Archivo mensual: noviembre 2010

El alma fiera

Sus manos estaban mojadas.

Abrió los ojos. El dolor fue intenso, pero breve. Como mil agujas clavadas de golpe. Una en el costado, novecientas noventa y nueve en el corazón. Los ojos de él, enrojecidos como casi siempre, le enseñaron lo que esconde el alma fiera del hombre, y le dio miedo: nadie debería conocer cómo es el odio intenso, visceral y terrible. Cómo son los ojos del que mata. O de quien lo intenta.

Aquella había sido la última de cien, y por ser la última fue la peor. Ni siquiera hubo discusión esta vez. Directo: chas. Y esos ojos…

La pilló en la calle. Había decidido, a pesar de todo, salir con los viejos compañeros. Todos la admiraban por su valentía y la animaban a continuar. La apoyaban. La querían. Y ella, al fin, se sentía rodeada de cariño, y era agradable. Durante los días anteriores había permanecido encerrada en casa. Fue muy triste pasar por el mal trago. Quedarte sola, en esas circunstancias… Pero conseguir que se fuera de casa fue sin duda una buena decisión. No podía continuar así: callada, asustada, sumisa ante la bofetada y la humillación permanente.

Lo peor era el miedo. Durante muchos años lo había sentido de forma permanente. Miedo cuando sacaba más de la cuenta en el cajero, miedo cuando hacía la comida, miedo cuando él la probaba, miedo cuando compraba en el súper, miedo cuando telefoneaba a una amiga, miedo cuando cambiaba de canal, miedo cuando se vestía, o se pintaba, miedo cuando hacía la cama. Miedo de respirar. De hablar. Cada momento era propicio para la discusión, cada acción era susceptible de enfadarlo, cada paso que daba. Pero el miedo la amordazaba y la ataba. Mejor así: callada, quieta, sumisa. Mejor así: si evitas que se moleste, seréis felices. Sé precavida, sabes lo que le enfada. No lo provoques.

Antes sólo era celoso. Mucho: – “Pareces una puta”. Pero sólo eran celos. Y antes aún de eso sólo habían discutido por lo que todos discuten. Y antes de aquello estaban besándose ante un centenar de comensales llenos y sonrientes. Y mucho antes se acurrucaban, acariciándose, en una pequeña cama de hotel. Felices.

Sólo había sido una puñalada superficial, pero la sintió profunda en el corazón. Y aún fue mayor el dolor al ver sus ojos y recordarlos, tan distintos, abrazándola. Peinando su pelo mientras le prometía amor eterno.


Tramposos

No soy de hacer trampas. Llamadme gilipollas, pero no me van. Tampoco es que las odie, pero es que no me salen. Conozco a tramposos y conozco trampas, y confieso que a menudo admiro la brillantez de algunas de ellas. Otra cosa es que me las trague. Eso no. Las calo bien: Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, fundamentalmente porque la memoria es, en la trampa y en la mentira, un elemento esencial. Y un servidor, despistao casi de forma permanente, posee sin embargo una memoria ‘curiosa’, especialmente para recordar situaciones contradictorias.

En cualquier caso, no estoy escribiendo para hablar de mí, sino de la trampa. Y viene esto a cuento porque estoy empezando a preocuparme por cierta actitud que se está multiplicando como los Gremlins en las redes sociales: los perfiles falsos o impersonales. He recibido varias solicitudes de amistad de ¡cosas! Bares, servicios de azafatas (a-z-a-f-a-t-a-s, cuidao), casas de coches… incluso alguna onomatopeya que otra me ha pedido que sea su amigo. Suelo rechazarlas por defecto, salvo que conozca a la persona en cuestión que anda detrás (y no siempre). La trampa es sencilla: te haces un perfil ILEGAL en Facebook, por ejemplo, comienzas a hacer solicitudes de amistad a diestro y siniestro. El tramposo aprovecha la debilidad de la peña, que parece que disfruta acumulando ‘amigos’ (a costa de su privacidad, te recuerdo), y termina agrupando en el perfil de su empresa, idea, puticlú o equipo de fútbol a centenares e incluso miles de amigos que, sin darse cuenta, han abierto las puertas de su vida a entidades impersonales que obviamente no buscan ser tus amigos, sino VENDER (productos o ideas). Algunos van más allá y estudian tus gustos, debilidades o preferencias sexuales, por poner unos ejemplos.

