Perros de pelea

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

(Antonio Machado)

Disfruto estando en medio. Será la indolencia, quizás escarmiento, pero no me  siento vinculado a ninguna idea política. Hay quien me llama rojazo y quien me dice facha. Y yo, en medio, me río.

Tampoco me gusta estar al mismo nivel. Subo o bajo por igual, aunque siempre en medio, a contemplar impertérrito y divertido la lucha política. Arriba y abajo se gana perspectiva y uno se ríe más. De la manipulación y el cinismo. De la mentira. Del servilismo. Del pasotismo. Pero, sobre todo, disfruto observando el debate absurdo de la militancia, real o sentimental. De sus inacabables tragaderas y de su subjetividad más absoluta. A veces me indigna, todo hay que decirlo, aunque entiendo que la pasión ciega y que, probablemente, yo sea el más irrisorio de todos por no sentirla.

Tampoco es que sea un témpano de hielo, oigan, pero sí trato de permanecer lo más cerca posible de la objetividad. Deformación profesional, aunque ya no se lleve.

Sin embargo, últimamente ando preocupado. Casi asustado porque descubro con estupor que siguen existiendo aquellas dos españas que nos llevaron a tan malos puertos. Y me da miedo.

Los gritos a Zapatero en pleno homenaje a los militares fallecidos, el 12 de octubre, la asombrosa capacidad de Intereconomía para hacer titulares antisocialistas, el acérrimo odio que desprenden los peperos andaluces contra Griñán, o el de los socialistas onubenses contra Perico… Me dan miedo y pena. Miedo, porque ignoro hasta dónde podríamos llegar; pena, porque se demuestra que en sesenta y pico años no hemos avanzado lo más mínimo.

Lo más sangrante de todo es que es a los propios políticos a quienes tenemos que dar las gracias. Son ellos los que arrojan a los lobos, ahgrrrrrr, la carnaza que ellos mismos fabrican. Como en una pelea de perros, aplauden y contemplan sin rubor los mordiscos y la sangre, porque pueden ganar un par de votos. Les merece la pena.

España se parte en dos, por el bolsillo y las ideas, como siempre. El radicalismo es el pan nuestro de cada día. El insulto, la ofensa personal. Como entonces, pero multiplicado por cienmiles porque ahora hay internet y hay redes sociales y hay televisión. Y llega más, y a más gente. Alentando están los políticos con sus brazos mediáticos.

Y mientras, el espíritu crítico y la mesura se marchan, cabizbajos. Cuando la cosa se tuerce siempre son los primeros a los que echan. Una lástima, porque son los únicos que nos salvan de liarnos a martillazos.

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