¡Nos mudamos!

El mosquito ya tiene su propia página web:

http://www.laestrategiadelmosquito.es
Allí nos veremos

 

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El miembro fantasma

Al principio, el golpe seco del hacha no duele. Durante un instante.

Luego, el acero frío, demoledor, atraviesa tu piel y tu músculo. Tus huesos y tu alma. Y entonces sientes el desgarro y luego el vacío. La tristeza certera de saber que ya no está ahí, que no podrás tocarlo. Que lo han extirpado de ti y ya no te acompañará en un paseo ni en el bar, que no estará cerca cuando seas padre, ni tampoco en tu cumpleaños, ni en una fiesta. Que no pisará tu casa ni subirá a tu coche. Que ya no podrás verlo. Que se ha ido.

Y en días como hoy, en algún minuto mientras cenas, lo sientes a tu lado y sonríes. Pero cuando vas a tocarlo se desvanece, recordándote que, por más que quisieras, ya nunca estará ahí. Y coges de nuevo tu copa y tu plato, esperando atento a que, en algún momento, vuelvas a sentirlo. Aunque sea un segundo. Como el hombre que anhela, con vana esperanza, el dolor insoportable de una pierna amputada cuando amenaza lluvia. De un miembro fantasma.


La vergüenza de Europa

Equis hacía su ronda de la sobremesa por las calles de Puebla de Don Fadrique. Lo vio, de nuevo, al pasar junto a la casa. Sacó su arma reglamentaria, le propinó un tiro en la cabeza y tiró su cadáver al contenedor de basura más próximo. Fin del problema. Coque era un perro pequinés. Aquella tarde dormía en la puerta de entrada a la vivienda de su dueño y era “un peligro”, de cuatro kilos, que había que eliminar cortando por lo sano. A Equis, dos años y pico después, el asesinato de Coque le va a costar 600 euros, que es la multa que le ha puesto la Audiencia Provincial de Granada. No se crean que es poca cosa: las organizaciones de defensa de los animales se han felicitado porque la sentencia considera al perro “un animal, y no un objeto”. 600 euros por matar a sangre fría a un perro es un logro en un país en el que maltratar animales suele salir gratis.

A menudo me avergüenzo de ser español. Me pasa con algunas cosas, por ejemplo con la incultura, la indolencia o la pereza generalizadas, pero muy especialmente con el trato que damos a los animales. Tengo una teoría sobre todo esto: un pueblo es más civilizado, más humano, cuanto mejor cuida a sus animales. Formulado al revés, el maltrato animal es, claramente, una señal de que algo falla: ningún animal en su sano juicio mata por placer, salvo nuestra especie.

En España abandonamos a 200.000 animales domésticos cada año. Encabezamos el ranking en la Unión Europea. Triste récord. De esos animales que dejamos en la calle, solo un 7% son adoptados. El resto muere de inanición o frío, atropellados y envenenados. O de un tiro en la cabeza. Eso cuando no los llevamos, todo muy legal, a una perrera en la que terminan oficialmente gaseados o drogados hasta la muerte.

Los españoles somos (me incluyo, por español, que no por lo otro) especialmente crueles con los animales. Unos auténticos hijos de puta capaces de dejar moribundo a un perro a base de patadas o de echar un saco de gatos al agua sin el más mínimo remordimiento. Debe ser algo cultural, genético. No cabe otra explicación si nos preguntamos por qué no se mueve absolutamente nadie de los que pueden hacer algo para cambiar esto, por qué no se cambian las conductas, las leyes y los reglamentos. Por qué supone tanto problema que las administraciones y partidos políticos dediquen cinco minutos de su tiempo a abordar este problema. Seguramente será porque no nos preocupa lo más mínimo.

Pues muy bien, pero debéis saber que somos la vergüenza de Europa, que nos ha dado ya más de un toque de atención. No es para menos. Ahorcamos galgos con la misma sangre fría que programamos matanzas de venados, conejos o perdices, y las llamamos deporte. Atamos a un perro de por vida a una estaca junto a un plato sucio -y vacío-. Matamos de cansancio a mulos y caballos. Atravesamos a toros con lanzas o los torturamos con banderillas o con dardos, cuando no los envolvemos en una bola de fuego para aplaudir como auténticos enfermos mentales cuando los vemos corriendo, asustados, por las calles de nuestro precioso pueblo, desde cuyo campanario lanzamos a una cabra hacia el suelo. Hacemos alarde de fuerza arrancando la cabeza a una gallina que colgamos, boca abajo, en un cable; lapidamos a ardillas y palomas o cabalgamos, borrachos como cubas, a un burro mientras todos los vecinos del pueblo lo zarandean, le lanzan petardos o le gritan (y estos sí lo son) como animales salvajes.

