¡Nos mudamos!

El mosquito ya tiene su propia página web:

http://www.laestrategiadelmosquito.es
Allí nos veremos

 

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El miembro fantasma

Al principio, el golpe seco del hacha no duele. Durante un instante.

Luego, el acero frío, demoledor, atraviesa tu piel y tu músculo. Tus huesos y tu alma. Y entonces sientes el desgarro y luego el vacío. La tristeza certera de saber que ya no está ahí, que no podrás tocarlo. Que lo han extirpado de ti y ya no te acompañará en un paseo ni en el bar, que no estará cerca cuando seas padre, ni tampoco en tu cumpleaños, ni en una fiesta. Que no pisará tu casa ni subirá a tu coche. Que ya no podrás verlo. Que se ha ido.

Y en días como hoy, en algún minuto mientras cenas, lo sientes a tu lado y sonríes. Pero cuando vas a tocarlo se desvanece, recordándote que, por más que quisieras, ya nunca estará ahí. Y coges de nuevo tu copa y tu plato, esperando atento a que, en algún momento, vuelvas a sentirlo. Aunque sea un segundo. Como el hombre que anhela, con vana esperanza, el dolor insoportable de una pierna amputada cuando amenaza lluvia. De un miembro fantasma.


La vergüenza de Europa

Equis hacía su ronda de la sobremesa por las calles de Puebla de Don Fadrique. Lo vio, de nuevo, al pasar junto a la casa. Sacó su arma reglamentaria, le propinó un tiro en la cabeza y tiró su cadáver al contenedor de basura más próximo. Fin del problema. Coque era un perro pequinés. Aquella tarde dormía en la puerta de entrada a la vivienda de su dueño y era “un peligro”, de cuatro kilos, que había que eliminar cortando por lo sano. A Equis, dos años y pico después, el asesinato de Coque le va a costar 600 euros, que es la multa que le ha puesto la Audiencia Provincial de Granada. No se crean que es poca cosa: las organizaciones de defensa de los animales se han felicitado porque la sentencia considera al perro “un animal, y no un objeto”. 600 euros por matar a sangre fría a un perro es un logro en un país en el que maltratar animales suele salir gratis.

A menudo me avergüenzo de ser español. Me pasa con algunas cosas, por ejemplo con la incultura, la indolencia o la pereza generalizadas, pero muy especialmente con el trato que damos a los animales. Tengo una teoría sobre todo esto: un pueblo es más civilizado, más humano, cuanto mejor cuida a sus animales. Formulado al revés, el maltrato animal es, claramente, una señal de que algo falla: ningún animal en su sano juicio mata por placer, salvo nuestra especie.

En España abandonamos a 200.000 animales domésticos cada año. Encabezamos el ranking en la Unión Europea. Triste récord. De esos animales que dejamos en la calle, solo un 7% son adoptados. El resto muere de inanición o frío, atropellados y envenenados. O de un tiro en la cabeza. Eso cuando no los llevamos, todo muy legal, a una perrera en la que terminan oficialmente gaseados o drogados hasta la muerte.

Los españoles somos (me incluyo, por español, que no por lo otro) especialmente crueles con los animales. Unos auténticos hijos de puta capaces de dejar moribundo a un perro a base de patadas o de echar un saco de gatos al agua sin el más mínimo remordimiento. Debe ser algo cultural, genético. No cabe otra explicación si nos preguntamos por qué no se mueve absolutamente nadie de los que pueden hacer algo para cambiar esto, por qué no se cambian las conductas, las leyes y los reglamentos. Por qué supone tanto problema que las administraciones y partidos políticos dediquen cinco minutos de su tiempo a abordar este problema. Seguramente será porque no nos preocupa lo más mínimo.

Pues muy bien, pero debéis saber que somos la vergüenza de Europa, que nos ha dado ya más de un toque de atención. No es para menos. Ahorcamos galgos con la misma sangre fría que programamos matanzas de venados, conejos o perdices, y las llamamos deporte. Atamos a un perro de por vida a una estaca junto a un plato sucio -y vacío-. Matamos de cansancio a mulos y caballos. Atravesamos a toros con lanzas o los torturamos con banderillas o con dardos, cuando no los envolvemos en una bola de fuego para aplaudir como auténticos enfermos mentales cuando los vemos corriendo, asustados, por las calles de nuestro precioso pueblo, desde cuyo campanario lanzamos a una cabra hacia el suelo. Hacemos alarde de fuerza arrancando la cabeza a una gallina que colgamos, boca abajo, en un cable; lapidamos a ardillas y palomas o cabalgamos, borrachos como cubas, a un burro mientras todos los vecinos del pueblo lo zarandean, le lanzan petardos o le gritan (y estos sí lo son) como animales salvajes.

