las publicaciones de determinados amigos y, sin embargo, ves muchas de otros. El argoritmo que utiliza Facebook para mostrarte o no determinadas publicaciones es un auténtico misterio para mí (llevo meses buscando alguna teoría que no se venga abajo al día siguiente). Con las páginas, este problema deja de serlo porque aquellos que han clicado en el Me gusta de tu página van a ver todo lo que publiques. Que les interese o no ya es cosa de lo que les ofrezcas.

Por audiencia: Las páginas son abiertas a la Red, esto es, no se requiere tener una cuenta en Facebook para ver el contenido de la misma (sí para publicar o comentar, obviamente), por lo que la información que publiques estará disponible para cualquier usuario de Internet.

Por información: Las estadísticas de Facebook sólo están disponibles para las páginas. Gracias a ellas tendrás una gran cantidad de información imposible de conocer de otra forma:  número de visitas, grado de interacción de los usuarios con nuestra marca o incluso el nivel de impacto conseguido con las publicaciones de la página.

Podrían enumerarse algunas razones más, de peso, para que te decidas por una página en lugar de un perfil para tu empresa. Baste solo una más: no tendrás que estar entrando y saliendo de tu perfil personal cada vez que quieras publicar información de tu empresa en Facebook, ya que a través de tu propio perfil podrás gestionar las páginas que quieras.

No entres en la vida de los demás. Si generas contenido de interés en tu página serán ellos quienes quieran conocer tu empresa y recibir información. ¿Hay mejor forma de hacer amigos para tu marca?


Mortadela y Colón

Las tropas de Perico el Grande desembarcaron en la orilla del territorio petronilo. El ruido ensordecedor estremecía el corazón de los guerreros del Hotel París. Había miedo en sus miradas, que se cruzaban temblorosas, y no era para menos. Corría una soleada y fría mañana cuando la Plaza de las Monjas era estratégicamente rodeada por los ejércitos de Perico. Estruendo. Cornetas. Tambores de guerra. Así, demostrando poderío, enseñó sus cartas a Petronila, en su propia casa, colocándole en el pórtico un caballo de troya con dientes afilados, bandera desplegada y un flamante dedo índice que señalaba al mar. La guerra había empezado.

Colón ha sido el tema estrella de la semana en Huelva. Si era o no menester tener otro Colón, si la plaza era el sitio idóneo, si mejor aquí o mejor allí, si así o asá. No es mi idea pronunciarme sobre la estatua (para mí, será un monumento cuando se gane el puesto) del almirante, más que nada porque aún no la he visto en vivo y porque tampoco es algo que me apasione, aunque reconozco cierta curiosidad por saber qué tal ha quedado. Por ahora mi ehtatua’colón es la de toda la vida, la de la Punta del Sebo, que para eso tiene su pasodoble y todo. Sea como sea, el debate está en las calles, en los bares, en las casas, en los medios y en las redes sociales (o sea, en todas partes) y no pretendo ahondar en el tema del hecho de la estatua, sino en su moraleja. La inauguración de ayer fue toda una declaración de intenciones del alcalde. Perico ha demostrado su fuerza en las narices de Petronila Guerrero, una fuerza sustentada en el pueblo y su particular forma de entender el ‘onubensismo’ como un mejunje rancio de tradiciones, fiestas, pasodoble y Recre, muy válido para muchos ciudadanos, indiferente para unos pocos y vomitivo para otros. Insuficiente para mí.

He dicho alguna vez que el alcalde lo hizo bien en su momento al acometer, antes que cualquier cosa, una especie de cura de la amnesia huelvana para con sus cosas. Centrados en lo feos que somos, lo malos que somos y lo tontos que somos, los onubenses nos habíamos olvidado de disfrutar de nosotros y de nuestra ciudad. Perico lo consiguió, aprovechando un relevo generacional que se producía coincidiendo con su llegada al sillón municipal y que al fin sacaba a nuevos onubenses a la calle mientras decían “ahí os quedáis” a sus padres, mayoritariamente emigrantes procedentes de pueblos de la provincia que habían llegado a la ciudad por hambre y obligación. Ya no había necesidad de irse al pueblo cada domingo. De aquello me di cuenta, precisamente, un día de San Sebastián en el que no tuve a dónde ir a comer porque no cabía un alfiler. Era un pan y circo necesario cuando se trataba de
animar a un pueblo deprimido.

Sin embargo, Pedro Rodríguez ha continuado ofreciendo lo mismo una y otra vez. Más de lo mismo, hasta la extenuación, sin caer en la cuenta de que el mundo cambia, y la gente y sus necesidades cambian con él. Huelva ha cambiado y el alcalde no se ha enterado aún. Perico sigue dándome mortadela, pero ya quiero jamón porque estoy harto de mortadela. Y además no la necesito. Hoy, los onubenses no necesitan fiestas y estatuas. Huelva pide algo más: calidad de vida, alternativas culturales, innovación, debate, ciudad. Huelva tiene que dejar de parecer un pueblo grande.


Prostiputos

Ayer tuve la oportunidad de conocer, muy por encima, la historia de unos hermanos que se habían visto obligados a vivir separados de su madre merced a la intervención de cierto psicólogo, al parecer de renombrado prestigio,  que había sido comprado por la otra parte (imagino que en un proceso de divorcio) para hacer un diagnóstico a la carta.

