Archivo mensual: septiembre 2010

La silicona explota

Ayer no hice huelga. No me dio la gana. Imagino que como al 25 por ciento (sic) de los españoles que, según los sindicatos UGT y CCOO, nos convertimos en esquiroles por un día y pasamos de su convocatoria de huelga general. Imagino que como a bastante más de la mitad del 75% restante, que no fue a trabajar porque no tuvo más cojones.

La huelga del miedo en pleno siglo XXI. Decía hoy lainformacion.com, creo que con mucho acierto, que el sindicalismo del siglo XIX no servía para el trabajador de la nueva era. Eso sí, las viejas técnicas de la coacción y la amenaza siguen funcionando, y si no que se lo pregunten a aquellos comerciantes que, llaves en mano, abrían y cerraban sus establecimientos al paso vaivén de los piquetes. Con esa triste bandera manejaron ayer los sindicatos SU huelga.

Pero la silicona explota. No puedo asegurar que ocurriera aquello con Ana Obregón y otras estrellas siliconadas de la tele, pero esta mañana la sede de UGT en Huelva amanecía con una sorpresa, un cerrajero y el cachondeo general de todo el que pasaba por allí. Alguien, al que me gustaría conocer, se había transformado en brazo ejecutor de la venganza de los esquiroles y cumplía los sueños más perversos de miles de trabajadores españoles inundando con un buen pegote de silicona el cierre de la casa ugetista.

A ver, no es que me alegre. Se trata al fin y al cabo de un acto vandálico (como los que se sucedieron, uno tras otro tras otro tras otro, en todas las ciudades del país de la mano de los piquetes). Sin embargo, creo que simboliza en buena parte mi opinión sobre la huelga general y sus consecuencias. A sabiendas de que la convocatoria del 29-S no iba a tener éxito, el camino elegido por los sindicatos fue el de la agresión y la amenaza, el savoir faire de la camorra, el estilo de El Padrino. Aunque pudiera salirles más o menos bien (nadie quiere que le partan la cara, y menos por ir al trabajo), la visión estratégica de los sindicatos no puede tacharse más que de estúpida. Si ya tenían desviado el apoyo social, ahora lo han perdido. Se han creado enemigos en su propia clase. La han cagado.

Los sindicatos españoles llevan años con una miopía social galopante. No se dan cuenta de que ya no somos los de antes, que el trabajador del siglo XXI tiene otras inquietudes, otro nivel, otra cultura, otras formas de hacer las cosas. No asumen que los tiempos han cambiado, que la información está en todas partes y que ya no engañan a nadie. No han evolucionado.

(Bueno, alto, alto. Ellos sí que han evolucionado: ahora viajan en cruceros de lujo, reciben dietas estratosféricas y ya incluso pueden enchufar a sus parientes)

Los sindicatos se han convertido en una administración más del Estado, con sus funciones-paripé bien definidas. Ahora son una suerte entre partido político y brazo administrativo, sin nada que decir y mucho que callar, que ha vendido todo su pescado en esta huelga a sabiendas de que sería inútil y que servirá únicamente para quedar bien ante una sociedad que ha reclamado su presencia durante dos años, ante esa a la que escuchaban por el oído izquierdo mientras atendían, por el derecho, las dulces palabras del apoltronamiento. Eso mientras los trabajadores eran despedidos en masa, o veían mermadas sus condiciones laborales, o perdían sus casas y sus coches, o guardaban el orgullo en un cajón camino al comedor social. Todo eso pasaba mientras los sindicatos discutían sobre subvenciones y díazferranes.

Aún creo en los sindicatos, pero no en los de ahora. A esos no los quiero. Yo quiero a las bases, al delegado peleón de la pequeña empresa, también al directivo que busca siempre mejorar las condiciones de su gente, al mediano dirigente sindicalista que está en todas partes, guerrero, curtido y hábil negociador. Yo quiero al sindicalista honrado y cabal, y no quiero al liberado que quema las horas en los bares, ni al dirigente en Mercedes, ni al de la silicona.

A este último no lo quiero ni cerca, no sea que le explote en las manos.

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Recre, mentiras y cucarachas

El Recre pide entrar en concurso de acreedores y to dios se frota las manos. Unos, nerviosos por lo que pueda pasar; otros se relamen de gusto, montan cien blogs y se tiran directamente a la piscina, conscientes de que ésta será su única baza contra Perico, porque no tienen nada ni nadie capaz de transmitir algo a los onubenses, ni siquiera la fuerza de las siglas de un partido como el suyo, otrora cargado de esos valores que atrapan el corazón. Unos piensan en lo que pueden perder, y preparan el terreno a posibles soluciones ‘explosivas’, prefiero no pensar cuáles; otros, los que se relamen, acechan, cuchillo en ristre, bajo los matojos del Nuevo Colombino. La clase política da pena.