Hay casos terribles, como el de Schnauzi o los “días de exterminio” de Torremolinos, y otros más habituales, como cuando hacinamos a los animales en las sucias jaulas de las perreras municipales que pagamos todos, o cuando ponemos de patitas en la calle a nuestro perro de cinco años porque al niño ya no le hace gracia. Todos ellos, y cada uno, son una patada en los huevos de la humanidad (cualidad) de un país que nunca llegará a ser realmente civilizado mientras siga ejerciendo y consintiendo el maltrato animal y el abandono.

Tengo la certeza de que una educación basada en el respeto a lo que nos rodea, en el amor a la Naturaleza, construye mejores personas. Puede que me equivoque, pero creo que ninguno de los que han apaleado a un burro, abandonado a un perro o pateado a un gato. Ninguno de los que maltrataron, o mataron, a un animal los ha mirado nunca a los ojos. Al menos a mí, que tengo la suerte de ver un par de ellos cada día, no se me ocurriría maldad mayor que herirlos.


Bastón y cimientos

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El general y las circunstancias

Solo los grandes generales son capaces de hacer, de sus ordenados ortodoxos ejércitos, entes heterodoxos que se adapten al enemigo y a las circunstancias de cada batalla. La capacidad de mutar, la arrolladora fuerza de la sorpresa. En el siglo veintiuno, las grandes batallas se libran de manera muy distinta, pero hay pilares sobre los que nunca dejará de apoyarse el hombre. Evolución. Y en este siglo, decía, evolución es sinónimo de innovación.

Con la llegada de la versión 3.0 de Orbyt, la gente de Unedisa, con su capitán general, Pedro J., a la cabeza, han demostrado una vez más lo que ya dije cuando comparaba esta plataforma con la Kiosko y Más de Vocento y Prisa (entre otros): solo creando tecnología propia se tiene la capacidad de mejorarse continuamente a uno mismo y de hacer prácticamente lo que uno quiera con lo que tiene. O sea: capacidad de cambiar el paso si las circunstancias lo requieren, como de hecho ha ocurrido con Orbyt tras la aparición de competencia en un mercado al que le queda aún mucho, muchísimo, por crecer. Y por mutar.

Con algún bug que otro y un sistema aún algo pesado, especialmente –y curiosamente- desde un ordenador, Orbyt 3.0 empieza a hacer algún guiño a lo que siempre he dicho que debe ser el futuro de estas plataformas: la actualización permanente de contenidos. Al incorporar las Noticias Actualizadas (una de las funciones de lo que llaman Rueda 3.0), el lector puede conocer al momento cómo ha evolucionado una noticia desde que se publicara su versión en papel el día anterior. No he escrito “algún guiño” por casualidad: a las Noticias actualizadas de Orbyt les queda mucho aún para ser lo que pretenden. La mayoría de las veces lo que hacen es relacionar nombres y conceptos con otras noticias del día. No es realmente, salvo en contadas ocasiones, una actualización real. En cualquier caso, cuando ocurre, es un gusto. El mérito de Orbyt no es tanto hacerlo bien como haber empezado a hacerlo.

La Rueda 3.0 permite además al lector relacionar la noticia con otras actuales y anteriores, lo que posibilita que el lector avezado (y con tiempo) contextualice por sí mismo cada información, que, por otra parte, puede compartir en cualquier momento a través de las redes sociales habituales, un acierto de Pedro J. que, como ya os conté en alguna ocasión, fue llegar a Twitter y calarlo: si no compartes, no eres nadie.

Total, que así, a lo tonto, Orbyt tiene ya más de 40.000 suscriptores. No está nada mal, aunque de lo que hay a lo que debe haber media un abismo. Dos detalles, solamente:

1)  Más multimedia. El vídeo es a Internet como la tinta al papel. Falta mucho vídeo en Orbyt. Ignoro cómo está montado societariamente el tinglado multicanal de Unedisa, pero teniendo en sus manos toda una cadena de televisión (Veo 7), no utilizar su material para mejorar la plataforma es un sinsentido a estas alturas del partido.