Esto es hacer trampas. Los perfiles de Facebook están hechos para personas. Sobre ese planteamiento lo creó, y así funciona, el amigo Zuckerberg. Para ideas y empresas se diseñaron las páginas. Su funcionamiento es muy distinto, porque fundamentalmente se basan en la imposibilidad de invadir la intimidad de los usuarios si estos no quieren. Además, para conocimiento del respetable, una página permite muchas más posibilidades que un perfil: es completamente visible para todo el mundo (no es necesario registrarse en Facebook para ver la página), no hay límite de amigos, los seguidores no necesitan confirmación por tu parte para unirse a tu página, que además tiene algunas posibilidades de personalización muy recomendables.

Los tramposos buscan el camino más corto hacia el éxito. Pero no siempre lo más rápido, o lo más fácil, es lo mejor, por no hablar de lo que demuestra sobre los principios de la persona en cuestión. Si es que alguien se acuerda de lo que era eso.


Los invisibles

Cierra los bares cada noche. Y luego camina por las calles, frías, sin frío, y se acuartela en su cápsula de cartón. Emilio es uno de ellos, un invisible. Sin nada que perder, porque no tiene nada. Tuvo su dignidad, pero la perdió en un rincón de un cajero automático, donde antes sacaba billetes despreocupadamente, feliz, optimista. Confiado.

Al principio no le preocupó demasiado perder su empleo. Conservaba intacta su felicidad. Eso fue antes de entregar su casa y quedarse con lo puesto mientras esposa e hijos lloraban y gritaban y pedían el divorcio. Fue todo tan rápido que aún no sabe cómo acabó durmiendo bajo cartones. Y aunque el alcohol le vence cada noche, cada mañana vuelve a llorar cuando se descubre en su nueva realidad, sollozando mientras rebusca en los bolsillos una moneda que intercambiar por un litro de vino.

Ana conserva aún las fuerzas y la sonrisa necesaria para encarar su cercana muerte. Ya no lleva pañuelo. No le importa que la miren. Se ve guapa con su reluciente cabeza desnuda. A pesar de todo: de los vómitos, del malestar permanente, del dolor, de la certeza del fin, sigue siendo la misma, Ana-la-simpática, hasta que la oscuridad de la noche, su silencio y esa sensación de soledad eterna, la arrastra día tras día hacia el hueco amarillento de la almohada que, empapada, le sirve de pequeño consuelo.

Ana pasea sonriente por las calles con la única preocupación de que las noches que le queden serán igual de amargas.

Adrián es tímido, callado y estudioso. Además es feo y gordo, dos motivos más que suficientes para convertirse en el hazmerreír de sus compañeros. De pequeño era feliz jugando solo a la consola. No necesitaba a nadie y las horas de colegio-pesadilla pasaban rápidamente, de modo que no hacía mucho caso a aquello.  Con 15 años ya es otra cosa. Su necesidad vital de hacer amigos, de formar parte de una comunidad, le invita constantemente a entablar conversaciones banales con sus compañeros, y constantemente es despreciado. Porque una cosa es que se rían de ti y otra muy distinta es parecerles invisible o convertirte en un niño-piñata.

El tortazo en el cuello es molesto; la patada, dolorosa. La saliba es humillante. Y esta es su interacción diaria con los compañeros. De nada le sirve ser brillante y chistoso, ingenioso e inteligente, si no tiene a nadie que quiera escucharlo. Ya que no puede ser guapo, le gustaría al menos estar delgado. Sabe que así tendría el beneplácito de cierta parte de su particular público. Lo malo es que lleva un año intentándolo y no pierde un gramo. Lo malo, se lamenta mientras vuelve a casa, corriendo y contando baldosas, es que el domingo sólo querrá llorar. Tales serán los cinco días de tormenta que se le avecinan.

Aquel dolor no se pasa. Sigue estando aunque no haya qué doler.

La mancha negra no paraba de crecer, de forma directamente proporcional al extraño olor que desprendía, y terminó desapareciendo a golpe de cuchillo y sierra. Que te amputen una pierna no es tan malo cuando no te pasa a ti, piensa Don Pedro mientras trata de manejar su nueva y flamante silla de ruedas motorizada. Antes había tenido un flamante Mercedes.

Don Pedro es Don porque fue banquero. Jubilación recién estrenada, vida resuelta. Hasta que se quedó sin pierna, y con su extremidad se fueron sus ganas de vivir. “No es tan malo cuando no te pasa a ti”. No se acostumbró a la ortopedia, no fue nunca capaz de sostenerse en pie a pesar de mil intentos, mil decepciones, mil caídas. De modo que recurrió a la silla que, empujada siempre por su esposa, lo lleva de lado a lado de la casa o lo saca a la calle a pasear, a ver el ambiente, aunque nunca ve más que el suelo.