Hay casos terribles, como el de Schnauzi o los “días de exterminio” de Torremolinos, y otros más habituales, como cuando hacinamos a los animales en las sucias jaulas de las perreras municipales que pagamos todos, o cuando ponemos de patitas en la calle a nuestro perro de cinco años porque al niño ya no le hace gracia. Todos ellos, y cada uno, son una patada en los huevos de la humanidad (cualidad) de un país que nunca llegará a ser realmente civilizado mientras siga ejerciendo y consintiendo el maltrato animal y el abandono.

Tengo la certeza de que una educación basada en el respeto a lo que nos rodea, en el amor a la Naturaleza, construye mejores personas. Puede que me equivoque, pero creo que ninguno de los que han apaleado a un burro, abandonado a un perro o pateado a un gato. Ninguno de los que maltrataron, o mataron, a un animal los ha mirado nunca a los ojos. Al menos a mí, que tengo la suerte de ver un par de ellos cada día, no se me ocurriría maldad mayor que herirlos.


Bastón y cimientos

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El general y las circunstancias

Solo los grandes generales son capaces de hacer, de sus ordenados ortodoxos ejércitos, entes heterodoxos que se adapten al enemigo y a las circunstancias de cada batalla. La capacidad de mutar, la arrolladora fuerza de la sorpresa. En el siglo veintiuno, las grandes batallas se libran de manera muy distinta, pero hay pilares sobre los que nunca dejará de apoyarse el hombre. Evolución. Y en este siglo, decía, evolución es sinónimo de innovación.

Con la llegada de la versión 3.0 de Orbyt, la gente de Unedisa, con su capitán general, Pedro J., a la cabeza, han demostrado una vez más lo que ya dije cuando comparaba esta plataforma con la Kiosko y Más de Vocento y Prisa (entre otros): solo creando tecnología propia se tiene la capacidad de mejorarse continuamente a uno mismo y de hacer prácticamente lo que uno quiera con lo que tiene. O sea: capacidad de cambiar el paso si las circunstancias lo requieren, como de hecho ha ocurrido con Orbyt tras la aparición de competencia en un mercado al que le queda aún mucho, muchísimo, por crecer. Y por mutar.

Con algún bug que otro y un sistema aún algo pesado, especialmente –y curiosamente- desde un ordenador, Orbyt 3.0 empieza a hacer algún guiño a lo que siempre he dicho que debe ser el futuro de estas plataformas: la actualización permanente de contenidos. Al incorporar las Noticias Actualizadas (una de las funciones de lo que llaman Rueda 3.0), el lector puede conocer al momento cómo ha evolucionado una noticia desde que se publicara su versión en papel el día anterior. No he escrito “algún guiño” por casualidad: a las Noticias actualizadas de Orbyt les queda mucho aún para ser lo que pretenden. La mayoría de las veces lo que hacen es relacionar nombres y conceptos con otras noticias del día. No es realmente, salvo en contadas ocasiones, una actualización real. En cualquier caso, cuando ocurre, es un gusto. El mérito de Orbyt no es tanto hacerlo bien como haber empezado a hacerlo.

La Rueda 3.0 permite además al lector relacionar la noticia con otras actuales y anteriores, lo que posibilita que el lector avezado (y con tiempo) contextualice por sí mismo cada información, que, por otra parte, puede compartir en cualquier momento a través de las redes sociales habituales, un acierto de Pedro J. que, como ya os conté en alguna ocasión, fue llegar a Twitter y calarlo: si no compartes, no eres nadie.

Total, que así, a lo tonto, Orbyt tiene ya más de 40.000 suscriptores. No está nada mal, aunque de lo que hay a lo que debe haber media un abismo. Dos detalles, solamente:

1)  Más multimedia. El vídeo es a Internet como la tinta al papel. Falta mucho vídeo en Orbyt. Ignoro cómo está montado societariamente el tinglado multicanal de Unedisa, pero teniendo en sus manos toda una cadena de televisión (Veo 7), no utilizar su material para mejorar la plataforma es un sinsentido a estas alturas del partido.