2)  Más conversación. Espero con santa paciencia a que llegue el día en que los periodistas firmen con una arroba. No es normal que siga habiendo plumillas sin cuenta en Twitter, y mucho menos que quienes la tengan no la saquen a pasear. El lector 2.0 necesita conversar con el medio 3.0. Por eso, permitir e incluso fomentar la conversación es una condición sine qua non de cualquiera que pretenda hacer algo decente en Internet. Orbyt, como las otras plataformas, deben dar un paso adelante en este sentido y propiciar la conversación en torno a sus informaciones, ya sea mediante una red social interna, ya (por qué no) usando directamente Twitter y, en menor medida -por sus propias características-, Facebook.

El primero que lo haga será, como mínimo, el más valiente. Hasta ahora, Pedro J. ha demostrado ser un general osado y tenaz. Apuesto a que también se atreverá con esto. Evolución, decía.


Los días cambiantes

Leí en alguna parte que Manolo García tiene una canción para cada estado de ánimo. Puede que sea así, aunque mi teoría es otra: las canciones de Manolo García son distintas con cada estado de ánimo. Se renuevan con lo vivido. Me ocurre a menudo: canciones que hace seis años me contaban una historia, en ciertos momentos de mi vida han descrito mis sentimientos, poniendo palabras donde yo solo he sido capaz de colocar una sensación.

Mi capacidad para escribir sobre sentimientos se limita prácticamente a lo que siento. Dicho de otra forma: no puedo escribir sobre sentimientos que no estoy experimentando en el momento en que escribo. Lo de Manolo es una suerte. Un don. Hace unos días, contaba en la radio que el primer single de su nuevo disco, Un giro teatral, había surgido después de pegar la oreja en una disputa amorosa de barra de bar. Puede que en su vida haya conocido a la mala compañía de Un giro teatral, pero Manolo tiene una extraordinaria capacidad para absorber sentimientos, como por fotosíntesis, y ponerlos luego sobre el papel, juntando letras.

Así que estoy seguro de que dentro de unos años escucharé alguna canción de Los días intactos y me sabrá distinta porque habré experimentado otras cosas. La edad, el paso de los años, que a to quisqui nos cobra su tributo en forma de alegrías y sufrimientos nuevos. Redescubrí Malva o Del bosque de tu alegría con la muerte de mi padre; y con cierto traspiés entendí Sin que sepas de mí o Por respirar.

A falta de lo que esté por venir en mi vida, y de lo que redescubra con ello, por ahora Manolo García recoge en su nuevo disco su universo de siempre: amor (desamor), soledad, naturaleza, viejos oficios y antiguas palabras. Renacentista desde que fuera uno de los últimos de la fila, vuelve a la carga con sus particulares versiones del Tempus fugit y el Beatus ille. Aderezado todo con una producción magistral, más guitarreo que de costumbre, nuevos instrumentos, melodías geniales y miles de matices que se van descubriendo con cada nueva escucha.

La música de Manolo García no gusta a todo el mundo, pero hacerse con el primer disco de oro a las pocas horas de ponerlo a la venta no está al alcance de cualquier músico español. Su música y sus letras, sin duda, son una razón para eso, pero hay mucho más detrás de su legión de seguidores, entre los que me incluyo: una integridad a prueba de bomba, un compromiso social que va de las palabras -que también- a los hechos, coherencia y una humildad que asombra a cualquiera que haya tenido la oportunidad de conocerlo en persona. No estamos acostumbrados a que un artista que ha vendido millones de discos se presente tan normal ante nosotros. Que solo pretenda hacer su trabajo, su oficio. Igual que el zapatero remienda pieles o pone suelas, el suyo es hacer música para alegrarle la vida a los demás. Como quien da un refresco.

No me pidáis que sea objetivo con la música de Manolo García, porque no puedo. Cuando la música se convierte en sentimiento es imposible no ser subjetivo. Cuando una canción, un estribillo, un acompañamiento o un simple acorde te pone la piel de gallina. Cuando una estrofa evoca tus sentimientos más profundos (y escondidos) y los saca aguándote los ojos. Cuando una letra te desmembra y te convierte en otro. Cuando una melodía te hace sentir tan bien. No me pidáis que razone o argumente, que sea crítico ni lógico. Nadie puede hacerlo cuando la música te estira la piel y el vello, cuando no lo puedes controlar, cuando Sentir se come a Pensar.