Estado habitual: cabizbajo. No es nada raro, porque Don Pedro había sido un hombre duro, de esos que imponen y dan respeto. Poderoso, autosuficiente. Ahora usa pañal, su mujer le limpia el culito como a un bebé, no puede levantarse sin ayuda, no puede andar. No quiere vivir.

La vida es una aventura. Efímera para la mayoría. Eterna para el resto. Ellos son los invisibles. Gente que pasa a tu lado, que miras y no ves. Gente que sufre, que siente cosas que tú nunca sentirás. No salen en los telediarios ni en los periódicos. No son noticia porque son demasiado normales. Sólo son personas. Miles. Decenas a tu lado. Te cruzas con ellas por la calle, las miras y caes en su cuenta durante una fracción de segundo. Sabes, durante una fracción de segundo, que sus vidas son demasiado difíciles, y te dan lástima, y en una fracción de segundo ya las has olvidado.

Personas.


Vamos a comprar mentiras

– ¿Quiené l’úrtimo?

– Yo mihmo, señora.

(pausa)

– ¿Y qué va comprá, si noh mucho preguntá?

– Po mire, cuarto y mitá de verdade.

– Uyyy, con lo caro quehtá eso..

– Qué va, señora. Eso era ante, ara la verdá está mu barata.

Cualquier día la regalan, como el perejil.

Realmente, la verdad es un concepto demasiado abstracto, casi ni llega a ser real. Si no me creéis, mirad lo que dice la RAE al respecto.  La mentira, sin embargo, es algo bastante más tangible: “Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”.  Más claro, agua.

Pues sabed que los medios mienten.

Deliberadamente, además. Porque sí. Y si no mienten en todo, mienten en parte (lo que viene a ser manipular). Pero mienten. Y si miente la ‘prensa’ es porque mienten los periodistas. Antaño podía ser un problema. Un editor serio te podía largar a las primeras de cambio por esta razón. Hoy no. Hoy la promueven e incentivan porque la mentira es rentable.

La actual crisis económica, muy dura, está pasando factura al derecho constitucional de los españoles a estar informados. Me explico: Los medios independientes están luchando contra un doble enemigo. De un lado, unos mermados ingresos publicitarios, un continuado descenso del número de lectores y por supuesto la competencia propia de un mercado libre. De otro, deben enfrentarse a unos competidores ‘subvencionados’ por la administración de turno, capaces de vender la verdad a un precio módico, que para colmo sale del dinero público (el de todos) y que, como era previsible, han terminado por desvirtuar el mercado de la prensa.

A los medios serios les queda poco que hacer. Atados de pies y manos, su salida es por ahora más o menos digna: asumir que hay quien cree que la mentira se puede comprar y negarse al chantaje continuado a costa de puestos de trabajo y una facturación bajo mínimos. Pero es posible que llegue un momento en que los editores decidan que no pueden más, que es imposible competir y que hay que aceptar el soborno y terminar vendiendo la verdad.

De esta guisa nos vemos. Medios y ciudadanos, con  la Democracia perdiendo por 5-0, asumimos que no hay remontada posible y tiramos la toalla. Pero no podemos vender la piel tan barata. Es hora de que ambas caras de la moneda pongamos pie en pared y tomemos medidas.

La Ley 6/2005, de 8 de abril, Reguladora de la Actividad Publicitaria de las Administraciones Públicas de Andalucía, debería establecer las reglas por las cuales los gobiernos (Junta de Andalucía, diputaciones, ayuntamientos…) no pueden insertar publicidad -o, lo que es lo mismo, dinero en las cuentas de los medios de comunicación- de forma arbitraria, garantizando así la imposibilidad de comprar la mentira. Sin embargo, la propia Ley dice en su artículo 5, ‘Criterios de Contratación’, apartado 4, que“en los pliegos para los contratos publicitarios (…) se tendrán en cuenta los datos o índices comparativos, precisos y fiables, sobre difusión y audiencia, frecuencia y coste por impacto útil”. No esperéis más, porque no hay: El “se tendrán en cuenta” es la expresión-coladero por el que los políticos nos la han metido. Es posible, por tanto, justificar sin ningún dato objetivo ni fiscalizable cualquier gasto publicitario en cualquier medio, cualquier arbitrariedad. Se autoriza la compra de mentiras.