Al margen de que aquello resultara a todas luces indignante y repulsivo, por no decir cosas peores, esta historia me ha hecho reflexionar sobre la condición humana y los malísimos tiempos que corren para los principios y la honradez. Capaces de ruindades de este tipo, los hombres (y mujeres, para los puristas del patrio ejercicio de la ‘igualdad de género’) tenemos la curiosa bipolaridad de vendernos por un plato de lentejas y, mientras las comemos, criticar al vecino por venderse por un plato de arroz. Total, que todo el que supo de aquella historia mostraba una lógica indignación, comprensible por la parte que toca a los niños (IN-TO-CA-BLES siempre), pero poco justificada si pensamos en la de veces que las profesiones se prostituyen. Y es que ‘prostiputas’, que decía un viejo amigo cuando quería parecer serio, las hay en todas partes.

Con todas las salvedades del mundo, aunque sea menos llamativo (por cotidiano), un caso como este que conocí ayer encuentra un fiel reflejo en cómo está funcionando el periodismo actual. Ya he explicado en posts anteriores mi posición al respecto de cómo se está comprando y vendiendo la verdad, como si fuera posible mercadear con ella, gracias a la participación activa de los partidos en la compra de acciones de los medios de comunicación y, lo que es más grave, a la subvención de los mismos, en forma de publicidad, por parte de las administraciones públicas. He reclamado (como si alguien me escuchara…) una actitud de rebelión a las empresas editoras y un cambio legislativo que limite esta despreciable forma de actuar de los gobiernos de turno, que compran a los medios con dinero público, su particular Loctite para pegarse lo más posible a sus sillones, sin el más mínimo pudor y con la connivencia de editores y periodistas.

No hay mucha diferencia entre el psicólogo que abría este comentario y muchos de los periodistas que pueblan las redacciones. Ambos son capaces de vender su profesionalidad, de prostituir la realidad por sus propios intereses, que, para mayor repugnancia, son principalmente económicos. El psicólogo lo hacía a costa de unos niños (da pavor solo de pensarlo); el periodista, a costa del honor de otros y del derecho de todos a estar bien informados. A costa de la verdad.

Así están las cosas, con la credibilidad de los medios y de los políticos por los suelos (porque, aunque ellos lo crean, la gente no es tonta) y con pocas esperanzas de que mejoren. Quizás se está acercando el momento de que otros tomen las riendas. De hecho, ya está ocurriendo. Las redes sociales y la blogosfera están contribuyendo a un nuevo periodismo, un periodismo ciudadano que quizás termine ocupando el lugar que ahora es de los medios tradicionales.

Será un cuarto poder distinto, porque será de todos. Y por lógica será mejor, porque no todos terminaremos siendo putas. Digo yo.


Denunciad, denunciad, malditos

La Ley Antitabaco (mejor ‘antifumadores’, porque contra el
tabaco dice bien poco) va camino de convertirse en el último punto
de ruptura de las dos Españas. En un tiempo en el que ser de
izquierdas o de derechas tiene poco o ningún sentido, Zapatero se
saca esta ley de la manga y consigue lo que no hicieron ni Madrid
ni Barça, ni PSOE ni PP, ni La Sexta e Intereconomía, ni Ser ni
Cope: que los ciudadanos nos denunciemos unos a otros, incluso nos peguemos, en una
espectacular carrera hacia el número uno en Gilipollez, así, con
mayúsculas. Es que en un país de tontos, como es este, no cabía
otra. De modo que si vamos por la calle y vemos cómo unos niñatos
le dan una soberana paliza a un pobre infeliz, decidimos mirar para
otro lado. O si, ya en casa, escuchamos una vez más los
golpes del vecino de arriba, y los gritos de la vecina, subimos el
volumen de la tele. Somos capaces de mirar de reojo cómo roban en
un coche, pero ¡ehhhh, quieto parao! que si el tipo este que tengo
a mi lado se está fumando un cigarro a 10,89 metros de un parque
infantil, llamo inmediatamente a la policía. Lo dicho: un país de
imbéciles profundos. La invitación de Pajín, respaldada ayer por
Zapatero, a denunciar cualquier incumplimiento de la Ley Antitabaco
(me juego el cuello a que no la ha leído ni el 1% de los españoles)
es una prueba más de que este Gobierno sabe muy bien cómo se juega
al despiste, aun a costa de coartar libertades (os recuerdo: Estado
de Alarma, Ley Sinde…). Si esta soberana estupidez se acompaña de
tonterías mayores, como la de Terminator-Facua de convertirse en
una especie de cruzado de la legalidad, nos vemos como estamos. La
Inquisición Tabaquística Española, el Santo Tribunal del Humo, está
naciendo para alabanza y gloria de Pajín, Trini Jiménez, Zapatero,
el pavo este de Facua (el que sale en todas partes pero nadie sabe
cómo se llama) y cualquier gilipollas con móvil y dedo veloz que
marca el 092 cada vez que ve una colilla (y dice: aquí han fumao).
No me extrañaría, a este paso, que empiecen a circular fotos de los
delincofumadores denunciados, al estilo poster
etarra, o de que a esta nueva Policía
Ciudadan
a le de por grabar en su móvil los delitos
cometidos, como prueba de sus denuncias. Eso sí, denunciar un robo,
un maltrato, una agresión… eso no, no sea que me
enmarronen… La fiesta está servida. A
ciudadanos incivilizados e irrespetuosos que fuman a sabiendas de
que está prohibido súmense aburríos de la vida e intolerantes.
Agítese bien con manipulación y cortinas de humo y obtendrá esta
deliciosa mezcla que va a dar muuucho juego en los próximos meses,
ya verán, porque en el país de los tontos, la tontería es la
reina.