¿O acaso nunca habéis sentido eso? Hacedlo alguna vez. Sentidlo. Es ancestral. Sed libres un rato.


¿Dónde está Buffalo Bill?

Buffalo Bill, Toro Sentado, Calamity Jane y demás fauna vinieron después. Antes, su mundo se separaba entre el este (sinónimo de civilización, progreso y cultura) y el oeste: lo que había más allá de la frontera. Terreno inhóspito, lejano y salvaje. Era la Norteamérica del siglo XIX, donde y cuando se forjó la leyenda de los Estados Unidos. Donde y cuando, a fuerza de sangre y fuego, el lejano oeste fue quedando cada más cerca, y lo salvaje se civilizó.

En Europa, el sur ha sido siempre nuestro particular far west. Norte y Sur. Progreso y subdesarrollo. Dos velocidades y un distanciamiento progresivo. Pura física. La propia UE ha tratado de corregir esta situación a golpe de talonario: Fondos que viajan de los bolsillos de los más ricos a los de los más pobres y de los que se ha beneficiado, por ejemplo, Andalucía durante un montón de años.

Sin embargo, como en una muñeca rusa, dentro de la región pobre hay otra región pobre, y dentro de esta, otra más. A veces siento que en Huelva estamos dentro de la pequeñita del todo. Ahora, aunque las diferencias entre norte y sur continúan, se está abriendo una nueva brecha entre el este y el oeste. Entre una muñequita rusa y la que le sigue. Así, el salvaje oeste se va haciendo aún más salvaje cuanto más se civiliza el este. Y lo mismo en el norte y el sur. Lo chungo de verdad es que nosotros, queridos onubenses, estamos al sur y al oeste.

Si echas más harina en el lado que más pesa de la balanza, el desequilibrio crece. Esto también es pura física. Así que no termino de entender cómo Huelva ha quedado tan absolutamente aislada en el reparto de la tarta europea del transporte. Los corredores Mediterráneo y Central, la red básica de transporte que determinará el futuro a medio plazo de las regiones europeas, terminan en Sevilla. Como el AVE. Como casi todo.

Ochenta y pico kilómetros, cuatro duros, hacen de Huelva una provincia cada vez más periférica, cada día más amputada, más abandonada en cada plan de inversiones. Más fronteriza. Somos el viejo oeste de Europa, de España y de Andalucía. La última muñeca. La última mierda. En los diez últimos años, en todos y en cada uno de ellos, Huelva fue la provincia andaluza en la que se invirtió menos en obra pública. Así que no me vengan con cuentos sobre el equilibrio interregional y la discriminación positiva entre territorios. Diez años de inversiones son un mundo, y las administraciones (de todos los colores) se han encargado de separarnos cada vez más del resto. Envidio los acalorados debates de otras provincias andaluzas: que si metros, que si tranvías, que si circunvalaciones… La mayor disputa en Huelva es sobre una estación de tren fantasma (sí, como en el Oeste) a la que no llegará nada porque nadie nos quiere traer nada. Un paripé en toda regla.

En alguna ocasión os he dicho que no podemos estar permanentemente llorando nuestra pena, dándonos cabezazos contra el muro de las lamentaciones del agravio, sin hacer nada más que eso. No podemos estar así siempre, pero cuando ves que a tu alrededor todo es alegría por el puñetero Corredor Mediterráneo mientras tu provincia se muere del asco, del aburrimiento y la frustración. Cuando ves eso, digo, te entran ganas de subirte al Santuario de la Cinta a rezar para que, algún día, podamos votar a un político decente, comprometido y luchador que defienda su tierra. Y no a la panda de calientasillones, pelotas y catetos que van a Madrid todas la semanas (desde Sevilla, claro) con la única intención de codearse con la jet de la política española y comer montaditos en el Museo del Jamón, hasta que engordan tanto que el partido los trae de vuelta, a vivir la vida. Porque Huelva, para ellos, no existe más que en la estadística que los colocará o los quitará de allí cada cuatro años. Toca rezar, decía, para que algún día venga nuestro Buffalo Bill a conquistarnos y civilizarnos. Como en el viejo oeste. Como en el siglo XIX. Así estamos…