No se engañen: todos mienten. House lo tiene muy claro, y yo también. No hay político (dirigente de partido, entiéndase) que no mienta. Y es este lamentable comportamiento el que está acabando con la imagen del político de siempre, aquel entregado a su causa social e ideológica, o símplemente a su tierra, y de los que por suerte quedan muchos desparramados por centenares de pueblos y ciudades de España. Pero no mandan en los partidos. Para eso hay que ser mentiroso, y algunas cosas más.

El asunto de la entrada del Recreativo de Huelva en el procedimiento marcado por la Ley Concursal es un claro ejemplo de que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Durante casi una década, los políticos de un lado han mantenido por activa y por pasiva el argumento del endeudamiento cero, el del club humilde que está donde está gracias a una gestión de 10. Todos lo creímos porque lo vimos. Llegó el mal tiempo y el paraguas de la austeridad se quedó pequeño. Había que tirar el viejo y comprar uno nuevo, pero no se hablaba de eso. “No se dan cuenta de que este paraguas es más grande”, decían, “así que pa qué vamos a decir na”.

Y así anduvo la cosa hasta que de la mano de los socialistas (porque los periodistas ni siquiera se dignan a asomarse por las cuentas, registradas, de la sociedad) salió a la luz la deuda que arrastraba el Recreativo, se descubrió el paraguas, y llovió más fuerte. Había hasta quien tiraba cubos desde el balcón, para mojar más. Para joder.

Junta de accionistas, reconocimiento de deuda, ampliación de capital… Varios meses más tarde, en concreto hace unos días, se anunciaba públicamente la presentación ante el Juzgado de lo Mercantil de Huelva (digo ‘EL’ juzgado porque solo hay uno) de la petición de sometimiento a Ley Concursal, a concurso de acreedores, antigua suspensión de pagos. No es una quiebra, contra lo que quieren vender los de la otra parte (los que denunciaron la única opción posible de salvar al Recreativo a finales de los noventa -a costa, eso sí, de un movimiento especulativo digno de la época, que hoy se muere del asco-. Los que denuncian el uso político del Recre haciendo uso político del Recre).

Vivo en Ley Concursal, y no es el fin del mundo. En muchos casos es la única salida a situaciones de tesorería insostenibles. En otros, es la mejor salida a un problema de liquidez y endeudamiento. Éste es el caso de Recre. No se va acabar con el equipo, no está en quiebra, no se ha hundido, mal que le pese a alguno. La afición recreativista, que esa sí que es dueña (somos dueños) del Decano, no puede dejarse engañar, ni por los unos ni por los otros.

Tratarán de agarrarse a este asunto para hacer todo el daño posible al rival, lícito en tiempos de guerra, pero no cuando hay ‘civiles’ de por medio. Algunos apelarán a las mentiras del alcalde y la directiva, por supuesto sin sacar la foto de Ceada entregando el cheque de la falsa salvación, y atacarán por diestra y siniestra.

Todos intentarán engañarnos. En algunos casos lo conseguirán, quizás en muchos. Pero hay algo en lo que no deben influir jamás: nuestro sentimiento, especial, hacia un equipo que no es sólo fútbol, porque es Huelva en sí. Subestimada, desgraciaíta y mal gobernada. Pero con mucho corazón.

Y vosotros, políticos, recordad que la mentira tiene las patitas cortas, como las cucarachas (que es lo que parecéis a veces).