Los editores independientes deben ser los primeros en reaccionar. Todos, sean del color que sean, tienen el mismo problema y la misma responsabilidad. El problema ya lo conocemos. Su responsabilidad ante la sociedad es la de ser garantes de la libertad de prensa. Deben asumir el compromiso que adquirieron cuando fundaron o invirtieron en su periódico, su radio, su cadena de televisión o su página web. Están en peligro derechos constitucionales y su propia existencia como empresas.

Los ciudadanos, por nuestra parte, tenemos más argumentos que el voto, que también. En este enlace tenéis, uno a uno, acceso a la dirección de correo electrónico de todos los parlamentarios andaluces. Tenemos la posibilidad de dirigirnos a los legisladores para decirles lo que queramos (siempre con educación y respeto, por supuesto). No olvidéis que, aunque pocos de ellos lo asuman, son nuestros representantes. Pedidles cambios. Que no jueguen con nuestra libertad ni con nuestro dinero.

Está en nuestra mano.


Lo que queramos ser

Confieso que hay veces en que me asombra la capacidad del personal para tragarse lo que sea sin cuestionárselo siquiera, sin preguntarse si la fuente es o no fiable o si se denota alguna intencionalidad. En Huelva (imagino que en todas partes) pasa mucho, pero muy especialmente (esto ya no pasa en tantos sitios) cuando se trata de algo ‘malo’. Huelva es especialista en merendarse como cierta cualquier noticia que le afecte negativamente. Por ejemplo: ante el binomio ‘amenaza terrorista / Polo Químico’, todo el mundo asume como verdadera cualquier información, sea la que sea. Si alguien sale diciendo que Huelva está en peligro de explosión desintegradora debido a la posible colocación de una bomba ‘alqaedense’ en los bajos de Refinería, todos dan por hecho que es así, sin preguntarse nada más.

A lo que iba: pulula ahora por la Red un artículo, manifiesto, alegato… en el que se invita a la juventud a irse de Huelva ante el ‘subdesarrollo’ de la provincia y la práctica imposibilidad de crecer profesional y personalmente en esta tierra. Se esgrimen varios argumentos de opinión, con los que se podrá estar o no de acuerdo (más adelante hablaremos de eso), pero lo que me mosquea es que se usen como razones objetivas algunos datos que no son siquiera reales, sino suposiciones sacadas de no sé dónde o viejas ‘leyendas’ de Huelva (por supuesto, malas). Y lo que me remata es que la gente se los trague sin ningún pudor.  Por ejemplo:

– Se dice que la población onubense ha descendido en los últimos años. Falso. Según los dos datos del INE (padrón de habitantes), entre 2000 y 2009 no sólo no ha descendido, sino que ha aumentado, pasando de 458.998 a 513.403 habitantes.

– Se asegura que el PIB y la riqueza provincial supone algo menos del 5% de Andalucía. No es un dato malo en sí mismo (podría ser mejor, eso sí) en tanto que la población de Huelva es aproximadamente el 5% de la andaluza. En números enteros, Huelva es efectivamente la última provincia andaluza por su PIB. Se obvia  sin embargo el dato de renta per cápita (euros por habitante), indicador real de la riqueza media, que sitúa a la provincia en el segundo puesto de Andalucía, sólo superada por Almería.

– Se dice que la primera empresa onubense no está entre las primeras 100 del ranking de empresas andaluzas. Falso. Primero, porque la primera empresa onubense no es una cadena de supermercados, sino una metalúrgica. Su nombre es Atlantic Copper, y aunque tenga un nombre muy ‘guay’ e inversores norteamericanos, lo cierto es que está inscrita en el Registro Mercantil de Huelva y, lo importante, paga sus impuestos en Huelva. Segundo, porque Atlantic Copper es la tercera empresa andaluza, según los datos de Analistas Económicos de Andalucía, la referencia en este tipo de informaciones.

– Asegura el artículo que la población onubense jamás ha salido a la calle a reclamar sus derechos. Es probable que no recuerde o no haya vivido la movilización del 3-M y las tres facultades, un masivo movimiento ciudadano auténtico germen de nuestra Universidad.