El arte de morir

La muerte tiene su parte buena. La de mi padre, por ejemplo, me enseñó un par de cosas sobre la vida: La primera fue tajante: para morirse no hay Dios ni Justicia (divina, se entiende, que de la humana ya nos ocuparemos otro día). La muerte te pillará de forma irremediable sin tener en cuenta lo mucho o lo bien que lo hagas en vida. No tiene piedad, y si puede (o debe, desconozco cómo lo decide) matarte con sufrimiento, lo hará, independientemente de que seas un santo o un cabronazo.

La segunda lección es bastante menos desesperanzadora. Morir, morimos todos. Pero hay maneras de hacerlo. Uno puede morirse y quedar relegado, como la mayoría, a una esquela, una familia y unos amigos que te llorarán más o menos, o puedes palmarla con arte, trascender la norma y alcanzar con el agujero de tu ausencia a gente que no te conoce ni has conocido.

El fallecimiento de Steve Jobs ayer (hoy para mí) me ha devuelto el recuerdo de esa doble enseñanza. No importa lo que le haya dado al mundo, porque murió sin que Quiensea lo tuviera en cuenta, de una enfermedad dolorosa y cruel. Sin embargo, su muerte ha llegado al corazón de millones de personas que jamás ha tenido más contacto con él que un par de vídeos de Youtube.

Hay una razón para eso: Jobs hacía feliz a la gente. Con mi primer sueldo, allá por el 97, compré un Apple Performa 475 de segunda mano. Claro que poco después llegó el tito Jobs con su flamante iMac y no pude abstraerme a tal invento: un ordenador todo en uno, con forma de huevo, de colorines, con una extraña conexión Usb y sin disquetera. Un ordenador prácticamente inútil, me decían. Como siempre he sido muy rarito para estas cosas (tuve un MSX cuando todos jugaban con sus Spectrum) fui capaz de superar la presión y compré mi iMac después de firmar 36 letras con una sonrisa en los labios.

Como no tenía disquetera, la mejor opción para manejar mis documentos era enviármelos por correo electrónico, de modo que gracias a aquel ordenador tuve mi primera conexión a Internet y mi primera cuenta de e-mail. Decidme ahora si Steve Jobs no ha influido en mi vida…

A lo largo de los años he utilizado multitud de dispositivos ideados por Jobs. Todos, algunos más que otros, me han aportado algo. Este blog lo estrené, y lo escribo, con mi Macbook Pro. Los iconos de Cuéntalo los hice con mi iPad y uno de mis dedos (supongo que el índice, no lo recuerdo). Como yo, millones de personas, el mundo entero, se ha visto influenciado de una forma y otra por este gurú de la tecnología y el marketing.

En estos días se ha contado ya casi todo sobre su vida. Habéis visto vídeos y leído decenas de frases célebres que pronunciara en un discurso o una Keynote. Habéis conocido sus éxitos y sus fracasos, su ideario, su forma de hacer las cosas. Pero todo eso es lo de menos cuando te enfrentas a lo que sus mayores competidores, sus supuestos enemigos, han dicho de él, y te preguntas cómo puede una persona dejar tan buen recuerdo incluso en quienes tuvo enfrente gran parte de su vida.

La respuesta me la enseñó mi padre hace algo más de cinco años: Siembra y recogerás. Haz cosas buenas, conviértete en alguien importante para los demás, influye de alguna manera en sus vidas. Aporta algo al mundo. No hace falta ser ambicioso: desde tu casa, en tu barrio o en el trabajo.

Sé buena gente sin importarte cómo afectará a tu vida. El arte de morir no está en morirse sin sufrimiento, sino en haber vivido sin hacer sufrir a los demás. Porque es la muerte, y no la vida, la que ajusta cuentas al final.