2)  Más conversación. Espero con santa paciencia a que llegue el día en que los periodistas firmen con una arroba. No es normal que siga habiendo plumillas sin cuenta en Twitter, y mucho menos que quienes la tengan no la saquen a pasear. El lector 2.0 necesita conversar con el medio 3.0. Por eso, permitir e incluso fomentar la conversación es una condición sine qua non de cualquiera que pretenda hacer algo decente en Internet. Orbyt, como las otras plataformas, deben dar un paso adelante en este sentido y propiciar la conversación en torno a sus informaciones, ya sea mediante una red social interna, ya (por qué no) usando directamente Twitter y, en menor medida -por sus propias características-, Facebook.

El primero que lo haga será, como mínimo, el más valiente. Hasta ahora, Pedro J. ha demostrado ser un general osado y tenaz. Apuesto a que también se atreverá con esto. Evolución, decía.


Los días cambiantes

Leí en alguna parte que Manolo García tiene una canción para cada estado de ánimo. Puede que sea así, aunque mi teoría es otra: las canciones de Manolo García son distintas con cada estado de ánimo. Se renuevan con lo vivido. Me ocurre a menudo: canciones que hace seis años me contaban una historia, en ciertos momentos de mi vida han descrito mis sentimientos, poniendo palabras donde yo solo he sido capaz de colocar una sensación.

Mi capacidad para escribir sobre sentimientos se limita prácticamente a lo que siento. Dicho de otra forma: no puedo escribir sobre sentimientos que no estoy experimentando en el momento en que escribo. Lo de Manolo es una suerte. Un don. Hace unos días, contaba en la radio que el primer single de su nuevo disco, Un giro teatral, había surgido después de pegar la oreja en una disputa amorosa de barra de bar. Puede que en su vida haya conocido a la mala compañía de Un giro teatral, pero Manolo tiene una extraordinaria capacidad para absorber sentimientos, como por fotosíntesis, y ponerlos luego sobre el papel, juntando letras.

Así que estoy seguro de que dentro de unos años escucharé alguna canción de Los días intactos y me sabrá distinta porque habré experimentado otras cosas. La edad, el paso de los años, que a to quisqui nos cobra su tributo en forma de alegrías y sufrimientos nuevos. Redescubrí Malva o Del bosque de tu alegría con la muerte de mi padre; y con cierto traspiés entendí Sin que sepas de mí o Por respirar.

A falta de lo que esté por venir en mi vida, y de lo que redescubra con ello, por ahora Manolo García recoge en su nuevo disco su universo de siempre: amor (desamor), soledad, naturaleza, viejos oficios y antiguas palabras. Renacentista desde que fuera uno de los últimos de la fila, vuelve a la carga con sus particulares versiones del Tempus fugit y el Beatus ille. Aderezado todo con una producción magistral, más guitarreo que de costumbre, nuevos instrumentos, melodías geniales y miles de matices que se van descubriendo con cada nueva escucha.

La música de Manolo García no gusta a todo el mundo, pero hacerse con el primer disco de oro a las pocas horas de ponerlo a la venta no está al alcance de cualquier músico español. Su música y sus letras, sin duda, son una razón para eso, pero hay mucho más detrás de su legión de seguidores, entre los que me incluyo: una integridad a prueba de bomba, un compromiso social que va de las palabras -que también- a los hechos, coherencia y una humildad que asombra a cualquiera que haya tenido la oportunidad de conocerlo en persona. No estamos acostumbrados a que un artista que ha vendido millones de discos se presente tan normal ante nosotros. Que solo pretenda hacer su trabajo, su oficio. Igual que el zapatero remienda pieles o pone suelas, el suyo es hacer música para alegrarle la vida a los demás. Como quien da un refresco.

No me pidáis que sea objetivo con la música de Manolo García, porque no puedo. Cuando la música se convierte en sentimiento es imposible no ser subjetivo. Cuando una canción, un estribillo, un acompañamiento o un simple acorde te pone la piel de gallina. Cuando una estrofa evoca tus sentimientos más profundos (y escondidos) y los saca aguándote los ojos. Cuando una letra te desmembra y te convierte en otro. Cuando una melodía te hace sentir tan bien. No me pidáis que razone o argumente, que sea crítico ni lógico. Nadie puede hacerlo cuando la música te estira la piel y el vello, cuando no lo puedes controlar, cuando Sentir se come a Pensar.