– Esta es buena: “Es una de las zonas de España con mayor indice de enfermedades provocadas por la contaminación”. Ahí, de golpe, sin ningún dato ni fuente que confirme esta afirmación. Es una de las más famosas leyendas urbanas de Huelva. No sólo no hay datos que lo confirmen, sino que muchos lo desmienten, por ejemplo el impresionante estudio del CSIC sobre impacto ambiental en el área de la Ría de Huelva, que descarta la relación entre mortalidad y contaminación atmosférica (insisto: no descarta la contaminación, sino la relación con la mortalidad).

– Efectivamente Huelva es una de las provincias con más paro de España. En el marco andaluz (la región con mayor tasa de paro tras Canarias), está más o menos en medio (5º lugar). Se trata de un problema estructural que Andalucía debería corregir de una vez por todas. Aunque no es fácil.

– “Tiene una gran parte de la provincia dentro de espacios protegidos pero no se ha hecho nada para que esta riqueza natural reporte beneficios a la población local”. Desconoce el autor el valor vital que para las economías de las comarcas de Doñana y la Sierra de Aracena y Picos de Aroche está aportando esta protección. Ahora sus productos y servicios son reconocidos mundialmente por su sostenibilidad y su calidad.

En cualquier caso, y al margen de los datos, coincido en muchas cosas con este artículo. Suscribo algunos de sus planteamientos, que no la conclusión (aunque quiero pensar que su autor hace un ejercicio de ironía más que un planteamiento real). Huelva es una provincia acomplejada, como aseguraba hace un tiempo en ‘El culo del mundo’. Hemos vivido durante muchas décadas creyéndonos menos de lo que somos, un complejo de inferioridad que termina siendo un lastre para nuestro crecimiento. Un auténtico círculo vicioso.

La supuesta indolencia de Huelva tiene su único origen en un monumental sentido del ridículo y por supuesto en el acomplejamiento masivo de su gente. El onubense medio piensa que no merece la pena moverse porque no nos van a dar nada PORQUE NO NOS LO MERECEMOS. Puede que la experiencia nos parezca poco tranquilizadora al respecto, pero históricamente cuando ha habido un movimiento ciudadano real en esta provincia, las cosas han cambiado. De todas formas, el futuro de Huelva no creo que pase por movilizarnos cada diez minutos para pedir o exigir tal o cual cosa. Somos los propios onubenses quienes debemos tener claro que el camino lo construimos nosotros, a base de tesón, imaginación, creatividad, formación y conocimiento. No necesitamos un aeropuerto, ni autovías, ni subvenciones. Todo eso, espero, llegará, pero no podemos hacer una rémora de lo que no tenemos, sino, más bien al contrario, aprovechar con eficiencia aquello con lo que contamos.

Sabemos que Huelva es una ciudad industrial. Ante esta certeza quedan dos caminos: el del onubense que rechaza la realidad o el del que la aprovecha. ¿Sabéis cuántos ingenieros, economistas, informáticos, profesores y estudiantes universitarios, entre otros muchos profesionales, trabajan cada día hacia la excelencia, desarrollando proyectos de investigación de talla y reconocimiento internacional y creando tecnología propia? La mayoría de ellos son onubenses que decidieron crecer profesionalmente en su tierra y aportar, desde su parcela, un granito de arena al desarrollo de la provincia.

Es sólo un ejemplo. Hay centenares, posiblemente miles. Mi propia empresa, de Huelva, con una tecnología propia, hecha por onubenses, compite sin complejos con potentes compañías nacionales e internacionales del sector del clipping. Sin subvenciones ni autopistas ni aeropuertos. Sólo con muchas ganas y más imaginación. Son muchas industrias agrarias, ganaderas y pesqueras, muchas empresas de base tecnológica,  muchos comercios, muchos profesionales autónomos… Son muchos onubenses los que con la pequeña aportación de su trabajo diario quieren dar ‘algo más’, un plus de calidad, innovación y creatividad que permitirán construir la Huelva del futuro.

Que la Junta y el Gobierno han permitido e incluso propiciado el subdesarrollo de nuestras infraestructuras: Sí.

Que nunca han invertido lo que deberían o, como mínimo, lo que sería de justicia: Sí.

Que una parte de la clase política onubense sólo busca un asiento en Sevilla, aún a costa de su propia tierra: Sí. Que otra parte no se atreve a defender Huelva por miedo a perder su trono, también. Que el resto quiere hacernos creer en una Huelva de pandereta tan ficticia como errónea, por supuesto.

Que muchos ciudadanos viven en el conformismo y la desidia: Sí. Que son todos: Definitivamente, no. Ni siquiera una mayoría.