El’andalú y suh muerto

A vuertah con loh’andaluce… Parece que loh catalanihta (loh catalanihtah que mandan, no loh’otro)  s’an empeñao en atacá Andalucía cada ve que leh da por defenderse de argo. Por mu leho que leh piyemo (mir kilómetro na meno), siguen erre que erre, y si ante éramo unoh ciudadano subencioao y luego resurta que no pagamo impuehto, ahora no sabemo hablá, o no se no’hentiende, car fin y’ar cabo sihnifica lo mihmo: ihnorancia y dehprecio asoluto a una curltura milenaria y a un habla (o mejó, varia’habla) que no e sino er resurtao de la’volución lóhica der castellano que loh repobladore noh traheron trah la reconquista mehclao con lah cientoh de cultura can pasao por ehtah tierra. Una evolución, disho sea de paso, con la que todoh ganamo una lengua ehpañola mah rica, mah’abierta, creativa e innovadora, ca sío ademá capá de cruzá l’Ahtlántico pa’nriquecerse aún má. Pero claro, a uhtede, señoreh de CiU, de ERC, o de lo que sea, leh’import’una mierda. Eso sí, pa rahá de que no se nohentiende van uhtede mu rápido y sin cahco, sin pensá en que hay catalane, compadre, a loh que tampoco se le’hentiende na, con la mardita papa en la boca, pero, oye, uno hace l’ehfuerzo y consigue’nterarse. Incluso a vece lo suhtitulan a uhtede, fíhense, com’anohotro.

Una pará, anteh de que se me’sh’encima mah de uno: dihcúrpenme loh’andaluce, y simpatizante, si no’ntienden argo o creen que elloh lo’hcribirían d’otra manera: El’abla’ndaluza no se ehcribe, se habla. Ademá, en cada sitio donde se habla se hace d’una manera. La mía eh la de Huerva capitá. Para’vitá malentendío: aquí no se sesea, aunq’ai quien lo hace. Sí cecean arguno, pero no’h mi caso. Vamo, que hay de tó: incluso, como’n cada habla dentro de l’habla’ndaluza, en la de Huerva hay palabrah que no conocen, por ehemplo, en Seviya, y así mushísimah peculiaridade que hacen de l’andalú, sin duda, er dialehto, que no lengua, mah rico d’Ehpaña.

Disho queda. Ahora sigamo con la polémica der día:  Sinceramente, no arcanzo a’ntendé por qué ehtoh señore de CiU, o anteh loh de ERC, s’empeñan en atacá a lo’handaluce a la mínima ocasión. Ehta osesión, que roza lo paranoico, ehtá arcanzando nivele de ‘hartible’, que aquí eh como decí que’htán empezando a tocá loh cohone, y aunque la primera rehpuehta ca uno se l’ocurre eh decí: “#tuputamadrearturmas” (#tuputamadrearturmah sería er hahtah n’andalú), porque no tiene ni puta gracia la supuehta buhla der presidén, ar finá eh bahtante mah prahtico rebatí con argumentoh mah serio, der tipo: “si no mentiende, te hoe”; o “deha de mové la lengua pablá, que no mentero”, o er socorrío “tuh muerto por si acaso”, que tan bien aplicaba mi padre en Barcelona cuando se le plantaba, con toa la mala leshe, argún camarero cantando la carta en catalán. Porque una cosa eh la defensa de la propia curtura, y por tanto d’una lengua vieha y hermosa como la catalana, y otra mu dihtinta pretendé que l’ablemo y la’ntendamo por huevo.

Por supuehto, no tienen la curpa loh catalane de que suh dirihente dihfruten ofendiendo, ar menoh’una vé al’año, a loh’andaluce. Imahino que incluso la mayoría se sentirá tamié ofendío, no’htante suh padre, suh’abuelo, y elloh mihmo son andaluce de cuna en mushoh caso. Una pena que con suh voto den cobiho a tanta incurtura y tanta cerrazón.

Lo que oh debe quedá claro, lehtoreh querido, eh que si’r señor Mah no’hentiende, solo oh podrá decí: “ahcorti, no t’entiendo”. Pero si uhtede no entendéi ar señor Mah, siempre tenéi lo de “tuh muerto por si acaso”. Tal eh la riqueza lésica de l’habla andaluza: tenemo salía pa to.


De carroñeros y otros hombres

La especie humana es carroñera. Lo ha sido siempre, o al menos hasta hace unos miles de años (tampoco tantos), así que será por eso por lo que nos dura el instinto: hurgar en la herida, saborear el mal del prójimo, es una especialidad muy humana. Eso sí, como en todo, hay grados. No es lo mismo una mosca verde que un buitre.