¿O acaso nunca habéis sentido eso? Hacedlo alguna vez. Sentidlo. Es ancestral. Sed libres un rato.


¿Dónde está Buffalo Bill?

Buffalo Bill, Toro Sentado, Calamity Jane y demás fauna vinieron después. Antes, su mundo se separaba entre el este (sinónimo de civilización, progreso y cultura) y el oeste: lo que había más allá de la frontera. Terreno inhóspito, lejano y salvaje. Era la Norteamérica del siglo XIX, donde y cuando se forjó la leyenda de los Estados Unidos. Donde y cuando, a fuerza de sangre y fuego, el lejano oeste fue quedando cada más cerca, y lo salvaje se civilizó.

En Europa, el sur ha sido siempre nuestro particular far west. Norte y Sur. Progreso y subdesarrollo. Dos velocidades y un distanciamiento progresivo. Pura física. La propia UE ha tratado de corregir esta situación a golpe de talonario: Fondos que viajan de los bolsillos de los más ricos a los de los más pobres y de los que se ha beneficiado, por ejemplo, Andalucía durante un montón de años.

Sin embargo, como en una muñeca rusa, dentro de la región pobre hay otra región pobre, y dentro de esta, otra más. A veces siento que en Huelva estamos dentro de la pequeñita del todo. Ahora, aunque las diferencias entre norte y sur continúan, se está abriendo una nueva brecha entre el este y el oeste. Entre una muñequita rusa y la que le sigue. Así, el salvaje oeste se va haciendo aún más salvaje cuanto más se civiliza el este. Y lo mismo en el norte y el sur. Lo chungo de verdad es que nosotros, queridos onubenses, estamos al sur y al oeste.

Si echas más harina en el lado que más pesa de la balanza, el desequilibrio crece. Esto también es pura física. Así que no termino de entender cómo Huelva ha quedado tan absolutamente aislada en el reparto de la tarta europea del transporte. Los corredores Mediterráneo y Central, la red básica de transporte que determinará el futuro a medio plazo de las regiones europeas, terminan en Sevilla. Como el AVE. Como casi todo.

Ochenta y pico kilómetros, cuatro duros, hacen de Huelva una provincia cada vez más periférica, cada día más amputada, más abandonada en cada plan de inversiones. Más fronteriza. Somos el viejo oeste de Europa, de España y de Andalucía. La última muñeca. La última mierda. En los diez últimos años, en todos y en cada uno de ellos, Huelva fue la provincia andaluza en la que se invirtió menos en obra pública. Así que no me vengan con cuentos sobre el equilibrio interregional y la discriminación positiva entre territorios. Diez años de inversiones son un mundo, y las administraciones (de todos los colores) se han encargado de separarnos cada vez más del resto. Envidio los acalorados debates de otras provincias andaluzas: que si metros, que si tranvías, que si circunvalaciones… La mayor disputa en Huelva es sobre una estación de tren fantasma (sí, como en el Oeste) a la que no llegará nada porque nadie nos quiere traer nada. Un paripé en toda regla.

En alguna ocasión os he dicho que no podemos estar permanentemente llorando nuestra pena, dándonos cabezazos contra el muro de las lamentaciones del agravio, sin hacer nada más que eso. No podemos estar así siempre, pero cuando ves que a tu alrededor todo es alegría por el puñetero Corredor Mediterráneo mientras tu provincia se muere del asco, del aburrimiento y la frustración. Cuando ves eso, digo, te entran ganas de subirte al Santuario de la Cinta a rezar para que, algún día, podamos votar a un político decente, comprometido y luchador que defienda su tierra. Y no a la panda de calientasillones, pelotas y catetos que van a Madrid todas la semanas (desde Sevilla, claro) con la única intención de codearse con la jet de la política española y comer montaditos en el Museo del Jamón, hasta que engordan tanto que el partido los trae de vuelta, a vivir la vida. Porque Huelva, para ellos, no existe más que en la estadística que los colocará o los quitará de allí cada cuatro años. Toca rezar, decía, para que algún día venga nuestro Buffalo Bill a conquistarnos y civilizarnos. Como en el viejo oeste. Como en el siglo XIX. Así estamos…