El curioso caso de la lata vacía

Menuda la ha liao Andreu Buenafuente en su late-night de La Sexta merced a una lata de aceite vacía. La historia ha dado para debates pseudo políticos, chistes y comentarios de todo tipo en redes sociales, webs y blogs. Sin embargo, creo que se trata, sobre todo, de un ejemplo modélico para un concepto tan útil como despreciado en el mundo de la comunicación: el accidente.
Por si hay alguien que no sepa de qué va esto: días antes del ‘suceso’, Buenafuente entrevistaba a Carlinhos Brown y éste le comentaba las ganas que tenía de volver a visitar Huelva y, muy especialmente, de trincarse un platito de gambas a la plancha (pésimo gusto). Pues bien, imagino que algún asesor avispado vio el programa, o quizás el amigo del asesor, o el hijo de, o su madre. El hecho es que a alguien se le ocurrió enviar al programa de Andreu un ‘kit de gastronomía onubense’ en nombre de la Diputación Provincial, una idea promocional que, vaya, salió bien y sirvió para que Buenafuente sacara en pantalla una mesa repleta de productos de Huelva y que incluso nombrara expresamente a Petronila Guerrero, presidenta de ‘la Dipu’ y, a la sazón, candidata a la Alcaldía de la capital.
Imagino a la Petro dando saltos de alegría aquella noche ante el televisor. Imagino a su familia abrazándose, vaya pelotazo hemos dado, e imagino al pobre Perico recostado en su sofá, cabizbajo y con la mano en la frente.
Y a los dos minutos, después de que Andreu agitara ante la millonaria audiencia una lata vacía de aceite de oliva, y dijera aquello de que ‘Huelva pierde aceite’, imagino al alcalde retorciéndose de risa en el mismo sillón donde antes se lamentaba, y a la presidenta gritando y agitando las manos como una posesa, buscando el teléfono móvil para llamar a alguien que le dijese a quién podía matar al día siguiente.
Claro está,  luego todo empezó a moverse. La red propició el primer debate mientras los medios hacían gala de su particular objetividad. Odiel y CNH, de la cuerda socialista, ensalzaron la inteligencia de la Petro y lo espabilá que fue enviando al programa el lote de productos onubenses. El periódico pasaba de puntillas por el ‘affaire’ de la lata de aceite. CNH, que cada día me alucina más, directamente manipulaba el vídeo del programa de Buenafuente para silenciar el asunto y hacer como si nada hubiera pasado. Los populares, por su parte, hacían sangre y risas con el tema de la lata vacía. Alguno hasta se ofendió.
Por dentro, en los engranajes de la Dipu, todo se mueve en torno a la caza y captura del culpable. ¡Que le coooorrten la cabezaaa!, grita Petronila. Y es que nadie, probablemente, habrá pensado que si no se hubiera colado la lata vacía de aceite no hubiera habido chiste, y que sin chiste no hubiera habido Buenafuente. A eso iba yo, por cierto.
Nadie dice que la comunicación sea un trabajo fácil. Hay grandes profesionales que le dedican horas y horas a planificar estrategias más o menos inteligentes para vender tal idea, producto o servicio, o para preparar un acontecimiento, o para tapar bocas. Sin embargo, todo este esfuerzo de planificación también me ha enseñado que el accidente, la casualidad, lo imprevisible, es seguramente el mejor (o el peor, según el caso) aliado del profesional de la comunicación.
Una casualidad propició el que seguramente ha sido el mejor momento ‘público’ de la empresa onubense Atlantic Copper, cuando durante una visita rutinaria a la fábrica descubrí que, en pleno proceso de implantación del euro, las viejas pesetas iban a morir a Huelva para ser reutilizadas en la elaboración de cobre que, a posteriori, terminarían siendo euros. Joder, la historia era genial y había que hacer algo. Cuando empezamos a trabajar (un servidor y el responsable de Relaciones Industriales de la empresa, el amigo Antonio de Vega) en la idea de ‘venderla’, quise ver cómo se hacía eso con las pesetas, y entonces contemplé, de nuevo casualmente, aquella montaña dorada, aquellos sistemas de seguridad, aquel protocolo ‘parafernálico’. Entonces decidimos que vinieran las ‘teles’, y aquello fue sensacional: salimos en todos los telediarios, y por algo bueno. Posiblemente era la primera vez que el Polo vivía algo así. Y todo, por una casualidad.
Imagino que Antonio tendrá tan buen recuerdo de aquello como yo.
El accidente, y también saber identificarlos y aprovecharlos, es el gran aliado del profesional de la comunicación. Para colmo, sin ellos, sería un trabajo tremendamente aburrido.
Aquella lata vacía de aceite viene, como dije arriba, a confirmar esta idea. De no ser por ella, no creo que hubiera aparecido una mesa repleta de productos promocionales en pleno monólogo de apertura del late-night más visto. De no ser por ella, la Petro no hubiera dado aquellos saltos de alegría (ni aquellos gritos de ira). De no ser por ella, presidenta, no hubieras sido descubierta ante la sociedad onubense como una candidata real a suceder a Perico. Has ganado puntos, no los has perdido.
Y readmite a ese pobre hombre, por favor.
Os dejo el vídeo, para que os riáis un poco.

Por cierto: Como onubense, gracias, Andreu. Gracias, Olibeas.