Jóvenes: quedaos en vuestra tierra y haced de ella lo que, en el fondo, todos sabemos que puede llegar a ser: una provincia pequeña, posiblemente subestimada, seguramente agraviada, objeto de injusticias y engaños, pero que a pesar de todo no permanece quieta, mirándose el ombligo, o retorciéndose de pena mientras se consuela consigo misma, sino que lucha y trabaja por romper barreras.

Huelva es más de lo creemos, porque Huelva es lo que queramos que sea.

Por cierto, el texto de marras:

http://www.facebook.com/note.php?note_id=176175119063508


¿Susto o muerte?

Corren malos tiempos para el periodismo, y los importantes problemas económicos de las empresas son sólo la punta del iceberg. Las nuevas tecnologías las han sobrepasado. Desubicadas, van de un lado a otro como pollo sin cabeza, sin saber muy bien a dónde. Algunas ni lo intentan y simplemente esperan la muerte por inanición, pero la mayoría sigue, a trompicones y a golpe de subvención oficiosa. La ley de la oferta y la demanda no cabe en el mundo de la prensa. Sigue un camino muy diferente a la economía de mercado: tanto digo, tanto valgo. Por eso la objetividad no existe. No os dejéis engañar.

Realmente nunca ha existido. Desde las ‘hojas de avisos’ del XVI, que por entonces subvencionaban los ayuntamientos para contar lo que les daba la gana, hasta Público o La Gaceta, la prensa española ha sido históricamente una prensa de partidos, un periodismo politizado, en muchos casos enfrentado, y siempre se han considerado abanderados de la ‘pluralidad’ informativa. Las Cortes de Cádiz trajeron la libertad de prensa y surgieron decenas de periódicos de todos los colores: liberales, anticonstitucionalistas (por entonces se forjaba la ‘Pepa’) e incluso diarios afrancesados. Posteriores constituciones y nuevas libertades de prensa sólo trajeron más de lo mismo. Prensa partidaria y prensa detractora de la situación política que tocara. El periodo de la II República y la Guerra Civil, lógicamente, lo radicalizó todo y nadie hablaba de pluralismo ni objetividad. Al menos eran sinceros. Durante la transición hubo para todos los gustos, y ya en nuestro actual periodo de democracia la prensa se convirtió básicamente en una amalgama formada por cuatro grupos distintos y 300 cabeceras iguales.

Así que no hay cuentos que valgan. La historia del periodismo en este país es la que es, y aunque esté de moda presumir de objetividad, de independencia y de pluralidad, nadie se salva. La forma de escribir un titular, la posición en una página, una información que no se publica, una fuente que se omite… Siempre ha habido líneas editoriales que han ido más allá de los editoriales, e intereses económicos y políticos que están por encima de la objetividad, incluso sacrificando algo de ética, pero nunca la veracidad.

Sin embargo, esta situación está cambiando.

Un periódico es hoy como un árbitro de fútbol: su juicio contenta a unos lo mismo que irrita a los otros. El problema es precisamente que un medio de comunicación no debe ser juez de nada. El periodista debe contar lo que ocurre, después de informarse por sí mismo y contrastar la información consultando todas las fuentes. No emite ningún juicio, sólo informa. La profesión se pervierte en el momento en que el medio cruza la línea de la información y la convierte en opinión, y además la manipula y la falsea. Lo peor de todo es que este tipo de medios se está multiplicando, como la mala hierba.

Tampoco sería mayor problema (salvo para los imbéciles que deciden leer sólo lo que les gusta leer, sea o no verdad) si no fuera porque esos medios no se financian gracias a una audiencia o unos anunciantes que los respaldan, sino porque una serie de políticos creen que es conveniente mantenerlos (a costa, por supuesto, del dinero de todos), desvirtuando/adulterando el mercado y acabando poco a poco con la credibilidad del periodismo y los periodistas.

¿Cómo acabará todo esto? Probablemente con el final de los medios de comunicación tal y como los conocemos. A la ‘crisis tecnológica’ se suma una crisis de credibilidad de considerables proporciones, una radicalización creciente y, como no podía ser menos, una economía totalmente hundida.

Del cambio tecnológico y económico se saldrá, de una forma u otra, muy cambiados. La radicalización de las posturas políticas terminará cuando se llene el bolsillo. Pero con el enorme problema de credibilidad del periodista será imposible acabar si no se propicia y se lleva a cabo una tarea de reflexión común por parte de los profesionales, porque somos nosotros los que perderemos, si no hemos perdido ya.