En política, por ejemplo, se carroñea al más alto nivel. El sabor de la carne abierta del oponente les puede, casi lo desean, y si no, que le pregunten a Juan José Cortés, que viene sufriendo desde hace años el más cruento canibalismo político por parte de quienes recibieron como respuesta, cuando lo pretendieron, un portazo en las narices. Pasó de héroe a villano solo por cambiar de bando. Así se las gastan en política. Carroñera. Inhumana. Como casi todo lo humano, que todo hay que decirlo.

Lo sobrellevan porque están acostumbrados. A diario, cada político se desayuna a otro. Son gajes del oficio.

El problema es que Juan José Cortés no es un político. Se trata de un hombre, un padre, al que un asesino y un sistema judicial kafkiano robaron una hija, la pequeña, y que desde entonces, desde que supo que el asesino de su hija no debería haber estado en la calle aquel día, ha removido cielo y tierra con un solo objetivo: que no vuelva a pasar algo así. Al juez de marras le costó 1.000 euros. El empleo, a la funcionaria implicada. A Juan José, el error acabó con la vida de su hija. Sin embargo, los otros culpables de que ocurriera aquella tragedia siguen sentados en sus sillones de parlamentarios, diputados, senadores, ministros o consejeros. Esos políticos que desprecian la realidad que transcurre más allá de las puertas de sus despachos, los problemas de la gente que los ha puesto ahí.

Juan José decidió que el problema había que atajarlo desde arriba y se acercó a la política, el único camino que le quedaba después de descubrir que centenares de folios con miles de firmas solo sirven para alimentar las chimeneas de los despachos presidenciales. Desde entonces, el ‘ciudadano Cortés’ ha sido insultado, lo han despreciado, han dudado de sus intenciones y, por último, le han tangao la presunción de inocencia, esa por la que tanto abogan cuando son ellos los implicados. Somos así: en esta España envidiosa y cainita nos hubiera gustado más ver a un hombre destrozado que a un luchador.

Ignoro, y no me importa, lo que ocurrió la madrugada del miércoles en El Torrejón. Tampoco conozco a Juan José Cortés. No lo he visto en mi vida, a pesar de vivir en la misma (y pequeña) ciudad. No tengo, por tanto, opinión formada sobre su persona más allá de lo que he visto y oído estos años en los medios de comunicación. Pero tengo dos dedos de frente, y sé que si estuviera en su lugar, si hubieran matado a mi hija en las circunstancias en que mataron a Mari Luz, entregaría toda mi vida para que los culpables, todos, lo pagaran. Juan José ha sido bastante más generoso y ha preferido, mejor que seguir tirando de la cuerda, tomar el camino de cambiar las cosas para que a nadie le pase lo que a su familia.

Hemos visto en estos días a líderes socialistas frotándose las manos (mientras los otros se las lavaban) tras la detención de Cortés. Hemos leído declaraciones ridículas y afirmaciones estúpidas. Lo último, y es un ejemplo, el acoso y derribo de algunos periodistas porque no ha querido preguntas tras su rueda de prensa. Acusan a un tipo que ha tenido que salir a defender su inocencia sentado junto a una mesita, no en una sede de partido o una sala de prensa, sino en medio de una de las plazas de su barrio. Critican a Juan José, que no ocupa ningún cargo político ni institucional y que a buen seguro no tiene a su disposición, como otros, a una legión de asesores (no tendrá ninguno), por ofrecer una rueda de prensa sin preguntas. Le ha tocado por ser árbol caído del que, como buenos carroñeros que somos, hay que hacer leña.

No conozco, insisto, a Juan José Cortés. No sé, aunque lo dudo, si es capaz de coger una escopeta y liarla a tiros por no sé qué disputa familiar. Ignoro lo que pasó esa noche, pero, de ser político, me pensaría mucho soltar lo que algunos han soltado por esa boquita cuando en mis propias filas tengo cargos públicos imputados por robar a los ciudadanos que los han votado.

Es la flexible vara de medir de los carroñeros. Se tuerce cuando quieren. Y cuando quieren, la enderezan para atizar con fuerza. Unos y otros, no se engañen, pretenden utilizar a Juan José, como nos utilizan, de una forma u otra, a todos nosotros.

Por eso no me gusta esta política. Porque atonta, deshumaniza y envilece. Porque no mira a los ojos  a las personas.