El alma fiera

Sus manos estaban mojadas.

Abrió los ojos. El dolor fue intenso, pero breve. Como mil agujas clavadas de golpe. Una en el costado, novecientas noventa y nueve en el corazón. Los ojos de él, enrojecidos como casi siempre, le enseñaron lo que esconde el alma fiera del hombre, y le dio miedo: nadie debería conocer cómo es el odio intenso, visceral y terrible. Cómo son los ojos del que mata. O de quien lo intenta.

Aquella había sido la última de cien, y por ser la última fue la peor. Ni siquiera hubo discusión esta vez. Directo: chas. Y esos ojos…

La pilló en la calle. Había decidido, a pesar de todo, salir con los viejos compañeros. Todos la admiraban por su valentía y la animaban a continuar. La apoyaban. La querían. Y ella, al fin, se sentía rodeada de cariño, y era agradable. Durante los días anteriores había permanecido encerrada en casa. Fue muy triste pasar por el mal trago. Quedarte sola, en esas circunstancias… Pero conseguir que se fuera de casa fue sin duda una buena decisión. No podía continuar así: callada, asustada, sumisa ante la bofetada y la humillación permanente.

Lo peor era el miedo. Durante muchos años lo había sentido de forma permanente. Miedo cuando sacaba más de la cuenta en el cajero, miedo cuando hacía la comida, miedo cuando él la probaba, miedo cuando compraba en el súper, miedo cuando telefoneaba a una amiga, miedo cuando cambiaba de canal, miedo cuando se vestía, o se pintaba, miedo cuando hacía la cama. Miedo de respirar. De hablar. Cada momento era propicio para la discusión, cada acción era susceptible de enfadarlo, cada paso que daba. Pero el miedo la amordazaba y la ataba. Mejor así: callada, quieta, sumisa. Mejor así: si evitas que se moleste, seréis felices. Sé precavida, sabes lo que le enfada. No lo provoques.

Antes sólo era celoso. Mucho: – “Pareces una puta”. Pero sólo eran celos. Y antes aún de eso sólo habían discutido por lo que todos discuten. Y antes de aquello estaban besándose ante un centenar de comensales llenos y sonrientes. Y mucho antes se acurrucaban, acariciándose, en una pequeña cama de hotel. Felices.

Sólo había sido una puñalada superficial, pero la sintió profunda en el corazón. Y aún fue mayor el dolor al ver sus ojos y recordarlos, tan distintos, abrazándola. Peinando su pelo mientras le prometía amor eterno.

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